Karra Elejalde (65 años) reflexiona sobre su infancia y ser un niño hiperactivo en los 60: "Si hubiera nacido hoy, me habrían medicado hasta las cejas"
El actor que nos hizo reír con 'Ocho apellidos vascos' fue, en sus propios términos, un niño terrible, hiperactivo, pesado, incapaz de estarse quieto y con la mente siempre en otro sitio.

Karra Elejalde recuerda cómo fue ser un niño hiperactivo en la década de los 60. / Gtres
Hay personas que cuando hablan de su infancia te dan una pista muy clara de por qué son exactamente como son, y Karra Elejalde, uno de los actores más versátiles y queridos del cine español, es de esas. Cuando describe al niño que fue en Vitoria a finales de los años sesenta y principios de los setenta, la imagen que surge es tan reconocible y tan vívida que casi puedes verlo: un crío que no puede estarse quieto, que se aburre en clase, que tiene la cabeza constantemente en otro lado y que termina sacando a sus padres y a sus profesores de quicio a partes iguales.
"Yo era un niño terrible, hiperactivo y muy pesado", resume él mismo en una entrevista en 'The Objective'. Y añade: "Si hubiera nacido hoy, me habrían medicado hasta las cejas. En mi época, me daban dos bofetadas y me mandaban a dar vueltas a la manzana para que me cansara".

Karra Elejalde, en la fiesta de los nominados a los Goya 2015 / Gtres
Dos bofetadas y a dar vueltas a la manzana. Así se gestionaba la hiperactividad en la España de Franco.
De Carlos a Karra
Antes de hablar del "niño terrible", hay que aclarar algo sobre el nombre. Karra Elejalde no se llama Karra, se llama Carlos. Pero desde tan pequeño que ni él mismo recuerda bien cuándo empezó, todo el mundo lo llamaba Karra, que es la adaptación al euskera de Carlos. "Karra no fue una elección. Fue una inercia de mi barrio", ha explicado el actor en más de una ocasión. "Carlos no sé ni quién es. Mi madre me llamaba Karra, mis amigos también". El nombre artístico no se inventó. Estaba ya ahí, instalado en la vida cotidiana de un barrio de Vitoria de clase obrera.
Porque Karra Elejalde viene de ahí. De una familia trabajadora en la capital alavesa, con una infancia de barrio, de calle, de sociedad gastronómica y bares donde se hablaba fuerte y se reía alto.

Karra Elejalde, en la première de 'Ocho apellidos catalanes' en Madrid. / Gtres
El estudiante que se moría de aburrimiento
En el colegio, Karra era exactamente el tipo de alumno que los profesores recuerdan años después, aunque no siempre con cariño. "Fui un pésimo estudiante. No me interesaba nada de lo que me contaban en el colegio. Yo quería pintar, quería moverme, quería hacer cosas con las manos", recuerda.
Su mente iba más rápido que las lecciones, o en una dirección completamente distinta. Mientras el profesor explicaba algo, él ya estaba dibujando en los márgenes del cuaderno, mirando por la ventana o pensando en cualquier cosa menos en lo que se suponía que debía pensar. El aburrimiento, crónico e intenso, era su estado natural en el aula.
Hoy probablemente habría recibido un diagnóstico de TDAH, habría tenido adaptaciones curriculares, apoyo pedagógico y un plan de actuación personalizado. Entonces, simplemente era "el pesado", "el que no para", "el que no atiende".

Luis Zahera y Karra Elejalde en su entrevista en 'El Hormiguero' / @elhormiguero
Pero en medio de ese caos escolar, había una válvula de escape que Karra encontró muy pronto: el dibujo y la pintura. Pasaba horas dibujando, una pasión que no solo lo calmaba sino que lo conectaba con algo que los libros de texto nunca habían conseguido: el placer de hacer algo con las manos.
Esa afición al dibujo no desapareció con los años. Karra Elejalde estudió Formación Profesional en la rama de Delineación, una formación técnica que le aportó una estructura visual que años después aplicaría, sin saberlo, al trabajo cinematográfico.

Karra Elejalde y Carmen Machi, en la presentación de 'Rumbos' en el Festival de Cine de Málaga. / Gtres
Una infancia entre guisos y sociedades gastronómicas
Pero si hay un recuerdo de la infancia que Karra Elejalde guarda con una ternura especial, ese es el de la cocina. "Mi madre cocinaba como los ángeles. Yo me crié entre fogones y por eso hoy soy un cocinillas. Para mí, la infancia huele a los guisos de mi madre y al humo de las sociedades gastronómicas de Vitoria".
Las sociedades gastronómicas vascas son uno de esos espacios que quien no ha crecido cerca de ellas no termina de entender del todo: clubs privados, en su mayoría masculinos hasta hace relativamente poco, donde los socios se reúnen a cocinar, a comer, a hablar y a reír. Un ritual social que en el País Vasco tiene un peso cultural enorme.
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