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Pablo Motos, el graciosillo metepatas

Ramón de España

Pablo Motos (Requena, Valencia, 1965) tiene un sentido del humor que no coincide con el mío, lo cual no me afectaría en absoluto –me pasa con mucha gente– si no tuviese un programa de televisión que nunca me ha hecho la más mínima gracia, 'El Hormiguero', en antena desde el 2006 y que tiene un éxito que, a día de hoy, sigo sin entender.

Confieso que no he visto ni una sola emisión entera, pues hay algo ahí que me expulsa inmediatamente: yo creo que es ese ambiente de alegría tontiloca, de optimismo absurdo, de elogio permanente de la banalidad y de la impresión que tengo de que a Pablo le da lo mismo entrevistar a Stephen Hawking que a El Koala: tú le plantas a alguien delante y él la da la conversación más chorra de la que es capaz, lo mismo le da un científico que un asesino en serie. De lo que se trata es que el encuentro resulte chispeante y entretenga a la audiencia, que quiere a Pablo con locura, como si fuera el tío más cachondo del mundo.

Puede que lo sea y que, por motivos inexplicables, saque al exterior al cenizo y al aguafiestas que hay en mí, pero su programa me produce el mismo efecto que las películas de Doris Day al protagonista de 'La conjura de los necios', Ignatius J. Reilly: si me he levantado moralmente fofo, me bastan unos minutos de 'El Hormiguero' para que me hierva la sangre y me sienta vivo en el peor sentido del término.

AGUANTAR CHORRADAS

Motos ha conseguido colar un programa infantil en horario adulto y que parezca dirigido a personas mayores

Algo debo reconocerle al señor Motos: ha conseguido colar un programa infantil en horario adulto y que parezca dirigido a las personas mayores. Y gracias a su audiencia, por allí pasan estrellas de Hollywood y cualquiera que tenga algo que vender (aunque algunos se niegan a volver, como sucedió hace poco con Charlize Theron). Pero no pasa nada. Como decía Gila en uno de sus chistes más crueles, si no sabes aguantar una broma, márchate del pueblo. Y si venías a hablar de tu libro, de tu película o de tu contribución al progreso de la humanidad y te han tirado un cubo de agua sucia por la cabeza, pues a reír y a seguir aguantando preguntas chorras.

A veces, al bueno de Pablo le sale el tiro por la culata, como le sucedió hace unos días con el reparto de la nueva serie de Netflix 'Las chicas del cable'. A una le preguntó si le gustaba el reggaeton y si se le daba bien el perreo. A otra, que cuántos pendientes la cabían en la oreja. Y así sucesivamente, hasta conseguir que las redes sociales echaran humo y le tildaran de machista. Yo creo que, más bien, nuestro hombre encaja en el prototipo del graciosillo metepatas que todos hemos soportado en el colegio, en la universidad o en la mili (cuando había mili).

Pablo Motos confunde el humor con la gansada pura y dura y, por regla general, suele salirse de rositas. Ahí tenemos a Will Smith, que ha pasado tropecientas veces por el programa y siempre está dispuesto a volver. Lo normal sería que, tras la primera encerrona, el señor Smith hubiese amenazado a su representante con arrancarle la cabeza si volvía a enviarlo a semejante despropósito audiovisual, pero igual su sentido del humor –a diferencia del mío– coincide con el de Pablo Motos.

11 AÑOS EN ANTENA

Me ponga como me ponga, 11 años en antena son muchos años y, como dice el refrán, algo tendrá el agua cuando la bendicen. Igual es mi natural elitista. O igual es que la cosa no hay por dónde cogerla y su éxito solo es una demostración más de que, como sociedad, cada día somos más tontos. O igual es cosa de mi psique perturbada, que ve memeces ofensivas donde solo hay buen rollo y alegría de vivir.

Pero el caso es que, en mis zapeos –a no ser que tenga un día a lo Ignatius J. Reilly– cambio rápidamente de canal porque, pille el programa donde lo pille, siempre me irrita: la sintonía festivo-balcánica, los experimentos seudocientíficos, las preguntas lelas a alguien que deja de interesarme en cuanto se presta a la tortura supuestamente humorística del anfitrión… Por no hablar de Trancas y Barrancas, a los que estrangularía con mis propias manos aunque solo sean unos inocentes peluchones.

Como dice el Eclesiastés, hay un tiempo para cada cosa (lo explicaban muy bien los Byrds en su canción 'Turn, turn, turn') y el auténtico humor está reñido con la severidad, pero no con la seriedad y el rigor. Lo de Pablo Motos no tiene nada que ver con el humor, sino con la gamberrada de los mozos del pueblo al arrojar a alguien al pilón y luego decirle: "Si no sabes aguantar una broma, márchate del pueblo". Que es lo que hago, metafóricamente, cuando topo con 'El Hormiguero'. 

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