11 ago 2020

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DÍA DE ORO PARA LA HISTORIA DEL BARÇA

Denominación de origen (I)

POR EMILIO PÉREZ DE ROZAS

En la placita de La Masia hacía un día veraniego. Normal, estamos a finales de abril de 1989. En el comedor de los chavales reinaba el ambiente de siempre. Felicidad. Más risas que carcajadas. Los rayos del sol se colaban por las cristaleras de ese edificio único, de 1702, el mismo que un rico editor madrileño pretendió comprar un día para instalar allí su fundación, ignorando que allí ya había la mejor fundación del mundo: la del fútbol base del Barça.

Y, sí, el sol pegaba duro aquel día. Pero dentro, en el comedor de los chicos, mientras alguien traía bandejas de ensalada, se puso a llover. A llover lágrimas así de gordas. Ya se sabe que no hay peor inundación que la que provocan los ojos humedecidos de niños que sueñan con ser hombres. Luis Milla acababa de contar a sus compañeros de camada que el club, el Barça, su Barça, le acababa de comunicar que se buscase equipo.

Milla, con los 23 años recién cumplidos, no sabía dónde meterse. Sus compañeros lo encajaron aún peor que él. Todo había empezado cuando Joan Blanquera le había preguntado «¿qué pasa, maño?», al verlo entrar en el comedor tan triste. «Me han dicho que no me quieren, Joan». También hubo quien le habló de jugar en su Teruel natal. O en el Aragón. Y hasta le sugirieron que se fuese al Alzira o al Gandía. A él, que estaba allí para triunfar en el Barça.

Cosas de la vida, del fútbol, ¿de la fortuna? Quién sabe. Lo cierto es que mientras Milla hablaba con unos y otros, con clubs y técnicos, y empezaba a pensar cómo meter sus enseres en cajas, Johan Cruyff, que llevaba unos meses como entrenador en el Camp Nou, decidió inventarse el 4, el famoso 4. Y se fue a ver al filial al Miniestadi. Y vio a Milla. Y pensó: «Ese es el 4 que necesito». Y se lo llevó a hacer la pretemporada. Y hasta hoy.

"Tal cual", cuenta Blanquera, compañero entonces de Milla. "Fue así. No más. No digo que todo fuese casualidad. Fue inspiración divina... de Cruyff. Si no hubiese sido por aquel invento, Milla, que se lo merecía como el que más, hubiese desaparecido en divisiones inferiores. Hay muchas formas de tener suerte. Una es esa que siempre expresa Luis Aragonés de que 'cuanto más trabajo, más suerte tengo' y otra esta de Milla, o de Cruyff, o la del día que se inventó el 4, un número prodigioso en el Barça, sí".

Hay millones de anécdotas así, pero esta concentra lo que representa La Masia: la casa donde nace un estilo de fútbol basado en la cantera. Un edificio del siglo XVIII, un maravilloso lugar donde, durante la construcción del Camp Nou, inaugurado en 1957, se instalaron los arquitectos y los peritos para dirigir las obras de la catedral azulgrana y que, a partir de 1979, de la mano de Josep Lluís Núñez, se convirtió en la residencia. «A todos nos gustaba el concepto de masía, la idea de casa pairal en la que vive gente en plan familiar», relata el arquitecto Josep Llobet, de PB2 Projecte. "Por eso quisimos trasladar esa idea a un concepto moderno, a un lugar que, alejado de la pensión, residencia o, incluso, hotel, los chicos se sintieran como en casa".

El tuétano del club

Pero La Masia es mucho más que eso. Es un concepto, una cuna, una guardería de genios, aquello sobre lo que acabó basándose el juego, la vida del Barça, el tuétano de un club que mañana alcanzará su cenit en la entrega del Balón de Oro, que será uno de los suyos. Uno de los nuestros como dirían en La Masia: Xavi Hernández, Andrés Iniesta y Leo Messi (por orden alfabético).

Ellos y otros muchos, que llegaron o se desperdigaron por España, han construido una idea de juego, fruto, aunque lo niegue, de Cruyff, que ha terminado por inclinar al mundo ante su fútbol. Las lágrimas de aquellos chavalitos del comedor son hoy mares de baba. Dicen que más de 500 futbolistas han pasado, sufrido, soñado entre esas paredes.

