'Proustmanía' universal

Más allá del popular mito de la magdalena, el autor de la 'En busca del tiempo perdido' continúa generando fascinación por todo el mundo en el centenario de su muerte

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Valèria Gaillard Francesch

El Tiempo. Este el tema clave de una novela, En busca del tiempo perdido, que Marcel Proust proyectó como una inmensa catedral que atraviesa los siglos, al margen de la vida contingente y efímera. La nave literaria que construyó el escritor francés gracias a un esfuerzo titánico que le costó la vida sigue avanzando viento en popa, acumulando sedimentos de lecturas constantemente renovadas y soportando excavaciones en sus fundamentos que parecen no tener fin.

“No pasa un día sin que haya una o varias manifestaciones proustianas; los homenajes, bajo forma de adaptaciones, emisiones radiofónicas, conciertos, lecturas públicas y espectáculos, se multiplican por doquier”, señala el periodista Nicolas Ragonneau, director de la revista digital Proustonomics y autor del libro El proustógrafo. Hasta cuatro museos se han movilizado este año en París para evocar la figura de Marcel Proust en una conmemoración redonda: los cien años de la muerte del autor, que acaeció exactamente el 18 de noviembre de 1922. Fue una muerte prematura —pero anunciada en vistas de su salud precaria — por culpa de una neumonía que cogió una noche, y eso que siempre iba con un grueso abrigo de piel, incluso en verano. Pero Marcel Proust pudo morir tranquilo porque había escrito la palabra “Fin” en su bosque de “paperoles”, la base laberíntica de manuscritos de su novela compuesta por siete volúmenes —En busca del tiempo perdido— que se publicaron entre los años 1913 y 1927.

El Musée Carnavalet, donde se conserva la habitación del escritor, así como una serie de objetos que evocan su universo enfermizo y encerrado, dedicó a principios de año una exposición que se sumergió en los vínculos entre Marcel Proust y París. El escritor nació en la casa de sus abuelos maternos en el entonces pueblo periférico de Auteuil —hoy un barrio más de la capital francesa— el 10 de julio de 1871, en plena revolución de la Comuna de París. Todo un éxito, la muestra recibió cien mil visitas. En la actualidad son dos importantes instituciones culturales las que evocan la figura del autor que hizo para siempre famosas las madalenas, símbolo incombustible de la memoria “involuntaria”, las reminiscencias despertadas por los sentidos. Por un lado, el Museo de Arte e Historia del Judaísmo, en el Marais, repasa en la exposición “Du côté de la mère” (hasta el 28 de agosto) el origen semítico de la madre de Proust, Jeanne Weil, y por otro, Le Petit Palais, cerca de los muy proustianos Champs Élysées, ofrece una titulada “Le plaisirs et le jours” (hasta el 24 de julio) —como el nombre del primer libro publicado por Proust— que recupera el espíritu de la Belle Époque a través de la mirada de Boldini (1842-1931). El pintor italiano retrató la flor y nata de la aristocracia y la intelectualidad fin-de-siècle, como por ejemplo el conde Robert de Montesquiou, amigo de Proust, así como la vida en las calles de París, con personajes vivos como el vendedor de periódicos o las lavanderas.

La exposición más destacada, sin embargo, es la que ofrecerá la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) Marcel Proust “La fabrique de l’oeuvre”, que se podrá ver del 11 de octubre 2022 al 22 de enero del 2023. Todas estas exposiciones se acompañan de una invasión de libros sobre Proust y su obra —se calcula que más de setenta—, a parte de los últimos inéditos publicados recientemente, Les soixante-quinze feuillets: Et autres manuscrits inédits (Gallimard, 2021). Nicolas Ragonneau advierte, sin embargo, que no hay que confundir las ventas de libros sobre Proust con la lectura de su obra. “Mi convicción, sin que pueda verificarla científicamente, es que los cuatro últimos años de conmemoración —la concesión del Goncourt en 2019, el 150 aniversario de su nacimiento en 2021 y el centenario el 2022— tendrán como consecuencia positiva un augmento de la base de los lectores.” Sobre su legado, el periodista recuerda que Proust no generó una escuela literaria, aunque se ha instituido como un eslabón indispensable de la literatura universal, al lado de Dante, Shakespeare o Cervantes. “La gran lección de Proust reside en su tenacidad y su trabajo encarnizado, necesarios para realizar una obra maestra. La literatura, como tantas otras actividades humanas, quizás sea entonces menos una cuestión de talento que de voluntad.”

