Ir a contenido

LAS ELECCIONES AZULGRANAS

Goles de estrategia

Bartomeu refrenda el cargo en las urnas con una campaña austera en las formas y rica en medios que le ha permitido culminar una temporada gloriosa

JOAN DOMÈNECH / BARCELONA

Josep Maria Bartomeu es felicitado efusivamente tras conocerse el sondeo de TV-3 nada más cerrarse las urnas.

Josep Maria Bartomeu es felicitado efusivamente tras conocerse el sondeo de TV-3 nada más cerrarse las urnas. / JORDI COTRINA

Una foto del tridente y otra del triplete. Con las imágenes que retrataban una temporada gloriosa, dejó que las obras hablaran por él. No había mejor discurso ni más sólido que los dos pósteres con que engalanó su sede. La última victoria, la de las urnas, estaba virtualmente en el bolsillo antes de empezar la campaña. Josep Maria Bartomeu i Floreta era por sucesión, y ahora lo es por votación, el 40º presidente del Barça.

Bartomeu (Barcelona, 6 de febrero de 1963) ha ganado las elecciones con goles a balón parado. Apelando a la estrategia, tan útil y recurrente en el deporte. Era un partido para ganarlo. Táctico, como se diría ahora, en el sobado eufemismo futbolístico. Un recurso más incorporado al potencial del equipo, como ha hecho Luis Enrique. Bartomeu tenía que defender el resultado de la ida (la goleada de una temporada brillante). Y venció otra vez. Sin la contundencia de Sandro Rosell, su antecesor (61%), pero con una ventaja (más de la mitad de los votos, un 54,63% sobre el 33,03% de Laporta) que no solo le legitima sino que le refuerza a ojos del barcelonismo y le libera de cualquier sospecha o duda.

UNA DEFENSA INSUPERABLE

Los éxitos del tridente amigo (Messi, Suárez, Neymar) ejercieron una defensa insuperable. Los ataques rivales apenas causaron rasguños. Al tridente enemigo (Laporta, Freixa y Benedito) no le faltó munición, sino puntería. Tenían balas como para causar un destrozo. Eran tres y ninguno alcanzó el poder decisorio comparable al que poseen los tres futbolistas en el terreno de juego.

Siendo uno, Bartomeu no estuvo solo. Tenía un ejército de fieles reclutados desde los tiempos del rosellismo. El fundador de esta corriente apareció en el primer minuto de la votación y se marchó. Los compañeros se quedaron todo el día, aguantando los calores y prestándose también a la corriente de abrazos y fotos que abrió la candidatura de Laporta con sus exdeportistas en el acceso principal a las mesas de votación.

Una acción estratégica, como estratégico ha sido el tono de Bartomeu en la campaña. Lo fue posar detrás de la foto del tridente y del triplete y lo fue la dosificación de los mensajes. Bartomeu jugó en casa, momentáneamente trasladada a la calle Balmes, mientras un retén permanecía en el Camp Nou. Jamás se desprendió –ni quiso, porque era su mejor aval– de la condición de expresidente. Sabía que Braida y Soler neutralizarían la baza del fichaje de Pogba, anunció que el Roma jugaría el Gamper (cuando técnicamente era un candidato) y gestionó los tiempos del fichaje de Arda Turan al ritmo que le convino, no al que pretendieron dictarle los demás.

Bartomeu se confesó un hombre de diálogo y proclive a discutir ideas, pero obró de forma contraria: su candidatura se negó a todos los debates, excepto uno. Influyente como ninguno de sus adversarios, logró alejarlo del día de la votación para minimizar daños. El peligro estaba en el cuerpo a cuerpo. Su equipo tenía interiorizado que no podía competir con la retórica de los rivales. Y aguantó, exhibiendo una talla que pocos le reconocían. Nadie ha dudado, en cambio, de la afabilidad que desprende su actitud. El viejo y nuevo presidente ha preservado intacta esa imagen de científico, ese perfil tranquilizador, sereno y de fácil sonrisa.

PALABRAS Y HECHOS

El padre de Jan y Víctor, el esposo de Marta, es ingeniero, dirige una empresa de instalaciones aeroportuarias y trata de gobernar con frialdad el tobogán emocional que es el Barça. Huye del rosellismo más con palabras que con hechos hasta ahora tras recibir un legado envenenado con la sanción de la FIFAel 'caso Neymar', que le tiene imputado a él y al club, y el patrocinio de Catar del que ahora intenta desmarcarse. Despacio, asentándose en cada paso que da, ha logrado imprimir un sello personal. Ya reconocible. Ya elogiado. Ya refrendado por la mitad de los socios.

Sin las rotundas cifras de su antecesor (61% de los votos del 2010), Bartu tiene ante sí seis años para culminar el Espai Barça y el futuro de Messi como obras mayores, más preservar la continuidad de un Barça campeón. Casi nada.