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CENTENARIO DE UNOS ACONTECIMIENTOS NOVELESCOS

Bausen, una historia de amor y muerte (1)

Cien años después, el Vall d'Aran recuerda el dramático idilio de Francisco de Doceta y Teresa de Belana

Los dos primos desafiaron a la Iglesia juntándose sin dispensa eclesial, por lo que sufrieron las represalias del clero

MAURICIO BERNAL

El pequeño cementerio que alberga la tumba de Teresa de Belana, en las afueras de Bausen.

El pequeño cementerio que alberga la tumba de Teresa de Belana, en las afueras de Bausen. / RAMON GABRIEL

La tumba más famosa del Vall d'Aran se encuentra en las afueras del pequeño pueblo de Bausen, en un lugar apacible conocido como El Coret, al final de un camino de montaña que desemboca en una planicie poblada de acacias después de hundirse bruscamente en el terreno; uno de esos lugares apartados no tanto por la distancia como por los caprichos de la naturaleza. No es un mal lugar para yacer: el collado se alza sobra la ladera del monte y desde allí domina hacia el norte el valle de Torán, majestuoso y tranquilo, como casi todo en este confín de los Pirineos. La tumba, sencilla, florida, cavada al pie de una vieja acacia, está rodeada por un muro de piedra de casi dos metros de alto, y protegida por una puerta cancela que permanece cerrada salvo cuando acuden los familiares a visitarla. Se trata de un cementerio pagano, construido para albergar una sola tumba. No hay otro más pequeño en España, y sobre todo, con un relato más romántico detrás.

En ese tiempo y lugar las uniones entre parientes eran frecuentes: en el valle no había movilidad, ni forasteros, y las genealogías no tenían apenas ramas

La historia más aceptada, la que se ha abierto paso a través de los años, cuenta que a principios del siglo pasado dos vecinos acudieron al párroco del pueblo para que los casara. Él se llamaba Francisco y pertenecía a la casa Doceta, ella Teresa y pertenecía a la casa Belana. “En aquella época –explica Ricard Novell, guía cultural del Vall d'Aran– en los pueblos de montaña el apellido no importaba, importaba el nombre de la casa. Fueras Martínez o Fernández, tu obligación era mantener el patrimonio de la familia, y por eso la gente te conocía por el nombre de tu casa”. Entre Francisco y Teresa había lazos de parentesco –primos eran seguro, algunos dicen que primos hermanos–, lo que en ese tiempo y lugar llamaba escasamente la atención: en el valle no había movilidad, los forasteros no abundaban y las genealogías no tenían apenas ramas. “Se daba mucho el caso de familias emparentadas entre sí –dice el sacerdote de Vielha Josep Amiell–, y en esa época te podías encontrar fácilmente en la situación de estar enamorado de una prima tuya”. Las dispensas de la Iglesia eran moneda corriente, y en su despacho de la casa parroquial, para probarlo, el sacerdote Amiell enseña varios permisos recuperados del archivo. “Era muy normal, muy normal…”, repite.

Incesto es la unión entre hermanos, padres e hijos y abuelos y nietos

Ya en la antigüedad existían normas para evitar las uniones entre parientes de sangre directos: padres e hijos, hermanos, abuelos y nietos. Actualmente, el Código de Derecho Canónico establece que no hay dispensa para las uniones en las que hay consanguinidad en línea recta, es decir, entre padres e hijos o abuelos y nietos, ni «en segundo grado de línea colateral», o sea, entre hermanos. Tales matrimonios, de producirse, son considerados nulos y no pueden convalidarse ni dispensarse, ya que la prohibición del incesto no ha perdido vigencia. El matrimonio entre primos sí puede ser dispensado.

Francisco y Teresa, sin embargo, se negaron a pasar por el filtro de la dispensa. La versión más conocida dice que porque costaba un dinero que no podían pagar, pero en el valle barajan otras teorías. “Los tiempos eran duros y se daba mucho que la gente se iba a Francia a trabajar en invierno, y en primavera volvían con dinero en los bolsillos –dice Novell–. Así que es posible que Francisco tuviera para pagar la dispensa, pero no estuviera dispuesto a gastar en ella lo que había ganado con su trabajo”. El párroco Amiell va más lejos: “Él había vivido en Francia y probablemente tenía una mentalidad distinta”, y en las dispensas de la época señala la tarifa que se cobraba entonces: 12 pesetas. “Eso era el jornal de dos días, no era mucho”, explica.

AMOR VERDADERO

Como sea, los primos prescindieron de la bendición de la Iglesia y se juntaron bajo el mismo techo, lo que entonces significaba poco menos que pactar con el diablo. “El amor de la pareja debía de ser de los que se dicen verdaderos, porque decidieron vivir juntos, ignorando a la poderosa Santa Madre Iglesia, desafiando los infiernos del pecado y las amenazas y condenas que no paraba de lanzarles el capellán”, escribe Rafael López-Monné en su guía A peu per les carenes atlàntiques de l’Aran. El sacerdote, el necesario antagonista, el que realza con sus acciones la fatalidad de los enamorados, se llamaba Joaquín Tellosa y estuvo a cargo de la iglesia de Bausen durante 47 años, entre 1878 y 1925. “Aquel mossèn era bellísima persona –dice Amiell–, y por lo que se sabe dejó una impronta muy fuerte de vida cristiana en el pueblo”.

Francisco y Teresa Tuvieron dos hijos. Probaron las mieles de la felicidad, dice la historia, pero de forma breve. Un día, ella enfermó de neumonía, y al poco tiempo falleció. Ocurrió el 10 de mayo de 1916, hace prácticamente un siglo. Su muerte cerraba un capítulo de la historia, pero abría otro. Pues el párroco se negó a enterrar a Teresa en el cementerio del pueblo.

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