EL ENÉSIMO DISGUSTO

Lo que Koeman (ni nadie) entiende del Barça

  • La responsabilidad del técnico en la gestión del equipo no incluye la asunción de los errores de los futbolistas

Messi, desesperado, en el Levante-Barça.

Messi, desesperado, en el Levante-Barça. / Pablo Morano / Reuters

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Joan Domènech

Entre todos mantuvieron viva la ilusión hablando más que jugando. A cada tropiezo respondían que ganando los partidos que faltaban serían campeones. Primero eran cinco, luego tres. Palabras vacías de contenido, de goles insuficientes. La colección de errores se ha elevado a la categoría de insostenible. El equipo se ha degradado hasta el nivel de regalar el título y sumar la segunda campaña –también falló como una escopeta de feria en la anterior- aplaudiendo a otro campeón.

Perplejo se marchó Ronald Koeman de Valencia. Perplejo y desorientado, incapaz de encontrar una explicación a lo que había sucedido. Con el Barça ganando por 0-2, plasmando un claro dominio del partido, avisado desde la semana pasada por el Granada de que no podía despistarse y sabiendo que se estaba enganchando a la Liga, el equipo desperdició los dos goles, dejándose empatar. No solo eso. Cuando recuperó de nuevo la ventaja con el gol de Dembélé, volvió a ceder el empate.

Ronald Koeman, pensativo, durante la segunda mitad del Levante-Barça.

/ Pablo Morano / Reuters

El equipo empeoró tras pasar por el vestuario, igual que sucedió ante el Granada y con el marcador a favor

El misterio del descanso

Koeman sabrá qué dijo al grupo en el descanso. Los jugadores también lo saben, aunque alguno se despistara y no le atendiera. Si salieron espoleados para buscar el tercer gol, no se vio. Si salieron conjurados para aumentar el ritmo, eso es un bulo. Si salieron con la idea de esconder el balón, no se notó. Si salieron extremando la concentración, ni por asomo.

El tono con que comparece un equipo en el campo, en el inicio o en el segundo tramo, viene dado por el inmediato mensaje que se ha escuchado en el vestuario. Algún misterio hay cuando este Barça ha sido capaz de mostrar una cara tan distinta en la primera y en la segunda parte del Ciutat de València o, sin ir más lejos, en el Camp Nou frente al Granada. Más lógico es que haya consignas correctoras en un intermedio para que un equipo mejore, pero no para que empeore. Una derrota y un empate ante sendos equipos que no se jugaban la vida, con ventaja en el descanso. ¿Qué pasa en el vestuario para justificar el cambio de imagen, tal decaimiento?

Sergi Roberto junto con Vezo, en un lance del encuentro.

/ Afp

El drama de la banda derecha

Sin la mínima tensión defensiva, se encajaron tres goles en media hora

Habrá un mensaje malentendido, mal expresado o ignorado, pero hay otras circunstancias que no son imputables a Koeman. El desastre de la banda derecha no es atribuible al entrenador más allá de discutir si la elección de Dembélé como carrilero era una interesante idea, si la de Sergi Roberto para sustituir al lesionado Araujo en el descanso era más apropiada que la de Mingueza o si Dest era necesario para sellar ese lado.

Pero los errores de Dembélé sin asimilar que era defensa y no delantero en algunos momentos, la ternura de Sergi Roberto para no atacar un centro siendo el último guardián de Ter Stegen o la falta de ritmo de Sergiño Dest a poco de entrar en el partido –discutible, porque Sergio León se tiró como una fiera a rematar el 3-3 con el mismo tiempo de juego- no se le pueden atribuir al entrenador. Son de los jugadores.

No fueron los únicos que fallaron. Hubo muchas otras jugadas en las que uno no se coloca bien, otro se come centros por falta de actitud y el de más allá, defensa de toda la vida, tolera un remate sin atención ni agresividad con todo lo que había en juego.

Morales sujeta a Dembélé para evitar la progresión del delantero francés.

/ Pablo Morano / Reuters

Después de Messi, la nada

Koeman es responsable de la gestión del equipo. Lo es de no haber encontrado el acomodo definitivo de Griezmann en el segundo año del francés en el Barça, pero no de la frecuente invisibilidad del futbolista en numerosos partidos. El de València fue uno más. Juega en punta pero no es una referencia; actúa de nueve pero no lo es; se mueve buscando desmarques y no le ven… La inconstancia de Griezmann se paga, además, porque es de los pocos en quien se podía confiar por su experiencia y su calidad, ante las pérdidas de Ansu Fati y Coutinho toda la temporada, y la escasa fiabilidad en Dembélé en el remate.

Después de Messi (29 goles ya) y de Griezmann (12), ¿qué hay? Nada. El vacío. Cinco goles de Dembélé (seis con el de València) y los cuatro de Ansu Fati, inactivo desde el 7 de noviembre. Los dos errores de Pedri antes de anotar, el cabezazo fallido de Busquets, ratificaron el déficit goleador del Barça por la cantidad de acciones que genera, por más que sea el máximo realizador, de largo, del campeonato. Nadie se acerca a la fiabilidad de Messi, ni un poco, a pesar de los caramelos que vez en cuando reparte a los demás.

La falta de liderazgo

Tampoco a Koeman cabe imputarle la falta de liderazgo del Barça. Mucho menos a él, que lo era. Hablando y actuando. Frío como un témpano para ejecutar penaltis en situaciones extremas, inteligente para ejercer en una defensa de tres con su colocación pese a su falta de velocidad y orgulloso como para levantar a un rival del suelo fuera en el Camp Nou o en un incendiado Old Trafford cuando su equipo lo pasaba mal.

Messi, De Jong y Piqué, apesadumbrados tras encajar uno e los tres goles.

/ Pablo Morano / Reuters

La absoluta ausencia de muestras de fervor, pasión y comunicación es un grave déficit en una plantilla

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Messi marcó un gol, pero el Barça encajó otro producto de una pérdida suya en una zona prohibida. Del capitán no se vio ni un gesto Tampoco se esperaba. Ya se sabe que no una es personalidad expansiva ni expresiva. Pero la absoluta ausencia, por parte de nadie, de muestras de acompañamiento, de fervor, de pasión, de comunicación, de felicitación, más visibles y audibles ahora, es un grave déficit en una plantilla.

Ni siente ni padece Messi, aparentemente, pero tampoco ejerce ningún liderazgo Busquets siendo un referente futbolístico como es, aunque salió a dar la cara y el de Piqué es intermitente, tal vez atormentado por sus propios problemas.