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UN VERGEL QUE SE SALVÓ DE SHELDON ADELSON

El Baix Llobregat: envidia verde

Barcelona tiene en el Baix Llobregat 2.000 hectáreas de huerta que ya quisieran otras capitales europeas

Carles Cols

Un tractor, en una finca del Baix Llobregat.

Un tractor, en una finca de El Prat de Llobregat. / ÁLVARO MONGE

Hace solo cinco años, el magnate Sheldon Adelson visitaba bajo el palio político de la Generalitat y de varios alcaldes metropolitanos la huerta del Baix Llobregat. El plan era levantar sobre una de las tierras más fértiles de Catalunya, que bien roturadas proporcionan entre tres y cuatro cosechas al año, un complejo de casinos y hoteles que no iba a tener rival en Europa. Vamos, que iba a ser la envidia de ciudades como París, Londres  y Berlín. Eso decían quienes avalaban el aterrizaje del ‘sheldonato’ en Catalunya. A poco que se indague, lo que realmente echan de menos las capitales europeas no son ruletas y crupieres, sino aquello que se conoce como ‘soberanía alimentaria’, es decir, disponer de tierras de cultivo de kilómetro cero, a solo un paso del casco urbano, oro verde.

Aunque es tierra de cultivo desde la invención del arado, el Parc Agrari del Baix Llobregat, como organismo público, acaba de cumplir solo 21 años de edad. Fue constituido en 1996. La agricultura en todo aquel espacio intersicial, a caballo de hasta 14 municipios, andaba renqueante. No es que hoy su salud sea de hierro pero, paradójicamente, fue el ‘caso Eurovegas’, el temor a cercenar definitivamente aquel espacio, el que terminó por reivindicar su valor.

Agricultura y espacios naturales

El Parc Agrari abarca 3.500 hectáreas. Todas llevan ese nombre, parque agrario, pero realmente solo 2.000 hectáreas son tierras de cultivo, porque aquel es un puzle complejo. El delta del Llobregat es un gran piso compartido de infraestructuras, campos de cultivo y espacios naturales de notable valor ecológico. El equilibrio no es fácil. Los conflictos de intereses son habituales. Nadie discute la necesidad de dotar el Baix Llobregat de las infrestructuras viarias y ferroviarias necesarias. También las reservas naturales se consideran a estas alturas incuestionables. El problema, según el gerente del Parc Agraria, Raimon Roda, es que una explotación agrícola aún se considera a veces un espacio pendiente de uso, como si el cultivo fuera un uso socialmente yermo. Es un error.

El Parc Agrari no es, por dimensiones y por su potencial, la huerta valenciana. Tampoco Valencia es Barcelona, claro. El gerente Roda asegura que la producción total del Baix Llobregat podría alimentar a casi 400.000 personas. Es una cifra que se queda corta si la meta es la citada soberanía alimentaria, pero es una producción que no puede ser menospreciada, por cantidad, por supuesto, pero también, por algo intangible y valioso. Permite llevar a los mercados de las ciudades metropolitanas variedades de frutas y sobre todo verduras que no se cultivarían si su destino fuera lejano, es decir, que tuvieran que madurar durante el viaje. Hay variedades de tomates del Baix Llobregat, por ejemplo, que saben a fruta dulce, siempre y cuando se recolecten maduras de la mata. En menos de 12 horas pueden estar en una ensalada local.

El payés del Parc Agrari, no obstante, se queja. Es una actitud vital muy común en la agricultura clásica, es cierto, pero tiene motivos para no estar satisfechos, reconoce Roda. Algunos datos permiten entender parte de ese malestar.

La mayor parte de la producción de las fincas se envía a Mercabarna. Entre un 60% y un 70%, según las últimas estadísticas. Sin embargo, para cada una de esas fincas, Mercabarna representa solo un 30% de los ingresos. El salto entre producción y beneficios es acrobático. La rentabilidad sube en función de los intermediarios que se eliminan de la ecuación. Es la venta al por menor, directa al consumidor si es posible, la que más compensa, pero para los payeses del Baix Llobregat esa meta es un sobresfuerzo inasumible. No solo es una cuestión de edad (el 40% tiene más de 65 años), es también que la logística que ello requiere no puede ser individual. Ahí entra en juego, en cierto modo el consorcio de Parc Agrari, empeñado en que la agricultura local sea tratada como una industria más.

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