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ENTREVISTA

Mariano Sigman: «El bilingüismo es beneficioso para el cerebro del menor»

Juan Fernández

Es uno de los mayores expertos mundiales en neurociencia, conocedor de mecanismos del cerebro que el común de los mortales cumplimos a diario sin darnos cuenta, esperas que juegue con ventaja en un cara a cara, pero Mario Sigman tarda poco en mostrar sus debilidades. «¿Eres de EL PERIÓDICO? Mis recuerdos más antiguos son de Barcelona, donde viví de los tres a los 13 años. En ese tiempo anidó en mí un fanatismo extremo hacia el Barça que nunca he logrado controlar. Todo lo que sé del funcionamiento del cerebro se esfuma ante la visión de una jugada de Messi», dice sonriente, pero con tono serio.

El perfil

Hijo del psiquiatra, industrial farmacéutico y productor de cine Hugo Sigman (‘Relatos Salvajes’) y la bioquímica y filántropa Silvia Gold, su familia huyó del régimen militar argentino a mediados de los 70 y se instaló en Barcelona 10 años. 

De vuelta a su país, tras estudiar Física y Matemáticas, se trasladó a Nueva York y a París para formarse en neurociencia, al lado de dos premios Nobel. Hoy dirige el Laboratorio de Neurociencia Integrativa de Buenos Aires. 

Forma parte de Human Brain Project, consorcio internacional dedicado a explicar el cerebro. Está especializado en la aplicación de la neurología a la toma de decisiones y la educación. Tiene dos hijos de 4 y 6 años. 

En su libro 'La vida secreta de la mente' (Debate) presta mucha atención a la infancia. ¿En qué medida influyeron sus años barceloneses en el adulto que es hoy? Mucho, sin duda. Por seguir con el símil del Barça, le recuerdo que el equipo del que me enamoré en los años 70 no era el de ahora, tan exitoso, sino otro habituado a perder. Hoy sabemos que sufrir un poco de estrés es bueno para el desarrollo del cerebro en los menores, ya que les ejercita para gestionar las frustraciones que tendrán que afrontar en la vida. Estoy seguro de que aquellas decepciones futbolísticas forman parte de mi psique.

¿En ese sentido, y por seguir con el juego, los niños aficionados al Barça de ahora se van a hacer unos malcriados? Un culé como yo nunca les deseará que sufran lo que sufrí con aquel Barcelona, pero es cierto que aprender de pequeños que las cosas no siempre salen como deseas te ayuda a familiarizarte con la resiliencia, que es la capacidad para convertir las adversidades en oportunidades.

Fue al colegio en Barcelona entre 1976 y 1986. ¿Qué errores cometía aquella escuela y cuáles comete la de ahora? Aquella generación creció en una España post Franco cuyo modelo educativo era aún muy represivo. Todos recordamos situaciones que hoy no serían permisibles. En mi clase había una regla y su titular era el maestro, que la usaba para imponer la disciplina. Por fortuna, la regla ha desaparecido y hoy en la escuela se trabaja la afectividad, que es un condimento indispensable para el desarrollo del menor. Ahora, quizá, el peligro es habernos pasado al extremo contrario.

¿A qué se refiere? Aquella regla era una dosis exagerada de estrés, pero si no enseñamos a los menores a afrontar retos que requieren su esfuerzo, no fomentamos su desarrollo psíquico. Los modelos escolares que promueven que todo en la infancia debe ser un juego permanente, no ayudan. En esa edad deben aprender a gobernarse por sí mismos y han de interiorizar que la vida no es un presente hedónico y que para alcanzar ciertos estados placenteros, a veces hay que pasar antes por otros más incómodos.

¿Qué enseña la neurociencia sobre la educación de los menores? Mucho. Le pondré el ejemplo de la dislexia. Erróneamente, solemos aplicar esta palabra a personas que confunden la izquierda y la derecha. En la escuela, hasta ahora, se relacionaba con patrones de falta de inteligencia, vagancia e incluso traumas infantiles. Hoy sabemos que la dislexia es, simplemente, una dificultad especial para relacionar fonemas con letras, es decir, sonidos con símbolos gráficos.

¿Entonces no es un problema neuronal? El cerebro tiene regiones especializadas en determinadas funciones, pero conectadas entre sí. Los que disponen de pocas fibras comunicando la región de la visión con la de la audición están más predispuestos a padecer dislexia, pero esto no tiene nada que ver con la inteligencia ni con el resto de funciones cerebrales. Es como si en una ciudad fallaran las carreteras que comunican dos barrios, pero el resto de la urbe funciona perfectamente. Ese cableado no es estático, sino que cambia con el uso. Por eso, la dislexia se corrige desde muy chiquitos mediante simples juegos que ayudan al menor a identificar los fonemas.

