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Gente corriente

Albert López, 'Arjuna': «Soy el canalla del yoga»

Caminó por el lado oscuro. Pero el amor, un taxi y la disciplina de mente y cuerpo le han convertido en maestro

NÚRIA NAVARRO

Albert López (Mollet del Vallès, 1979) es el David Muñoz del yoga. Tatuajes, aretes en las orejas, la mundanidad que le da ser taxista en activo, una cercanía nada mística. El magnetismo de Arjuna que así le llaman sus discípulos es producto de buenos maestros y de muchos retiros de estudio en la India. Pero también, y sobre todo, de un pasado ominoso que se hizo pedazos cuando sacó al guerrero que llevaba dentro.

Soy el canalla del yoga.

Eso merece una explicación detallada. Mi padres, inmigrantes gallegos, compraron una casa en Martorelles. Pero el precio era trabajar mucho. Mi padre echaba 18 horas en el taxi y mi madre se pasaba el día con los animales y la huerta. Mientras mi hermana mayor salió muy estudiosa, yo estaba todo el día en la calle. Y la calle tiene una parte buena y otra, no tanto.

Vayamos a esa segunda parte. A los 15 años, quizá porque buscaba aceptación, o para sentirme respetado, me metí en una banda violenta.

¿Qué tipo de banda? De skinheads. Cabeza rapada, bomber, botas con punta de hierro, una telaraña tatuada por un centurión. Hice artes marciales para aprender a pegar. Siempre estaba metido en peleas y abusos de autoridad. Me avergüenza admitirlo, pero es parte de mi historia.

Es impactante, sí.Yo había recibido buenos valores en casa. Recuerdo que trabajé un verano cortando uva para reunir las 26.500 pesetas [160 euros] que valía la mountain bike que quería. Al llegar a la caja del Alcampo y sacar el dinero, mi padre me dijo «ahora ya sabes cómo ganarlo» y la pago él. En aquella época odiosa siempre confié en que podría salir de allí.

Es evidente que salió. Pero, ¿cómo? En la mili siguieron los excesos, pero al volver me pasó como la canción de Extremoduro: «¿Dónde están mis amigos?» Me puse a trabajar en talleres, soldando, descargando camiones, en una gasolinera. Y a los 22 años, mi padre me pasó el taxi.

Que aún conduce. Ha sido mi universidad. En el asiento de atrás se sentaban ricos, gitanos, negros, musulmanes... Me deshizo los prejuicios. Y conocí a Cristina, mi exmujer y hoy amiga. La estabilidad me hizo ver que valía la pena luchar por algo.

El amor tiene poder de redención. Fuimos a la India y en Nueva Delhi, en un templo dedicado a Ganesha deidad que ahuyenta los obstáculos, tuve que salir corriendo de la ansiedad. A partir de ahí empezó a cambiar mi camino. Un día, al ir a buscar a mis sobrinos a la escuela de taekwondo, el Maestro Paco [García] soltó: «Te estaba esperando». Él me pulió la calle, me propuso meditar y, más tarde, hacer yoga.

Limpieza general. Cambio radical. Me hice vegetariano, me formé con Carlos Claramunt, Krishna, que fue presidente de la Asociación Española de Practicantes de Yoga, y llegué a Cristina Mata, otra grande, que me animó a fusionar la conciencia del yoga y la seguridad de las artes marciales.

¿Le hizo caso? Creé el virayoga vira es guerrero o héroe en sánscrito, que despierta el poder interno. Y la psicóloga y coach Esther Casermeiro, mi actual pareja, aporta su experiencia en crecimiento personal. Desde hace seis años tengo mi pequeño estudio en Martorelles e imparto clases en Equilibrium, el instituto de Cristina Mata.

¡Vaya giro ha dado! Nada ha sido en balde. Ahora sé que mi dharma es servir. A mi manera.

Sin misticismos. He colgado el pañuelo naranja y no quiero recibir el trato de maestro. Con Arjuna basta.

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