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Gente corriente

Òscar Font: «Vendí un clarinete de Woody Allen para comprar la Enigma»

Núria Navarro

Enigma es el Stradivarius de las máquinas criptográficas. La emplearon los nazis durante la segunda guerra mundial y Alan Turing descifró sus códigos acortando un par de años la carnicería. Bien, pues de las 40.000 unidades que circularon, solo existen 300 en todo el globo. Una de ellas la tiene Mick Jagger y otra, Òscar Font (Barcelona, 1969), trombonista de La Locomotora Negra y forofode los códigos y cifrados.

Manos nazis tocaron esta Enigma... Así es. En España hay 30, pero son el modelo comercial que Hitler envió a Franco. La mía es militar. Solo hay otra en el Museo Militar de Toledo.

Le costó una fortuna, claro. El pasado noviembre se vendió una en una subasta de Bonhams por 238.962 euros.

La misma suma que un Bentley. No es lo que yo he pagado, porque la mía está reconstruida. La encontró un buscador de metales alemán enterrada durante 70 años. Un ingeniero industrial de Manchester la compró a peso de chatarra, la restauró y anunció la venta en un diario de Rossendale. La fui a recoger a mediados de diciembre.

¿Emocionante la recogida? Usted dirá. Toda la vida había buscado esta máquina. Pude elegir entre cuatro. ¡Nadie ve cuatro de estas máquinas juntas! El ingeniero regaló una a Bletchley Park, donde Alan Turing logró descifrar un modelo Enigma.

Total, que no suelta cuánto pagó. Solo le diré que para comprarla tuve que vender cuatro máquinas. Una M209 original, diseñada por el criptógrafo sueco Boris Hagelin, también utilizada por los nazis. Una CX52, la típica de la guerra fría, encontrada por un camionero en la selva de Colombia y que perteneció a Pablo Escobar. Otra similar a la CX52, pero de bolsillo. Y una New Enigma Machine, fabricada por los suizos en 1945 que no llegó a entrar en la guerra.

¡Qué dolor desprenderse de ellas! También vendí un clarinete que le compré a Woody Allen.

¿A Woody Allen, dice? Hace años fui a Nueva York a comprar un clarinete sistema Albert, el que tocaban los músicos de Nueva Orleans. No me decidía entre un par y me planté en el Michael's Pub, donde tocaba Woody Allen, para consultarle. Lo abordé y me hizo pasar a un cuartito. Luego nos escribimos, toqué con él en Nueva York y, cuando vino a rodar Vicky, Cristina…, me pidió que le buscara un sitio donde tocar una vez por la semana. Conseguí que le montaran un escenario en el Hotel Casa Fuster.

Curiosa historia. ¿Y de dónde le viene la pasión criptográfica? Tendría unos 12 años cuando mi padre me regaló el libro Cómo hacer de espías, que hablaba de códigos y cifrados. De ahí, me interesé por la vertiente oculta de los mensajes que enviaban los submarinos alemanes durante la segunda guerra mundial, los de los aliados, los de la guerra fría...

Ahora carga con su Enigma y transmite su entusiasmo en las escuelas. Descubrí que un profesor de matemáticas de Cambridge, James Grime, había creado el Enigma Project, charlas y talleres con una Enigma propiedad del físico Simon Singh. Le escribí y le pedí si me permitía copiarle. Hace tres años me lancé con una charla sobre códigos secretos y cada vez hago más.

¿A los chavales les interesa el asunto? ¡Ya lo creo! Les explico que el juego del colgado es criptografía. De una forma intuitiva, hacen un análisis de frecuencia de la aparición de las letras. Ven la aplicación práctica de las matemáticas.

Sabrá usted un montón de mates, ¿no? He estudiado los algoritmos criptográficos y he leído sobre aritmética modular. Por lo demás, soy un patata. Repetí tres cursos por culpa de las matemáticas.

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