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BARCELONEANDO

La tienda de pararrayos más antigua del mundo

La empresa Torrente lleva siglo y medio a la caza del relámpago en el corazón del viejo barrio chino

Carles Torrente, dueño de Pararrayos Torrente, tienda fundada en 1860. / JULIO CARBO

En esta semana de lluvia, nieve y meteorología varia, un gran trueno reverberó sobre la bóveda de la ciudad en la mañana del lunes y, de tan cercano, pareció que la descarga eléctrica simultánea hubiese caído mismamente encima del Carmelo, por poner un ejemplo. Un relámpago bíblico, de esos que reconectan al hombre con la naturaleza y su vulnerabilidad mortal, como el que dio vida a Frankenstein en la película, porque en la novela ni siquiera aparece el laboratorio... Ah, todo el dolor del mundo palpitaba en la mirada de aquel monstruo hecho de pedacitos que ahora cumple 200 años. Pero, a lo que íbamos, porque estamos con el rayo y con el prodigio de que esta Barcelona hechicera albergue la tienda de pararrayos más antigua del mundo. Han leído bien: del mundo.

La tienda, la más antigua del mundo en su gremio, se conserva tal cual se inauguró en 1860, con el mobiliario original

Conocíamos a Thor, el dios del trueno, y ahora sabemos que el dios del rayo se llama Carles Torrente Bruna, cuyo tatarabuelo entró a trabajar como aprendiz en la empresa el año de su inauguración, en 1860, y con el paso de los años logró convertirse en el propietario. El negocio se llama hoy Torrente Tecno Industrial y está ubicado en el número 21 de la calle Marquès de Barberà, en el espinazo del viejo barrio chino.

 En un principio, el fundador, Josep Sebastià, había abierto la tienda en el número 27 de la misma calle, pero al cabo de tres décadas se trasladó a su actual emplazamiento. Carles Torrente, ya la quinta generación en el negocio, aún guarda las actas notariales del traspaso.

Es un milagro que el establecimiento se conserve tal cual estaba en 1860, el mismo año en que se puso en marcha el Pla Cerdà para esponjar la ciudad, con el mobiliario restaurado y la característica mano, hecha de cartón piedra endurecido, que sujeta un haz de relámpagos sobre el dintel de la puerta; tal vez sea el puño de Prometeo. Cuando el edificio donde se ubica la tienda precisó una reforma integral en el año 2000, la familia Torrente quiso preservar el pavimento hidráulico original, y a tal efecto, para reemplazar los azulejos que se habían roto, los hizo fabricar idénticos en Marruecos. Azulejos o racholas. En el Raval, en Barcelona, se conserva un habla peculiar salpicada de racholas, paletas, plegar y deunidós.

Tal vez habría sido más fácil trasladar el negocio a un polígono, a una nave industrial junto a una gran esplanada donde aparcar los camiones y descargar el material con holgura, pero se percibe en los Torrente la voluntad de preservar el patrimonio, la pátina de tiempo y vida que confiere personalidad a las ciudades. ¡Cómo perder la tienda de pararrayos más antigua del mundo! Por suerte, tienen el local en propiedad. Ya bastantes locales entrañables se cargó la ley de arrendamientos.

El establecimiento ha instalado dispositivos en algunas de las azoteas más emblemáticas de la ciudad

A Carles Torrente le apasiona esta profesión suya un tanto estrafalaria. Ha dado conferencias por el mundo sobre la naturaleza del rayo y la evolución de la tecnología para contrarrestar su furia desde que Benjamin Franklin, allá por 1749, intuyó que la ira de los dioses, ese latigazo de fuego que sobrecogía a los campesinos con una estela de olor azufrado, debía de tratarse de un asunto eléctrico. Todavía hoy siguen instalándose pararrayos con punta Franklin, que atraen las descargas para conducirlas a tierra, pero los más habituales ahora son los electrónicos, que, por así decirlo, salen a buscar el rayo en las alturas.

Como instaladores, en la empresa han visto de todo: masías aisladas donde el contador de luz se ha estampado contra la pared de enfrente o iglesias con el campanario destrozado a consecuencia del chispazo eléctrico entre dos nubes. De Torrente han salido los pararrayos de algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad: el Hospital de Sant Pau, el del Sagrat Cor del Tibidabo, el de la iglesia del Pi o el de las tres chimeneas de Sant Adrià. También el del Palau de la Música, pero dejaremos para otra ocasión tan tentador símil.   

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