A vueltas con el lenguaje, en Catalunya hay un fuerte debate sobre las bondades e inconvenientes del bilingüismo. ¿Qué tiene que decir la neurología? Algunos expertos sostienen que los niños bilingües adquieren menos palabras que los monolingües en una misma edad y que han de esforzarse más, pero si agregas los léxicos de los dos idiomas, la suma es mayor. Por otro lado, hay quien opina que el cerebro del bilingüe está mejor entrenado para la multitarea, algo muy necesario en nuestros tiempos, pero no existe consenso al respecto. Desde mi punto de vista, el bilingüismo es más beneficioso que perjudicial para el cerebro del menor. No veo ninguna razón para no estimularlo. De hecho, si tengo que elegir, prefiero que mi hijo crezca en un ambiente bilingüe.

De vez en cuando, la neurociencia hace descubrimientos que chocan con la intuición. ¿Es cierto que los bebés llegan al mundo sabiendo valores morales? Sí, y con nociones rudimentarias de matemáticas, está comprobado. De forma innata, los bebés saben distinguir lo bueno de lo malo, reconocen si algo está animado o inanimado y son capaces de distinguir acentos. Creíamos que nacemos como un libro en blanco, pero hoy sabemos que llegamos al mundo con un montón de conocimientos incorporados de fábrica. No hay que sacar lecturas esotéricas de esto. Igual que tenemos genes que configuran el cerebro, también traemos ese saber adquirido durante nuestra evolución.

También conocemos mecanismos de la memoria que hace diez años ignorábamos. Sí. Hoy sabemos que cada vez que evocamos un recuerdo, lo modificamos. Es como si abriéramos un documento de Word en el ordenador. Cuando lo cerramos, grabamos en el disco duro la nueva versión, no la original, y estas nunca son iguales. Cada vez que recordamos algo, lo reescribimos. Conociendo este mecanismo, en experimentos hemos logrado introducir recuerdos falsos en el cerebro.

¿Qué sabemos nuevo sobre los sueños? Hemos cambiado la perspectiva que teníamos sobre ellos. Pensábamos que dormir era un tiempo perdido, pero ahora sabemos que el cerebro no se apaga durante el sueño, sino que está a pleno rendimiento y en ese tiempo se dedica a editar la memoria y elegir qué cosas recordamos y cuáles no. También hemos aprendido a descifrar los sueños. Hoy sabemos que son una especie de juegos en los que nos dedicamos a simular posibles escenarios futuros mientras consolidamos el pasado. Esto explica la imagen de oráculo que tenían en la antigüedad. El sueño es vital en la formación del conocimiento.

"Los bebés llegan
al mundo con nociones
rudimentarias de
matemáticas y sabiendo distinguir lo bueno
de lo malo"

¿Cómo es posible descifrar un sueño, o un pensamiento? La neurociencia se dedica hoy a intentar comprender un lenguaje. Imagine que alguien que no habla nuestro idioma llega a esta sala y nos oye hablar. Poco a poco, observará que asignamos ciertos sonidos a ciertas realidades. Al levantar este vaso, decimos «agua»; al llegar alguien, le decimos «hola». Así, a fuerza bruta, estamos descifrando el funcionamiento del cerebro. Hoy podemos saber qué piensa y sueña una persona en estado vegetativo y podemos comunicarnos con ella. Somos capaces de descifrar, de manera aún muy rudimentaria, qué estados mentales se corresponden con ciertos patrones cerebrales.

¿Llegaremos a entender el cerebro? Es difícil responder a esa pregunta. Yo diría que no. Con el genoma era fácil: en cuanto identificamos las letras que formaban el lenguaje genético, comprendimos su funcionamiento. En el cerebro, cuanto más sabes, más te das cuenta de lo que te queda por descubrir. Si visita un congreso de neurociencia, encontrará a centenares de científicos dedicados a estudiar partes específicas del cerebro, pero ninguno sabe cómo funciona en su conjunto. A la neurociencia le falta la teoría que amalgame todo ese saber. En física, la gravitación explica por qué una hoja cae de un árbol y los planetas giran en sus órbitas. En neurología no tenemos esa teoría global, y puede que nunca la tengamos.

¿Qué nos deparan los próximos años en la investigación cerebral? Ya hemos descifrado los patrones mentales que hay tras la actividad cerebral. Si algún día entendemos el sustrato de la consciencia, nos enfrentaremos a un dilema moral y filosófico, ya que estaremos en condiciones de transcribir nuestra consciencia a un objeto o a otro cerebro. Ese día, la concepción que tenemos del ser humano cambiará radicalmente. 

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