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FINAL DE LA COPA DEL REY

El rey de Copas abdica en otra noche amarga

La derrota del Barça frente al Valencia pone un triste colofón a la temporada y hace prever unos días movidos en las oficinas del club

Rafael Tapounet

El Valencia conquista la Copa del Rey. En la foto, Marcelino intenta consolar a Messi tras la final de Copa perdida por el Barça. / JORDI COTRINA (VÍDEO: EFE)

Como esa última copa que uno acepta por las razones equivocadas y que acaba pasando una factura que el cuerpo no está en condiciones de pagar. Así de mal le sentó al FC Barcelona la final del Benito Villamarín, una fiesta a la que el equipo azulgrana, con la moral aún por los suelos tras la eliminación europea, acudió casi sin ganas, por puro compromiso. Pese a sufrir un cúmulo de adversidades a lo largo de la velada, el amor propio sostuvo al Barça en pie casi hasta el final, pero no pudo evitar que acabara con la pechera manchada, agarrando la taza del váter con las dos manos y anticipando la resaca del día siguiente. Ganó el Valencia 2-1. Un desastre de noche, vaya.

Claro que las invitaciones habían sido cursadas antes de la catástrofe de Anfield, cuando todo era armonía y felicidad en el Camp Nou y el champán desbordaba las copas para brindar por el hundimiento del Real Madrid. Tres meses después, llegada la hora del baile, una niebla había descendido sobre los corazones barcelonistas, y ni siquiera la posibilidad de levantar un nuevo trofeo y reeditar el doblete parecía hacer que los jugadores de Ernesto Valverde encontraran una motivación para buscar en el ropero un traje de gala que les permitiera, al menos, mantener las apariencias ante el resto de los invitados.

"Mucho peor"

“No ganar esta final nos dejaría mucho peor de cómo estamos ahora”, había advertido en la víspera Leo Messi, que reconoció que el vestuario no se había recuperado aún del “durísimo” golpe de la eliminación europea. Cuesta imaginar cómo es posible estar “mucho peor” después de asistir al insólito ejercicio de mortificación pública que protagonizó el capitán, cuyo discurso, lejos de tener el efecto motivador que se le suponía, sumió al barcelonismo en un estado de profunda melancolía. Las palabras del 10 dejaron claro que para la plantilla azulgrana la Copa del Rey se había convertido más en una obligación que en un premio ilusionante. Mal preámbulo.  

Tampoco es que las últimas actuaciones del Barça invitaran al optimismo. Antes del partido liguero ante el Eibar, Valverde anunció que aquel día saldrían al campo “más o menos” los mismos jugadores que en la final de Copa. Se trataba, vino a decir, de hacer un ensayo general. Pero la puesta en escena del Barça en Ipurua resultó más bien mediocre, sin control ni jerarquía, redimida solo a medias por dos golpes de genio del de siempre, de modo que el cuerpo técnico consideró conveniente introducir modificaciones en el reparto. Sin mayor efecto que cambiar la potencia sin control de Arturo Vidal por la lentitud académica de un Arthur en fase de recuperación y las ganas de Malcom por el ‘fútbol-saudade’ de Coutinho.  

El Valencia, por el contrario, era la motivación hecha equipo. Ante la oportunidad de levantar su primer título en 11 años y culminar los festejos del centenario con una traca de categoría, los hombres de Marcelino García Toral salieron plenamente convencidos de qué era lo que tenían que hacer para noquear al campeón y llevarse la copa al Turia: aguantar bien pertrechados atrás y esperar la oportunidad de atacar a la frágil (y mal posicionada) defensa barcelonista con un directo fulminante. Un plan tan poco sutil como poner a David Bisbal a cantar un popurrí de sus éxitos justo antes del partido, cosa que hizo entre la rechifla y los pitos de las dos aficiones, poco sensibles al encanto melódico del ídolo almeriense.     

La posesión

El repliegue valencianista permitió que el primer cuarto de hora del Barça fuera un ejercicio de posesión abusiva como no se veía desde los días de ‘El exorcista’. Los de Valverde se adueñaron de la pelota y no dejaron a los rivales ni acercarse a olerla, pero aun así fueron incapaces de crear una sola ocasión de gol. Ya lo advertía Clint Eastwood en ‘El bueno, el feo y el malo’: el mundo se divide entre los que llevan el revólver cargado y los que cavan. Y el Valencia sí llevaba el revólver cargado: el primer tiro che tuvo que sacarlo Piqué en la línea de gol. El segundo y el tercero fueron a la red. A los azulgranas les tocó cavar.

Lo hicieron, y con encomiable empeño, en la segunda mitad, en la que el equipo, ya con Vidal y Malcom sobre el césped, se vio empujado hacia arriba por los gritos de aliento de una afición que respondió a la adversidad de forma ejemplar. Nada hay que reprocharle a esa hinchada que, a falta de algo mejor, se está acostumbrando a celebrar las faltas a 10 metros del área rival como si fueran goles. El premio a tanta entrega llegó en el minuto 72 con el gol de Messi, que sirvió para ponerle vértigo y excitación a un último tramo del encuentro tan febril como frustrante.

Al final, el rey de copas acabó hincando la rodilla y entregando la corona. No habrá, pues, doblete que sirva para aliviar la herida de Anfield y limitar el alcance de las reformas necesarias para afrontar la próxima temporada con un proyecto ilusionante. El título de Liga, importante como es, parece quedar lejos, y el del fútbol es un mundo en el que las percepciones cuentan a veces más que los hechos.

La cama ya se empieza a mover. La resaca será dura.