Es el único fútbol que tiene denominación de origen. Una idea que, según Pep Guardiola, se basa en tres conceptos, no por simples menos eficaces y, sobre todo, muy difíciles de mantener, pero, eso sí, irrenunciables. "Primero, tener un club muy fuerte, que da siempre tranquilidad a los entrenadores. Segundo, tener jugadores con ambición ilimitada. Y, tercero, una idea de fútbol, un modelo, un estilo. Quien piense que es cuestión de hacer cuatro rondos o de implantar cuatro métodos nuevos no tiene ni idea de lo que habla. Esto es un proceso largo, requiere mucha paciencia y mucha fe, pues hay que encontrar todos los ingredientes que te permiten crecer, jugar así y perseverar en la apuesta".

Guardiola es uno de esos 4 nacidos de la idea que salvó a Milla del ostracismo. Uno de esos niños que, con 13 años, llegó a La Masia. Llegar, eso es lo más doloroso. Es el primer sufrimiento de la idea: abandonar a la familia. Al parecer, no para Guardiola. Sí para Guillermo Amor, sí para Leo Messi, sí para Andrés Iniesta, sí para¿ "Mi padre se hizo un poco el remolón cuando el Barça me vino a buscar para que fuese a La Masia", relata Guardiola. "Una noche le oí murmurar en el comedor de Santpedor: 'Tendremos que hablarlo...' No había nada que hablar. Si el Barça te llama, no hay nada que decir. Hay que ir corriendo. Como hice yo".

El cosquilleo de la llamada

Todos, ellos y sus padres, tuvieron ese minuto de cosquilleo el día que te llama alguien del Barça y te dice algo así como «has sido nominado». "Recuerdo aquella tarde como si fuese hoy cuando papá me dijo: 'Xavi, han llamado de La Masia, que te quieren probar'. ¡Vaya noche pasé! Qué tembleque, qué nervios. Ese sí era un sueño. Hacer esa prueba ya era una locura", añade el gran Hernández. "Tanto que, cuando acudí a la prueba, iba ilusionadísimo pero sin esperanza alguna. Y ya ve".

"Yo tenía 12 años y un día llamaron a casa y le dijeron a mi padre que fuéramos a ver La Masia", explica Iniesta. "Ve tú, papá, yo no pienso moverme de aquí", asegura Andresito que le dijo a su padre. "No quería salir de Fuentealbilla ni loco. No quería abandonar a mi familia. Por suerte, me convencieron. Los primeros meses fueron terribles, no se los deseo a mi peor enemigo. Ahora sería yo quien intentaría convencer a cualquier chaval de que ingresase en La Masia". Y eso que Iniesta recuerda con dolor las colas que se formaban en la cabina de teléfono que había para llamar a las familias. "No había móviles, ni ordenador, ni internet, y si querías hablar con los tuyos tenías que hacer cola. Y no siempre lograbas hablar con ellos".

Ese mismo sufrimiento fue el de Leo Messi, que no tuvo más remedio que instalarse en la residencia azulgrana para someterse al tratamiento de crecimiento por el que viajó desde Argentina, sin querer, llorando, lamentando dejar a los suyos. "Los inicios fueron tremendos", relata 'la Pulga'. "Mis hermanos no terminaban de adaptarse, mi hermana iba y venía. Hasta que mi padre me dijo: 'Leo, así no podemos seguir, haremos lo que tú quieras'. Y decidí quedarme. Y ha sido maravilloso". Esa decisión, La Masia, le ha ayudado a ser el más grande y a tener feliz, ahora sí, a toda su familia junto a él.

Pero ¿qué es La Masia? Todo. Si se lo preguntas a Thiago Alcántara, uno de los que vienen empujando, y fuerte, uno de esos que no se arrugan, contesta raudo: "La Masia es, ante todo, una fábrica de personas. Llegas de niño y no tienes más remedio que integrarte. Estas solo, amigo, sin los tuyos, sin tu familia, y allí encuentras el cariño que necesitas para educarte, crecer y mejorar. Te enseñan una forma de vida".

"Solo diré una cosa, y no me duelen prendas", señala Guillermo Amor, ahora director de ese entramado azulgrana y primer inquilino de aquella primera residencia. "En los primeros meses de mi estancia no paré de llorar. Echaba de menos tantas cosas y a tanta gente que, bien pensado, no sé si dejaría que un hijo mío viviese esa experiencia. Eso sí, maduré mucho, rápido y bien".

