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LA CLAVE

El machista que hay en mí

Muchos hombres clamamos contra la discriminación femenina, pero nos aprovechamos del patriarcado y poco hacemos por erradicarlo

JUAN MANUEL PRATS

Existe el machismo por acción y el machismo por omisión. El primero es supremacista, primitivo, procaz, tabernario. Se expresa en la mirada del Macho Alfa sobre el cuerpo femenino, en la palabra que violenta, en el roce rijoso, en el sometimiento psicológico o por la fuerza bruta. El segundo, más sutil, no es menos lesivo para las mujeres. Se camufla bajo los ropajes de lo políticamente correcto: la sensibilidad hacia la causa feminista, el trato respetuoso e igualitario a las compañeras de trabajo, cierta predisposición a implicarse en las tareas domésticas y en el cuidado de los hijos o familiares dependientes...

Nos convencemos de que ser civilizados con las mujeres, rehuyendo (o reprimiendo) las conductas que de niños observarmos en los adultos, basta para despojarnos de nuestra condición de machistas. Pero solo es un juego de apariencias, la benevolente coartada que nos procuramos para tranquilizar nuestras conciencias.

El estallido feminista de este 8-M nos invita a reconocer que todos albergamos el virus del machismo. Quizá con nuestros actos no provoquemos deliberadamente situaciones de iniquidad, pero las normalizamos con nuestra cómplice pasividad. En el ámbito laboral tal vez no favorezcamos de forma consciente a nuestros congéneres y celebremos sinceramente la promoción profesional de las mujeres, pero obviamos que en esta carrera ellas acarrean una mochila mucho más pesada que la nuestra.

NUESTRAS REGLAS

Los esfuerzos y sacrificios que las mujeres deben afrontar para cumplir sus anhelos son directamente proporcionales a las facilidades que nos brinda el patriarcado para satisfacer los nuestros. Tampoco es extraño que las reglas nos resulten propicias; no en vano las hemos diseñado nosotros.

Para los hombres que clamamos por la igualdad, lo más cómodo es centrifugar responsabilidades, exigir leyes contra la brecha salarial y condenar a las empresas que la perpetúan. Cuesta mucho más combatir, a título personal y de raíz, las causas de tal discriminación, compartiendo de verdad el cuidado de los hijos y la logística familiar. Feminismo de boquilla que oculta nuestro machismo vergonzante.

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