20 feb 2020

Ir a contenido

El Barça y la peligrosa tradición de remontar

Suárez evita que el vicio de encajar goles antes de marcarlos tenga efectos irreparables en la Champions

Joan Domènech

Suárez y Ter Stegen, dos de los destacados protagonistas, se felicitan al final del Barça-Inter.

Suárez y Ter Stegen, dos de los destacados protagonistas, se felicitan al final del Barça-Inter. / JORDI COTRINA

Se ha instaurado otra tradición en el Barça. La más reciente, de esta temporada, es la más peligrosa del universo culé. Y la más dañina, aunque a veces no deje secuelas. Es una costumbre que han implantado los jugadores actuales y consiste –evidentemente, contra su voluntad- en encajar goles antes de marcarlos. Ellos son los primeros que pagan este vicio, porque se obligan a un sobresfuerzo. De momento, pueden asumirlo sin costes irreparables. Si la tradición continúa, tendrán problemas.

El Barça se está acostumbrando a remontar marcadores. A empezar perdiendo. Se ha repetido tantas veces que esta situación va adquiriendo categoría de tradición. Comienza a parecer un vicio, aunque Luis Suárez tiene goles para atenuar sus perniciosos efectos.

“Siempre intento ayudar al equipo con goles o asistencias. A veces no se da, pero me caracterizo por trabajar, no bajar los brazos y siendo fuerte en los momentos difíciles”, contó Suárez aún jadeante sobre el césped, consciente de que había librado al Barça de una catástrofe.

El Inter cumplió el rito: marcó primero. Sublimó la prontitud de batir al Barça. Lautaro Martínez cruzó el balón lejos del otrora imbatible Ter Stegen (luego le negó el 0-2 con un espectacular manotazo) en el minuto 3, según el cronómetro de la UEFA. El cronómetro de la Liga dio el récord a Azeez, del Granada, que anotó antes de que se cumpliera el segundo minuto en Los Cármenes.

Roberto Torres avanzó a Osasuna en el 7 y Fekir dio el 0-1 al Betis en el 15. Es decir, en cuatro de los nueve partidos, el rival del Barça ha marcado primero. Ni la mitad. Sí, tal vez sea una exageración decir que es una tradición, pero anormal lo es mucho, tratándose del Barça. Tan anormal como que solo haya ganado cinco de los nueve partidos.

La mancha de Piqué

Hay otra señal menos visible de que el equipo, en general, no chuta. Se ve en Gerard Piqué, pero no por el último charco en el que ha saltado, salpicando al presidente, sino en la cartilla de tarjetas. Se ha manchado. También en el campo. No es el defensa de etiqueta que defiende sin hacer faltas. Las comete más que nunca, convertido en un vulgar bruto con el garrote. Ha visto ya seis tarjetas en los nueve partidos. Cuatro en la Liga, al borde de la suspensión, y dos en la Champions, también amenazado de sanción. Siete vio en toda la temporada anterior.

Luis Suárez demostró que, a veces, solo a veces, recibir antes de dar causa una adversidad insuperable. Evitó la derrota con los dos goles y reparó la catástrofe que se avecinaba hasta que faltaban seis minutos para acabar. Suárez contó con la amabilidad de su amigo Godín al no tocarle cuando le quebró en el gol del triunfo barcelonista. Sigue marcando en el Camp Nou. En Praga, dentro de tres semanas, se verá si mantiene su rito particular de no marcar fuera de su casa.

Las otras tradiciones son más inofensivas. Puramente simbólicas. Tan familiar como el reencuentro con el socio de la butaca contigua es la pitada al himno de la Champions, un rito que se remonta al 2015 cuando la UEFA sancionó al Barça por la exhibición de banderas estelades en la final de Berlín. Las estelades han desaparecido, pero los silbidos aún atronan.