03 abr 2020

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Análisis

El vértigo del culé analógico

Jordi Ferrerons

Alos culés analógicos nos cuesta horrores estar a la altura de lo que está sucediendo. Los culés analógicos, los que nos criamos con una Liga cada entre 10 y 14 años, solemos dar la paliza a nuestros semejantes con un inveterado pesimismo antes de cada partido trascendental. Llevamos incrustados en el ADN errores garrafales que costaron campeonatos, lesiones o enfermedades que se llevaban por delante a nuestras estrellas más en forma, incluso algún secuestro que hundió anímicamente a toda una plantilla hasta perder la Liga. Los culés analógicos pensábamos que los jugadores del Barça encaraban la final de Wembley mentalmente fundidos, tanto física como, sobre todo, psicológicamente, tras una temporada infernal después de un Mundial, una pretemporada cortísima, la enfermedad de Abidal y el desafío permanente de un entramado mediático sin ningún tipo de escrúpulos alimentado desde la cúpula del eterno rival. «No son capaces de hacer correr el balón como lo hicieron entre noviembre y febrero», espetaba este culé analógico a todo el que se pusiera a tiro, más impresionado por la potencia y el historial del rival que convencido por la fiabilidad implacable de este equipo maravilloso.

Los culés analógicos debemos adaptarnos a la era del Barça digital: el pase multiplicador, la estrella solidaria, el esfuerzo generoso, pero dosificado con habilidad e inteligencia, la tozuda preservación de un estilo llueva, hiele, se desate la cólera de un volcán o enfrente se halle una caterva de navajeros o, como este sábado, un equipo muy bien trabajado que pelea hasta el límite de sus capacidades (reglamentarias). El Barça digital se basa en la gestión de un grupo de jóvenes millonarios a partir de una inteligencia emocional que proyecta al exterior y con un objetivo común lo mejor que tienen dentro. Tras la estela de Johan Cruyff, estrella genial aunque arbitraria y caprichosa, Frank Rijkaard inició el cultivo de ese método a partir de sus formas suaves, que supieron convertir la sonrisa de Ronaldinho en una espiral de triunfos sobre el terreno.

Un tipo como nosotros

Sin embargo, con el fin traumático de ese corto periodo de dos años pareció que los culés analógicos volvíamos, muy a nuestro pesar, a realimentar nuestras almas atormentadas: ver cómo nuestra estrella sonriente engordaba a ojos vistas y regalar dos ligas al eterno rival volvió a darnos pie al maldito fatalismo del que mamamos de niños, adolescentes e incluso adultos.

Pero, paradójicamente, ha sido un tipo extraordinariamente parecido a nosotros quien tal vez acabe curándonos. Pep Guardiola, más enfermo de Barça que la mayor parte de culés, con su actitud enamoradamente obsesiva por su misión, víctima y chivo expiatorio en su tiempo de la mala leche que acumulábamos tras tanta frustración, ha acabado de levantar el entramado de la nueva era digital del barcelonismo. Sentido y sensibilidad para convertir la geometría en poesía; para canalizar el deseo, la pasión y la ambición en un esfuerzo solidario en el que las estrellas intercambian guiños de complicidad; para mantener el hambre de éxitos en un grupo que lo ha ganado absolutamente todo en tres años.

Hoy, este culé analógico se siente tremendamente feliz aunque algo desubicado. Y se ha autoimpuesto el difícil reto de intentar deslizarse en la era del barcelonismo digital, aunque solo sea para que sus hijos dejen de considerarle un marciano muy, pero que muy pesado.