La Masia es ese lugar donde Sandro Rosell tomó posesión. Y no es casualidad. Es la guardería de donde salieron 10 de los 11 jugadores (Valdés, Puyol, Piqué, Busquets, Iniesta, Messi, Bojan, Jeffren, Pedro y Thiago) que Guardiola utilizó --qué casualidad, ¿o no?-- el día que dirigía su partido número 100 con el Barça (4-0 ante el Rácing de Santander). Es la universidad deportiva donde estudian los jugadores de ese filial que, si quisiera, subiría a Primera División.

Guantes para regalar

La Masia encarna los mejores valores del més que un club. Es ese edificio donde en alguna pared de un lavabo hay escrito "el fútbol no se compra". Es la casa donde, con 11 años, entró Xavi un día de 1991 para poner en práctica el único consejo que le dio su padre, Joaquim: "Tú llegas allí, te instalas y disfruta, calla, mira, escucha y aprende".

"El fútbol es mi vida, no tengo nada más, no sé hacer nada más y no me importa reconocerlo", explica Víctor Valdés, que entró en La Masia en 1992, con 10 años. "Los estudios no se me daban demasiado bien. La Masia fue mi colegio, mi instituto, mi universidad", señala Valdés, que suele pasarse por allí a menudo con Iniesta, su mejor amigo. "Nos gusta ir para que, al vernos, los jóvenes sepan que pueden cumplir su sueño como lo hemos cumplido nosotros. Cuando uno se cría y crece en La Masia, jamás la olvida".

Y cuando visita la residencia, Valdés lleva siempre algún par de guantes para regalar. Y Andresito, algún par de botas. "Me dejo ver por allí menos veces de las que me gustaría, pero suelo ir para que esos chicos comprueben que no somos de otro planeta y sepan, viéndonos a nosotros, que su proyecto es realizable", cuenta el de Fuentealbilla.

Esa "fábrica de personas", como la define Thiago, es considerada por sus habitantes como su casa. No tienen otra. Y la disfrutan como personas y deportistas. "La Masia es nuestra casa, claro que sí", relata Marc Muniesa, la próxima generación del equipo de los sueños. "No nos falta de nada, nos lo dan todo. Comemos, dormimos, nos llevan al colegio en autobús. No solo se entrena y se juega a fútbol, aprendes a vivir, creces y te formas como persona".

Víctor Vázquez, goleador ante el Rubin Kazan, que vivió en La Masia con Cesc, Piqué y Leo ("¡vaya colegas de habitación, ¿verdad?!"), asegura que no olvidará la otra noche cuando, nada más marcar en la Champions, se abrazó con el primero que se cruzó en su camino, "¡y fue Leo!". Cierto, La Masia es todo eso: edificio, idea, proyecto, casa pairal, guardería, colegio, instituto, universidad. Pero, ya ven, también complicidad, coleguismo, unión, fuerza. "Los mayores éxitos del Barça --explica Joan Laporta--, las épocas en las que mejor hemos jugado y mejor representados nos sentimos corresponden a los mejores momentos de nuestra cantera, a la mezcla de los mejores canteranos con la calidad de los mejores jugadores del mundo que hemos fichado".

Sergi, poco importa el apellido, le propuso el pasado año a su tutor en el instituto hacer su trabajo de fin de curso sobre el fútbol base del Barça. Y un día, pura casualidad, se tropezó en un restaurante con Guardiola. Y lo asaltó. Y Guardiola, cómo no, se dejó querer. Y Sergi le contó su proyecto. Y el mister azulgrana le atendió encantado. Otra cosa es que, en el cole, se lo creyesen, que se lo creyeron, sí. El alumno le preguntó a Guardiola qué era lo que más recordaba de su estancia en La Masia.

La peña de los glotones

"Mis profesores, mis entrenadores, mis compañeros. Tuve mucha suerte", refleja el trabajo colegial de Sergi, «porque conté con muy buenos entrenadores a nivel pedagógico. Fui muy bien formado. No recuerdo haberlo pasado mejor que en mis primeros años como juvenil e incluso en el filial. Desde pequeño te recordaban que vivías con un grupo de gente, un equipo que debe estar unido, y en los entrenamientos se remarcaba mucho el aspecto táctico, la cultura del esfuerzo y el trabajo en equipo, y se daba mucha importancia al contacto con la pelota". (Continúe leyendo)