25 nov 2020

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Las claves de Johan Cruyff

Un equipo con hambre insaciable

Johan Cruyff

Hace más o menos una semana estuve almorzando con Pep Guardiola. Hacía tiempo que no nos juntábamos, aunque hablamos a menudo. Fue un encuentro agradable, muy agradable, entre dos técnicos a los que les gusta hablar de lo que más nos apasiona, de fútbol. Sin más. No busquen otras cosas. Y, claro, evidentemente, el tema principal de la conversación acabó siendo o, mejor, empezó siendo el Barça.

Hicimos un repaso distendido, sin apasionamientos innecesarios, al equipo, a todo lo que hace bien, que es mucho, muchísimo. Y, sí, por qué no, lo poco, que también existe, sí, que hace mal. Siempre hay cosas que corregir. Pero eso ya lo sabe hacer Pep.

En el fondo nos quedamos hablando y hablando de detalles que han hecho que este conjunto sea, con diferencia, el mejor y más exquisito que hay en estos momentos en el mundo. ¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Asumiendo los errores que, finalmente, han desembocado en esta excelencia futbolística.

Recordamos el primer año de Guardiola, las decisiones que se tomaron antes de arrancar la temporada y, también, sí, las de final de campaña. Cómo pasamos de Etoo a Ibra y, finalmente, a Villa. No entraré en más detalles de esta sucesión de cambios y, tampoco, de nuestro cariñoso y amistoso encuentro, ya que no pretendo que, en una semana tan importante como la que concluyó ayer, este tema se convierta en el eje central de mi reflexión.

Muy pocos cambios

Tras el 1-5 protagonizado por el Barça en Cornellà-El Prat, lo mejor es centrarnos en el fútbol, que fue mucho y bueno. Porque, ciertamente, una de las preguntas que más flotó en nuestra charla fue: ¿ha cambiado tanto el equipo del primer año de Pep con respeco al actual? Si lo analizas, nombre a nombre, no encuentras el detalle que te haga decir: esto ha sido lo determinante.

El portero es el mismo; la defensa, también. Están Xavi e Iniesta. Está Messi. Ya estaban Pedro y Busquets. La base es la misma, pero lo que han cambiado son los detalles. Pep me intentaba explicar con palabras lo que siente en cada entrenamiento cuando ve que su equipo, sus hombres, trabajan más que el primer día que él llegó.

Cuando ve que Messi cada día que pasa tiene más hambre de fútbol, de balón, de ganar, de inventar, de ayudar a sus compañeros. Que Xavi soporta el dolor de sus músculos y sus tendones sobreexigidos por ser quien es. Un jugador único. Que Iniesta no se conforma con lo que hizo el día anterior. Siempre quiere mejorar. Que a Valdés no puedes meterle un gol ni cuando están jugando en broma porque, para él, todo es serio. Que Busquets se pelea con todos para marcar su territorio. Y que Pedro corre, y corre, y corre, y corre, y que sabe leer como nadie las jugadas de los otros, como hizo en el remate de Messi que acabó chutando a gol. Donde otros se paran, él continúa.

Todo en su sitio

El detalle principal es que el grupo hoy trabaja más, aunque parezca mentira, que hace un año. Que los jugadores llegaron del Mundial reventados, que sus selecciones los acabaron de reventar y que, como son humanos y no máquinas, perdieron contra el Hércules. Y que alguno tuvo alguna duda, pero que Pep lo único que necesitaba (y lo sabía) era lograr que la temporada entrase en la normalidad del día a día. Con dos partidos a la semana, incluso, pero del día a día. De tenerlos a todos juntos y de ver que el Madrid, con Mourinho, se iba a entregar menos que el Madrid de Pellegrini, que no se entregó e hizo, frente a un gran Barça, 95 puntos.

Así se puede entender todo lo que ha ocurrido estas últimas semanas. Los ocho goles al Almería parecieron como si se los hubiesen regalado y alguien, muy listo, repito, muy listo, preguntó si también serían capaces de meterle ocho al Madrid. Y, mira, solo fueron cinco, sí, aunque pudieron ser ocho porque aquel hambre del que me hablaba Pep es insaciable.

Todo este camino llevó hasta Cornellà, probablemente el equipo que más ha amargado a Pep y a los suyos en los dos últimos años. El derbi no era una prueba definitiva porque este equipo no tiene que demostrar en un partido la globalidad de su fútbol pero, por si acaso, volvieron a repetir su juego y una nueva goleada. Repitieron la gesta, sí.

Y lo mejor de todo es que el Espanyol, si lo analizas solamente a él, jugó bien. En algunos momentos, más que bien, pero con eso y ante un Barça que no se para porque no se lo cree no hay suficiente para evitar la derrota ante estos brillantes campeones.