27 oct 2020

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La otra cara del partido

Piromusical en el Camp Nou

El derroche de pólvora de la primera mitad convirtió en algo redundantes los fuegos artificales de la Mercè

Rafael Tapounet

Ansu Fati es felicitado por Ronald Koeman tras ser sustituido.

Ansu Fati es felicitado por Ronald Koeman tras ser sustituido. / EFE / ENRIC FONTCUBERTA

En un pasaje especialmente conmovedor de 'Nuestro amigo común', la última novela que Charles Dickens dejó terminada antes de salir a bailar con la muerte hace ahora justo 150 años, la modista de muñecas Jenny Wren se pregunta qué es peor, si tener algo bueno y perderlo o no haberlo tenido nunca. Desde hace un tiempo, el barcelonismo ha vivido instalado en ese mismo dilema sin solución, fuente de todo tipo de querellas que han ido agrandando la brecha interna en el club hasta poner este verano en peligro los cimientos de la institución.

¿Es peor tener algo bueno y perderlo, con la carga insoportable de tristeza que eso conlleva, o no haberlo tenido y permanecer ajeno al goce de la alegría? Los años de aquel fútbol sublime que llenó de trofeos las vitrinas del FC Barcelona y causó admiración en todo el mundo quedan cada vez más lejanos en el tiempo, pero para un amplio sector de la afición siguen siendo la piedra de toque con la que hoy se valora el grado de pureza y excelencia del juego desplegado por el equipo azulgrana, una práctica que solo puede conducir a la frustración y la melancolía. Por otro lado, hay quienes, en el afán de negar méritos a quienes no consideran de su cuerda, parecen empeñados en hacernos creer que todo aquello no existió, que la hegemonía del Barça fue solo un caprichoso accidente del destino del que no resulta necesario extraer lecciones, y van así dilapidando el precioso capital acumulado en los días de gloria.

Dinamitar el debate

En ese contexto de desgarro institucional e incertidumbre deportiva, Ronald Koeman se estrenó en el banquillo del Camp Nou en partido oficial y tomó la sabia decisión de dinamitar el debate sobre lo que fue y ya no es dándole galones a un chaval menor de edad que tenía cinco años y vivía con su familia en Guinea-Bisáu cuando, bajo el mando de Pep Guardiola, el FC Barcelona inauguraba su época más dorada. La cara de Ansu Fati en el momento de pisar el césped era la del héroe a punto de entrar en combustión. Del todo ajeno a la volcánica situación del club, el niño, explosivo como una lata de refresco que alguien hubiera agitado antes, se convirtió en el amigo común de todos sus compañeros para encauzar la plácida victoria barcelonista en una primera parte de locura.

Fue tal el derroche inicial de pólvora de la delantera azulgrana, y de Fati en particular, que los más de 15 minutos de piromusical de la Mercè que amenizaron el partido tras el descanso en un estadio vacío casi resultaron una redundancia. Aun así, los fuegos artificiales fueron lo más vistoso de una segunda mitad comprensiblemente baja en revoluciones en la que el Villarreal rondó sin acierto la portería de Neto, en la que ingresaron en el campo los noveles Pedri y Trincao y en la que, y esto es una noticia que merece ser destacada, Messi dejó que Pjanic lanzara una falta.  

13 visitas, 13 derrotas

El 4-0 final, además de hacer justicia a la historia de Unai Emery como visitante en el Camp Nou (13 partidos, 13 derrotas), dio un respiro a Koeman, a quien suponíamos tragando en seco después de ver cómo el repudiado Luis Suárez estrenaba la camiseta del Atlético de Madrid con dos goles y una asistencia en 20 minutos (también Rakitic marcó para el Sevilla) y permite al técnico holandés ganar un necesario margen de confianza para empezar a afianzar su proyecto, lejos de las comparaciones estériles y de los intentos grotescos de reescribir la historia.

También todos esos jugadores cuyo último partido oficial había concluido con un 8 en el casillero del rival podrán ahora aferrarse a esta goleada para restaurar parte de la autoestima dañada en aquel naufragio. Tal vez Sergio Asenjo, meta del Villarreal, debería repetir las palabras de Antal Szabó, portero de la selección húngara, tras la final del Mundial de 1938, en la que el equipo magiar cayó por 4-2 ante Italia después de que, según se cuenta, Benito Mussolini hubiera instado a los jugadores de la 'squadra azzurra' a "vencer o morir". "He encajado cuatro goles, sí –dijo Szabó-, pero al menos les he salvado la vida".