Mil y un Prousts

Revisitar el cine clásico negro norteamericano a través del prisma de la también llamada Recherche; examinar la huella de Proust en la obra del Nobel griego Georges Séféris; reseguir las peripecias de la primera traducción al castellano de Pedro Salinas —la primera que se hizo del libro de Proust en todo el mundo—, o profundizar sobre la influencia del autor francés en la literatura rumana, italiana y holandesa: los primeros Encuentros Internacionales de Illiers-Combray se han centrado en analizar la recepción de Proust en el extranjero a través de 22 ponencias. En conjunto, se pone en evidencia que, tanto en Inglaterra como en Alemania, Turquía o Brasil, la obra de Proust generó en su momento una cierta perplejidad e incomprensión por su novedad estilística y estructural. Cuando se publicó el cuarto volumen, Sodoma y Gomorra, en 1922, el rechazo fue bastante generalizado por su forma directa de abordar la temática de la homosexualidad.

Una de las presentaciones más sorprendentes del coloquio fue ofrecida por el doctorando chino Yangje Zhao. Sí, en China Marcel Proust se dio a conocer tras su muerte y su nombre apareció en la prensa el 1923, en una reseña periodística en la que lo confunden con otro Marcel escritor, Marcel Prévost. Zhao traza como en seguida Proust es “coronado como un maestro de la masturbación”, un ejemplo de la peor literatura burguesa decadente. “Le critican que se pase seis páginas para describir la sonrisa de la Duquesa de Guermantes”, comenta el joven especialista. En una primera biografía colectiva sobre autores franceses realizada por Zeng Juezhi en 1933 se aborda abiertamente la homosexualidad de ciertos personajes de la novela, marcando lo que será, en palabras de Zhao, “una aproximación moralista de la Recherche”. Sin embargo, la estrategia de Proust, siempre discreto a este respecto, hará efecto porqué en ningún momento se cuestiona que el autor mismo sea homosexual. Tras treinta años de “silencio absoluto” propiciado por la puritana Revolución Cultural en China, una nueva antología en los años 80 redescubre Proust como autor innovador en el campo literario, precursor del llamado flujo de conciencia. Sin embargo, esta vez resulta “patologizado”, visto como un escritor enfermo e infantilizado. Hoy en día, en un ambiente ambiguo respecto a la homosexualidad, el interés en China por la obra de Proust continúa bien vivo y en el siglo XXI han salido dos traducciones del ciclo entero.

Quien sabe de traducciones, aunque solo sea para experimentar con ellas, es el artista conceptual Roberto Bloch, autor de À la recherche du texte pedu, y que presentó la ponencia “Proust sometido a los programas de traducción”. Bloch cogió las primeras frases de la Recherche para traducirla a una veintena de lenguas con el Google Translator para luego retraducirlas al francés. El resultado es sorprendente: “En el texto aparece algo nuevo que tiene el valor de un collage y donde el azar, como motor, juega un papel esencial”, comenta Bloch, “el resultado es una autentica poesía concreta”.

Que la obra de Proust sigue latiendo en los escritores actuales, por otro lado, lo pone en evidencia la presentación del profesor Gilles Dupuis, de Canadá, quien traza la influencia del autor francés en la escritora quebequesa de origen chino Ying Chen (“en su obra repite la estructura del tiempo perdido en miniatura”), o bien Sjef Houppermanns, de los Países Bajos, que revisa la obra del escritor Marcel Möring, quien reactualiza la teoría de la memoria involuntaria y aborda la cuestión del deseo proustiana en títulos como Le grand désir (Flammarion, 1998).

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Representando Inglaterra, la profesora Cynthia Gamble evocó las palabras del escritor norteamericano Henry James, contemporáneo de Proust, para resumir el sentir de la crítica británica de principios de siglo: “Proust me aburre y me fascina”. Si bien al principio recibió una buena crítica por su originalidad, a medida que se fueron conociendo detalles de la vida personal de Proust —trabajar de noche y dormir de día, abrigarse incluso en verano, cenar a menudo en el Ritz…— la visión se fue transformando. Leer Proust era una “prueba de esnobismo”, pero la aparición del último volumen que se publicó en vida del autor, Sodoma y Gomorra, cambió el discurso: “El crítico más importante del momento advirtió al lector que vigilaran con el personaje invertido de Charlus, ‘el tipo más repugnante que un escritor haya creado jamás’”, expuso Gamble.

Lecturas, revisiones y nuevas e imaginativas perspectivas se abren alrededor de una novela tan densa de significados como generadora de interpretaciones que alimentan cien años después de la muerte de su autor una fecunda ‘proustmanía’ universal.