Industria del mueble

Loyra, la resistencia del mueble contra las casas calcadas

  • La firma ha flexibilizado su oferta para que el cliente elija color, tamaño y acabados

Loyra, la resistencia del mueble contra las casas calcadas

Germán Caballero

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Mateo López Belarte

La de Loyra, empresa familiar valenciana de muebles de hogar, es una historia de olfato empresarial, de adaptación a un entorno cada vez más complejo y, sobre todo, de rebeldía ante el fenómeno de estandarización y abaratamiento que recorre el mundo en los últimos tiempos y que ha condenado al diseño a un segundo plano. Una tendencia que está conformando ciudades, casas, prendas de ropa y casi cualquier producto comercializable en elementos cada vez más difíciles de diferenciar. Una ‘Ikeización’ global que pone en jaque la estética contra la que Loyra está librando una exitosa batalla pese a crisis y pandemias.

La pandemia consagra la apuesta por la diferenciación que ya inició esta empresas tras la crisis de 2008. Necesitaba conservar su espacio en un mundo globalizado donde imperan el precio y la despersonalización del producto.

El proyecto nació en 1996 en Alcàsser, una zona próxima al conocido como "triángulo del mueble" y donde entonces existía un importante tejido industrial que con el tiempo se ha ido deslocalizando hacia Asia. Como relata Raúl Tarazona, actual director general de la compañía que fundó su padre, estas localidades eran entonces algo parecido a lo que fue Ibi para la industria del juguete o las también alicantinas Elda, Villena y Elx para la del calzado.

Prácticamente desde su fundación, Loyra tuvo que lidiar con el avance de la globalización, que ya entonces empezó a cobrarse víctimas de su entorno en busca de la mano de obra barata que ofrecía China. Una tendencia que terminó de explotar con el colapso financiero de 2008. "El sector iba tirando hasta entonces", reconoce Tarazona, ya que la industria venía beneficiándose de una época de crecimiento económico que le permitía asumir y enfrentar esa competencia asiática.

Sobrevivir

Pero aquel ‘crack’ financiero empezó a cambiarlo todo. "Hoy que damos un 20 % de las empresas que había antes de aquella crisis", destaca el director general. ¿Y cómo lograron sobrevivir? Tarazona no tiene ninguna duda: "Aportando valor añadido a nuestro producto". En sus inicios, esta empresa producía muebles con medidas estándar y escasa gama de colores, un modelo de negocio que fue absorbido por China y a un coste muy inferior.

Fue cuando decidieron dar un giro y flexibilizar su oferta para permitir que el cliente pudiera elegir el tamaño, el tono y los acabados de sus muebles. "Pasamos de hacer Mateo López Belarte ‘prêt-à-porter’ a fabricar trajes a medida", ilustra el directivo, quien detectó que el mercado se "polarizó" por la crisis económica, empujando a una gran parte de la población a "comprar barato", un escenario donde las grandes cadenas y el online son los reyes absolutos.

"Como esta pandemia, aquel 2008 fue un filtro que nosotros pudimos pasar pero que se llevó a muchos por delante y dio paso a un nuevo mercado dominado por Ikea y por los grandes operadores de Internet", reflexiona. Había que elegir un camino y optaron por "pasar de la rigidez a la personalización", comenzando a trabajar sobre pedido y dirigiéndose a un nuevo ‘target’, un consumidor con "mayor poder adquisitivo pero también más exigente".

Para completar ese posicionamiento ‘premium’ desarrollaron un sistema de atención al público donde la asesoría personalizada durante la compra y el servicio posventa son los pilares básicos. "Reivindicamos la cultura del diseño, con atención personalizada y pensando un poco las cosas -defiende Tarazona-, porque, aunque ya no se haga, es importante estudiar los puntos de luz, los colores y los espacios en los que queremos vivir".

La reestructuración funcionó, pero no sin sacrificios. Tuvieron que acometer ajustes de plantilla e invirtieron hasta tres millones de euros en maquinaria para reorientar el proyecto. Esa inyección de capital se fue haciendo "poco a poco" por la ajustada situación financiera hasta que en 2016 lograron estabilizarse y retornar a beneficios. La calma duró hasta que llegó la pandemia, que puso patas arriba el planeta y dejó a la empresa sin clientes durante los dos meses de cierre por decreto de todo negocio no esencial.

Tiendas

Loyra trabaja con tiendas físicas y con proyectistas, con los que conforma una red de más de 120 puntos de venta distribuidos por el mundo, con especial peso en España. "Todos cerraron de golpe y la preocupación fue máxima. Teníamos miedo de que fuera el fin del negocio o de que nos hiciera entrar en una nueva etapa de ajustes" relata.

Su fábrica de Alcàsser mantuvo la producción durante dos semanas para cumplir con los pedidos previos y posteriormente bajó la persiana hasta el mes de mayo, cuando arrancó la desescalada y los comercios fueron reabriendo. "Dentro de la catástrofe que estábamos viviendo, nos encontramos con una situación de alivio porque la demanda del mueble del hogar se recuperó rápido. Eso nos ha ayudado a soportar el año, que no ha sido bueno por el palo de aquellos dos meses", explica el director general de Loyra.

Su empresa ha logrado facturar 3 millones de euros en 2020, un importe "muy similar" al del ejercicio previo. Todo un logro que Tarazona matiza: "Nos hemos levantado, pero con más peso en la mochila porque tuvimos que acudir a los ICO para aguantar. El resultado final no es el previsto antes del covid pero tras el susto del cierre no es tan malo", admite.

El CEO entiende que la crisis sanitaria ha llevado aparejada dos situaciones que han beneficiado a Loyra. Por un lado, los confinamientos y el cerco a la movilidad nos han obligado a pasar más tiempo en casa, haciéndonos ver la necesidad de estar a gusto en el hogar. Y por otro, ese público objetivo de mayor poder adquisitivo al que se reorientó tras 2008 ha visto cómo se disparaba su capacidad de ahorro al no poder gastar en ocio y se ha lanzado a hacer reformas en sus viviendas.

De cara a futuro, Tarazona confía en que esta crisis sirva para "concienciar de la importancia que tienen los elementos con los que convives a diario y reavivar el aprecio por la casa". Un cambio que en España es más "incierto" por el clima y la cultura. "Aquí no se cuida tanto el interiorismo porque pasamos más tiempo fuera de casa, pero espero que podamos poner freno a la despersonalización a la que nos empujan gigantes como Ikea, que nos convierten en masa", explica.

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El espíritu rebelde y casi humanista de Loyra, que se resiste a la venta online para no perder el contacto humano que les diferencia de esa "masa", le lleva a asumir el objetivo de trascender los efectos de la pandemia y combatir desde dentro la cultura del "consumo exprés" y del ‘low cost’, que amenaza ya no solo a negocios familiares como el de Tarazona sino la sostenibilidad del planeta.  

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