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Política low cost, datos y multicapitalismo

  • El debate partidista sigue anclado en postureo, titulares enlatados y caricaturas de falsas soluciones a viejos problemas.

Política low cost, datos y multicapitalismo

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Jordi Sevilla
Jordi Sevilla

Senior Advisor de Contexto Económico en LLYC. Ministro de Administraciones Públicas (2004-2007).

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Tanto la vieja, como la autoproclamada nueva política, están ancladas en eslóganes que responden a enfoques del siglo pasado que han quedado vacíos de significado, más allá de una apelación identitaria residual. Al hacerlo, reducen en exceso el espacio disponible en el mercado de la atención pública a los nuevos problemas y enfoques del siglo XXI. Con ello, ponen en cuestión su propia utilidad para los ciudadanos, lo que se traduce en mayores niveles de abstención y, sobre todo, en un número creciente de personas que dan la espalda, aburridas, al debate político, salvo que se transforme en puro espectáculo televisivo que compite por la audiencia con otros realities.

Tomemos como ejemplo el asunto de la fiscalidad, donde se insiste, sin matices, en el tópico de que la 'izquierda' sube impuestos mientras que la 'derecha' los baja. Y se hace, como tantas cosas en estos tiempos, contra toda evidencia: por ejemplo, el gobierno Rajoy aprobó la mayor subida de impuestos que tuvo lugar en España en décadas, mientras que el gobierno Zapatero, antes de la crisis de 2008, bajó impuestos y consiguió los tres únicos superávits presupuestarios de nuestra democracia.

Pero, además, se usan argumentos que ya eran falsos hace treinta años cuando se enunciaron (como que bajar impuestos hace que suba la recaudación, confundiendo casualidad, con causalidad) y se hace trilerismo con las cifras sobre las rebajas prometidas. Por ejemplo, bajar el IRPF en España no afecta a los tres millones de activos cuyos ingresos son tan bajos que no deben presentar declaración o que hacer una rebaja lineal beneficia mucho más a los cien mil contribuyentes que pagan 68.000 euros al mes (datos de 2019) que a los ocho millones cuya contribución es inferior a los mil euros al mes.

Olvida, también, realidades objetivas como que nuestra presión fiscal es muy inferior a la media europea y que la diferencia no se sitúa en los tipos, ni en los tramos, sino en los generosos beneficios fiscales que los diferentes gobiernos han ido concediendo a determinados colectivos o actividades, generando una desigualdad horizontal entre contribuyentes. 

Además, es una confrontación viejuna que olvida el papel de los impuestos como el pago por vivir en una sociedad civilizada y cohesionada que debe pagar con los mismos, gastos como la sanidad, las pensiones, la educación o las carreteras que todos prometen mejorar en otra parte de los programas electorales. Y así, arrastramos la misma monserga desde el siglo pasado.

Problemas del s.XXI

Mientras tanto, seguimos sin resolver los problemas asociados a los fenómenos del siglo XXI. Por ejemplo, la nueva pobreza derivada de un modelo caduco de globalización o los que plantea mantener cadenas mundiales de valor sin que existan los correspondientes controles sobre las mismas con el resultado, como hemos visto durante la pandemia, que puede haber problemas graves de suministro de bienes esenciales, mientras los instrumentos de la política democrática se encuentran limitados por las impotentes fronteras nacionales.

A modo de contraejemplo, la lucha contra el cambio climático plantea dificultades de aplicación, pero los objetivos aprobados por la Cumbre de París han sido adoptados de manera transversal por la mayoría de países y de fuerzas políticas, situándolo "más allá de la izquierda y la derecha" aunque, como tantas otras cosas, siga teniendo su grupito folclórico de negacionistas.

La revolución digital en marcha plantea importantes incertidumbres sobre las que escuchamos poco debate y propuestas por parte de los partidos políticos. Por citar solo cuatro: la gestión de datos, los suyos y los míos, sobre lo que se basa el desarrollo de la Inteligencia Artificial y que ofrece, como explica Paloma Llaneza en su libro 'Datanomics', serias dudas sobre la vulneración de derechos civiles tan arraigados como los derechos de propiedad y a la privacidad, hasta dar lugar a hablar de un capitalismo de la vigilancia; el conocimiento transparente de los algoritmos a los que entregamos un número creciente de decisiones que nos afectan y que están cargados de sesgos y prejuicios; el incuestionable impacto sobre el mundo del trabajo en el doble sentido de cantidad de trabajo (más de 13.000 nuevos recortes anunciados en nuestros bancos) y tipo de relación laboral (uberización) y, por último, los cambios estructurales que la digitalización está ya provocando sobre la enseñanza y sobre la sanidad.

Las bases sobre la que se fundamentaba nuestra sociedad del bienestar del siglo XX están siendo sometidas a un profundo 'meneo' digital, junto a la evidente atrofia del ascensor social y a la perdida de la cohesión social como un valor superior en una sociedad democrática. Y, sin embargo, la quiebra y reconstrucción del pacto social en una economía digital está ausente de los debates partidistas televisivos e, incluso, de los parlamentarios.

El propio concepto de empresa y el papel de las mismas en el mundo global del siglo XXI está siendo sometido a profundas revisiones, algunas muy disruptivas, hasta llegar a definir un nuevo modelo de capitalismo que algunos llaman capitalismo inclusivo, o capitalismo de stakeholders y otros llegan a hablar de capitalismo progresista, sin que el tema apenas haya interesado, hasta ahora, a los partidos políticos que optan por mirar para otro lado situado, siempre, en el pasado. 

Entre nosotros, el ex ministro popular Juan Costa acaba de publicar un interesante libro llamado 'Multicapitalismo' basado en la existencia de cuatro formas diferentes de capital, cada uno con sus respectivos grupos de interés cuyas aspiraciones deben armonizarse en una estrategia empresarial compleja: financiero, intangible, social y ecológico.

El reconocimiento de que las empresas tienen una responsabilidad que va más allá del interés de sus dueños o accionistas y que, en consecuencia, no deben buscar únicamente maximizar sus beneficios a corto plazo, sino involucrarse de manera activa y medible en la lucha contra el cambio climático o en reducir la desigualdades sociales o en ser activos en políticas de integración, obliga a revisar las relaciones entre lo público y lo privado, entre estado y empresa en el marco de un nuevo paradigma que reconoce una suma positiva que rompe con los viejos clichés sobre los que se sigue funcionando en nuestra política, basados en una supuesta y antigua relación de suma cero. 

Y, de igual forma, sitúa en un contexto diferente las relaciones entre empresas con propósito y sus trabajadores, no exento de conflicto, pero incorporando también una mayor corresponsabilidad, sobre todo, en el seguimiento de las nuevas actividades sociales de las empresas.

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La pandemia está acelerando la historia. Corremos el riesgo de ser atropellados por un futuro que viene a gran velocidad. Y mientras tanto, nuestro debate partidista sigue anclado en postureo, titulares enlatados y caricaturas de falsas soluciones a viejos problemas. Parecería que nos están ofreciendo una política low cost, que no está a la altura de los nuevos retos. No sé. Será que cada vez me hago más joven de espíritu.