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Ni astucias ni huida hacia delante; ahora toca ser más

El independentismo solo tendrá éxito si entiende que debe acumular fuerzas

Xavier Domènech y Joan Tardà, en el Congreso de los Diputados, hace dos años. / Javier Lizon

"Hay que actuar. No vaya a ser que los catalanes algún día os salgáis con la vuestra ". Este pensamiento me lo ha llegado a transmitir una persona con peso político en Madrid. Le sugerí que seguir hablando del "problema catalán" o del "desafío catalán" evidenciaba la incapacidad para resolverlo, en la medida que no reconocía que la cuestión nunca había sido tan "española".

El Estado español necesitaba actuar. Por un lado, el independentismo nunca había llegado tan lejos ni había sido tan numeroso; por otro, la reputación democrática internacional y la viabilidad y solvencia económica del Estado dependen de resolver el conflicto catalán. Pero el gobierno de Mariano Rajoy solo aspira a comprar tiempo y renuncia a una resolución democrática del contencioso. Su respuesta política se basa en la preeminencia absoluta de la ley, ignorando los principios democráticos. Una ley que no respete la voluntad del pueblo expresada en las urnas no es democrática.

Ningún interés

Guste o no, el independentismo en pocos años ha sumado lo suficiente para poder hacer un largo y exitoso (y no previsto) recorrido hasta el pie de la montaña de la República efectiva. El Reino de España, hoy por hoy, no ha mostrado ningún interés en resolver el conflicto en ninguno de los dos modelos democráticos existentes. Por un lado, el modelo de Canadá en el que su gobierno llevó a cabo unos profundos cambios y transformaciones (hay que recordar que incluso hicieron del francés lengua oficial en todo el estado) para que una parte de los quebequois independentistas se sintieran cómodos en Canadá. Lo hicieron sin pactar con Quebec. En otro caso, la fórmula pactada entre David Cameron y Alex Salmond para la celebración del referéndum sobre la independencia de Escocia. Todo lo contrario, Rajoy ha optado por la respuesta autoritaria más dura: multas, inhabilitaciones, encarcelamientos... Ha abandonado el afán de Adolfo Suárez de obtener el consentimiento de los catalanes en la Transición y se han impuesto las tesis involucionistas sobre las nacionalidades que Manuel Fraga Iribarne sostuvo al debate de la constitución de 1978 y que entonces fueron rechazadas.

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Desgraciadamente, la intolerancia del nacionalismo español y la falta de proyecto del Reino de España hacia Catalunya hacen prever un escenario complejo y difícil. Madrid no sabe ver que la incapacidad de reconocer el Estado como plurinacional, pluricultural y plurilingüístico impulsa el independentismo. Ahora será difícil que actúen en clave de búsqueda de soluciones cuando crece la competición nacionalista entre PP y Ciudadanos, el PSOE rechaza los votos independentistas para una moción de censura y se consolida en el imaginario español que hay que escarmentar a Catalunya. Dicho en palabras llanas: se vislumbran tiempos de desobediencia civil y de resistencia no violenta si se incrementan las desavenencias y la falta de diálogo.

No obstante, el independentismo solo tendrá éxito si entiende que debe acumular fuerzas ( "no somos bastantes" hemos repetido muchas veces). Para ampliar la mayoría social dos ideas son imprescindibles, sin las cuales nada tiene sentido: que Catalunya es y debe ser un solo pueblo en un marco de libertades, de progreso económico y de justicia social (este es el consenso social que se formó en la lucha antifranquista de la Assemblea de Catalunya y que el movimiento por la República debe atraer) y que necesitamos conocer el mejor camino para llegar a la cima y con quién hay que transitar por él. En este sentido, el republicanismo debe converger con las fuerzas políticas que también defienden el referéndum vinculante, lideradas por Xavier Domènech, y debe abrir vías de diálogo franco (el municipalismo puede ser un buen laboratorio) con el socialismo catalán del PSC de un Miquel Iceta que debe decidir si se planta o abona la involución de los derechos y libertades.

Tripas y cerebro

Será necesario también que en el independentismo haya menos tripas y más cerebro. Han hecho falta demasiado semanas para superar argumentos tan reduccionistas como "cuantos más presos, mejor" no entendiendo que nada sería peor que engendrar un proceso de 'batasunización' en Catalunya. O incluso ha sido necesario tumbar argumentos bastante irresponsables como "Puigdemont o elecciones", derrochadores de la titánica victoria independentista del 21-D, ignorantes que los avances del movimiento por la República provienen de haber complementado la movilización en la calle con la legitimidad democrática ganada en las elecciones. Una victoria en las urnas que obliga a una gobernanza de progreso, valiente, desacomplejada ejercida desde la Generalitat, que reúna a los intereses de la ciudadanía al margen de su adscripción ideológica, al margen de que se sea o no independentista.

En este contexto, Esquerra ya dirigió hace unas semanas al Gobierno de España, desde la tribuna del Congreso de los Diputados, la necesidad de establecer un diálogo bilateral con el objetivo de la resolución democrática del conflicto. Este diálogo entre los dos gobiernos orilla escenarios multilaterales, entre ellos la Comisión de Estudio para la reforma constitucional. 

La respuesta de Rajoy ha sido negativa. Y lo será durante tiempo, lo sabemos. No obstante ahí persistiremos, porque el camino elegido por ERC radica en la generosidad, en la intensificación del giro social y en la mirada larga.

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