El Barça fue el último en firmar en la Superliga

  • El proceso electoral retrasó la adhesión azulgrana a un proyecto apalabrado por Bartomeu que Laporta supeditó a la aprobación de la asamblea de compromisarios

  • Florentino esperaba el sí de su homólogo consciente de que la unión Barça-Madrid proyectaba una sensación de fuerza impagable

  • El dirigente barcelonista priorizó activar cuatro auditorías temáticas para saber la situación real del club antes de dar el sí

Joan Laporta, sobre el césped de La Cartuja, tras el triunfo del Barça sobre el Athletic en la final de Copa.

Joan Laporta, sobre el césped de La Cartuja, tras el triunfo del Barça sobre el Athletic en la final de Copa. / Valentí Enrich

4
Se lee en minutos
Joan Domènech
Joan Domènech

Periodista

Especialista en Fútbol, Barça, Deportes.

Escribe desde Barcelona

ver +

La Superliga ha visto la luz pública de forma furtiva: un domingo a las 12 de la noche en Europa, el continente al que importa. No, en esta ocasión el horario no estaba condicionado por la audiencia china ni por la apertura de la Bolsa en Nueva York. Fue a las 12 de la noche para pillar desprevenida a la UEFA, aunque no fue así: el organismo futbolístico se adelantó con un comunicado preventivo, anunciando multas y sanciones a los actores del Grupo de los 12.

Este grupo lleva años gestando el proyecto de la Superliga. El motivo por el que no se presentó al gran público radicaba en que estaban esperando la respuesta definitiva del Barça. El sí del Barça. La firma de Joan Laporta que no llegó, física y realmente, hasta el sábado, aunque el dirigente supeditaba la inscripción definitiva a la aprobación de la Asamblea de Compromisarios que no tiene fecha de convocatoria; se efectuará cuando hayan concluido las cuatro auditorías encargadas por la nueva junta directiva.

Reunidos todos, incluido el Barça, solo faltaba dar el paso. Se dio, se quiso dar, pocas horas antes de que el Comité Ejecutivo de la UEFA presentara la reforma de la Champions League a partir del 2024. Una fecha demasiado tardía, «cuando ya estaremos muertos», dijo Florentino Pérez, doble presidente del Real Madrid y de la Superliga. Otra intervención clandestina, a las 12 de la noche del lunes, sin la formalidad ni la grandeza que corresponde a las altas y lujosas pretensiones de la competición.

Desde el 2017

Se sabía desde el 2017 que los clubs reclamaban un cambio en la Champions, y que los más poderosos se iban confabulando para presentar una alternativa. Se sabía también, desde el último 28 de octubre, que el Barça estaba en el ajo. Lo desveló Josep Maria Bartomeu el día que presentó su dimisión para no afrontar la moción de censura. Bartomeu anunció que había firmado los requerimientos para participar en la Superliga, una competición que «cambiará, de forma extraordinaria, las perspectivas de los ingresos de los próximos años».

Ese es uno de los motivos de la aceptación del Barça. Con una deuda asfixiante de 1.173 millones legada por Bartomeu, y la brutal reducción de ingresos por la pandemia, la inyección inmediata de 350 millones por la mera adscripción en el acta fundacional, era un atractivo irrechazable. Por otro lado, en el barcelonismo siempre ha pesado la renuncia de sus gestores de los años cincuenta a sumarse al proyecto de la Copa de Europa, al que sí se abrazó el Real Madrid, y que le reportó cinco títulos consecutivos sobre los que cimentó su leyenda. El sentimiento de que no nos puede volver a pasar sobrevoló por la sala de reuniones del Camp Nou.

Pero el Barça estaba predispuesto y era plenamente conocedor del proyecto de la Superliga desde el primer día. Florentino Pérez veía poco menos que inviable activarlo sin la participación del Barça. La unión de los dos eternos rivales proyectaba una sensación de fuerza y convencimiento impagables para los demás. El retraso se ha debido al proceso electoral azulgrana.

Sin voz ni presidente

De octubre a marzo, el Barça no tuvo presidente. Carles Tusquets, el presidente de la Comisión Gestora, no tenía capacidad decisoria sobre ello. Mucho menos los candidatos. Joan Laporta expresó sus reticencias en enero.

«Estoy abierto a que me lo expliquen», decía en la campaña, entre la prudencia exigida por una iniciativa que nacía a espaldas de la UEFA, sabiendo que provocaría una reacción contraria del estamento -“desde el 2003, con el G-14 ya se contemplaba y acabó no saliendo-, y la voluntad de “mantener las esencias del fútbol para que no nos carguemos el fútbol y el negocio”. Laporta preveía que si la Superliga no fructificaba sería por que la UEFA se avendría a negociar.

Conocer el ingreso de 350 millones le ayudó a abrir los oídos. El campeón de la Champions de la pasada campaña, el Bayern de Munich, solo podía obtener un premio máximo de 82,2 millones por el título, antes del porcentaje del pool de televisión.  

Noticias relacionadas

A Laporta se lo han explicado los presidentes y los dos directores generales del Barça, el saliente Òscar Grau y el entrante Ferran Reverter. El director general era el representante de mínimo nivel de cualquier club en las reuniones del G-12 donde pergeñaban la Superliga y negociaban su futuro funcionamiento. Pero el presidente azulgrana tenía otras prioridades desde que entró en Sant Joan Despí el 8 de marzo, al día siguiente de vencer en las elecciones.

La mayor de esas prioridades era acercarse a la ciudad deportiva para transmitir su ánimo a todos los equipos profesionales, empezando por el de fútbol y el Barça B. Y partir de entonces, junto con los acercamientos a Lionel Messi para obtener la renovación del contrato, se trataba de conocer la situación real del club. Su junta directiva ha activado cuatro auditorías temáticas. El dossier de la Superliga, más elaborado desde hace años, le ha inclinado a dar el sí. Sobre todo, cuando leyó las cifras que ingresará el Barça antes siquiera de pisar el césped.