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Bloqueados por todos los lados

La nueva política es tan mala como la vieja porque los profesionales elegidos para dirigirla no parecen saber de verdad qué significa y comporta vivir en democracia

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El rechazo a los viejos partidos que se produce en muchos países democráticos no es una coincidencia de casualidades. Responde a algo tan concreto como es la decepción. Vivimos una rebelión popular amplia que no dirige nadie. El pasado fin de semana tuvieron su turno de encarrilarla los italianos. Hartos de sus gobernantes (los encuentran  ineficaces, refractarios a ser controlados por los ciudadanos y casi siempre ladrones) muchos votaron a favor del  sospechosísimo Movimiento 5 Estrellas sin tener ninguna garantía de que estos novatos vayan a aportar seriedad y eficacia a lo que administren.

Es un movimiento general. Alemania también votó en buena medida contra los que mandaban, Estados Unidos prefirió un salto a lo desconocido antes que arrugarse ante el establisment de siempre y Francia hizo lo mismo aunque en su caso parece que la flauta esté sonando razonablemente bien. Si en España alguien desea saber porqué los ciudadanos desean cambios le bastará con ver y oír estos días al expresidente valenciano Francisco Camps cuando le piden explicaciones sobre maldades tanto en una comisión de investigación del Congreso como en la Audiencia Nacional, donde se juzga la corrupción de Gürtel. Sus evasivas y contradicciones parecen auténticas burlas.

El rechazo es a todos los partidos pero daña más a lo que antes era globalmente el mundo de la izquierda, quizá a causa de que sus traiciones son percibidas como más dolorosas e inesperadas por su gente. Pero la izquierda se muestra incapaz de abrir a ninguna escala debates serios sobre lo que ha hecho en el pasado reciente y lo que debe hacer en el futuro inmediato. Parece cómoda escondida detrás de cierto centrismo con toques progresistas envuelto, eso sí, por discursos que su electorado ya ha aprendido a relativizar.

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Esta nueva situación tiende por todas partes a bloqueos. Es llamativo el 'caso español':  presupuestos empantanados, ruptura del pacto de Estado por la educación, evidencia de que se precisa modernizar la Constitución pero nadie está por la faena, y dilaciones para un cambio de la ley electoral que pueda dar paso a una nueva etapa. Y es descorazonador lo que ocurre en Catalunya, donde se negocian los gobiernos discutiendo solo los protagonismos -las sillas- y sin que trascienda lo que social y legislativamente quiere hacerse. Además de que nadie sabe si se va hacia la derecha o la izquierda, también se ignora si nos llevan a una situación nítidamente autonomista o a una nueva confrontación en torno a una república sobre la que dialécticamente se duda si nació o fue demolida.

La nueva política es tan mala como la vieja porque los profesionales elegidos para dirigirla no parecen saber de verdad qué significa y comporta vivir en democracia. Así es imposible avanzar en ninguna dirección.

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