Retrato de un debutante de 17 años

Gavi, el niño que no se ataba (bien) las botas

Gavi conduce el balón entre la defensa del Getafe con Nico observándole.

Gavi conduce el balón entre la defensa del Getafe con Nico observándole. / Jordi Cotrina

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Joan Domènech
Joan Domènech

Periodista

Especialista en Fútbol, Barça, Deportes.

Escribe desde Barcelona

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El niño más feliz del mundo este domingo es el niño que no se ataba (bien) las botas. El tercer debutante de la temporada en el Barça, y el cuarto futbolista más precoz de la historia azulgrana, despreocupado, impaciente, nunca prestaba atención al último trámite, tedioso, de atarse los cordones antes de salir al campo a jugar con la pelota, su obsesión desde crío.

No se le conoce otra pasión a Pablo Paéz Gavira, Gavi, un chico de 17 años recién cumplidos (el 5 de agosto) que convirtió el fútbol en su prioridad. ¿Los estudios? Va tirando, como todos los jóvenes que reparten la atención entre la formación académica y la devoción deportiva, con el club pendiente de que no se amontonen los suspensos. Gavi progresa adecuadamente. Como en el fútbol. Fuera de clase lo hace más rápido.

Por eso ha debutado a los 17, siendo juvenil de segundo año, en Primera División con el Barça, cuando hace temporada y media jugaba en el cadete y hace cuatro meses se peleaba con señores mayores en Segunda B.

Memphis abraza a Gavi, con Nico detrás.

/ Jordi Cotrina

Un animal competitivo

Pero el domingo se anudó bien los cordones, sin que colgaran, aunque estaba nervioso cuando Ronald Koeman le reclamó para saltar al césped. Estaba nervioso por el acontecimiento, no por el momento, con el partido tomando un cariz incierto. Chicos como él, formados en el Barça, saben gestionar la presión. Gavi es “un animal competitivo”, según le definen quienes le han tratado en su paso por la cantera azulgrana, a la que llegó con 11 años.

Llegó del Betis con 11 años y se pasó media temporada de alevín sin poder jugar a causa de la sanción FIFA

Procedía del alevín del Betis. Llamó fácilmente la atención barcelonista. Por su “descomunal talento”, otra calificación repetida, y por la decisiva intervención que ejerció en el 5-0 con el que el cuadro verdiblanco aplastó al azulgrana en la final del Mundialito de benjamines de Portugal (2014).

Un par de aquellos chavales acabaron en el Madrid. El Barça se fijó en Gavi y al verano siguiente (2015) llegaba para instalarse en Barcelona, con la familia, originaria de Los Palacios y Villafranca (Sevilla). Primera contrariedad: no pudo jugar hasta enero. Se pasó media temporada entrenando de lunes a viernes y siendo espectador el fin de semana. Él también sufrió la condena de la sanción que la FIFA impuso al Barça por el fichaje de menores extracomunitarios. Aleix Vidal y Arda Turan pagaban el castigo en el primer equipo y Gavi en el alevín.

Más de una vez el entrenador tuvo que apaciguar su fogosidad enviándole a chutar balones contra la pared

En cuanto debutó, apareció ese animal que ha debido ser reconducido en ocasiones. No han sido ni uno ni dos los entrenamientos en los que el técnico le apartaba unos minutos de la sesión y le mandaba a chutar el balón contra la pared para mitigar su fogosidad. Ahora el club se felicita por esa labor psicológica de los formadores que han sabido canalizar con tacto y mano izquierda, con cariño y paciencia, un futbolista que, por otro lado, nunca corrió peligro de perderse. Es el motivo por el que Gavi dio las gracias a todas las personas que habían hecho posible su debut, citando expresamente a Sergi Milà, el entrenador que más tiempo le ha cuidado en el tránsito desde el infantil B hasta el juvenil A. Es el actual coordinador de fútbol 11.

Djené trata de sujetar a Gavi en un ataque azulgrana en el Barça-Getafe.

/ Jordi Cotrina

Se instaló con la familia al principio, pero al cabo de un año prefirió quedarse solo y residir en La Masia

Chuches escondidas

Tenía tan claro Gavi y tan focalizada su pretensión de “cumplir el sueño de debutar en el Camp Nou”, como dijo el domingo, que al final de su primera campaña prefirió ser inquilino de La Masia y que su familia regresara a Los Palacios. Asumiendo voluntariamente la disciplina de la residencia en horarios, estudios y alimentación, él, que venía asilvestrado con todos los tics del jugador de calle y que precisaba una sensible reconducción para que no perdiera tampoco la espontaneidad, la genialidad y el carácter que exhibía. Quizá por eso, hubo quienes hicieron la vista gorda a las bolsas de chuches que escondía en la habitación pese a que le atajaron el excesivo consumo de azúcar que tanta mella hizo en su dentadura, y que requirió un tratamiento de odontología sufragado por Iván de la Peña, agente y mentor, el mejor consejero que Gavi podía tener por haber vivido antes esa vida de genio precoz. 

Gavi abandona el terreno de juego al final del choque con el Getafe.

/ Lluís Gené / Afp

El club redirigió su alimentación y el exceso de chuches y azúcar le hizo pasar por el odontólogo

Neymar tampoco sabía atarse las botas, o esa parecía en su fingida (y publicitaria) necesidad de anudárselas sobre el césped, pero Gavi no es Neymar. Tampoco en el juego.

Las tres alturas

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Gavi es centrocampista. Preferentemente interior izquierdo que puede jugar en la derecha. Exquisito técnicamente en el uso de las dos piernas, prácticamente ambidiestro. Dicen de él los entrenadores que es un jugador de tres alturas: capaz de acercarse al mediocentro para construir (como Xavi), listo para situarse entre líneas y generar ventajas y espacios (como Iniesta) e intuitivo para llegar de segunda línea (como De Jong) y aprovechar su calidad en el remate, una virtud que debería cultivar mucho más.

Cuando Gavi saltó al campo el domingo, algunas miradas escudriñaron para ver si llevaba (bien) atados los cordones. Sonrieron al ver que las botas, igual que su propietario, estaban a punto.