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Las opiniones

Ritos salvajes sin civilizar

XAVIER MARTÍNEZ CELORRIO
PROFESOR DE SOCIOLOGÍA. UNIVERSITAT DE BARCELONA

Les recomiendo que vean videos del Toro de la Vega en Youtube filmados por aficionados. Sueltan el toro en una calle del casco urbano de Tordesillas, los mozos lo conducen a las afueras y al llegar al puente sobre el Duero, una muchedumbre lo acompaña hacia el campo abierto. No se ven ni pastores ni miembros del jurado identificados como tales.

Tras un buen rato en que la muchedumbre juega y recorta el toro, aparecen hombres con lanzas a pie y a caballo y empieza el torneo. Solo desde este año es obligatorio que los lanceros se inscriban antes aunque no hay forma de verificar el gentío y la algarabía que se monta.

El torneo se rige por un reglamento del ayuntamiento cuyo artículo 41 dice textualmente que «ningún lancero sea de a pie o de a caballo deberá arrojar la lanza al toro con la intención de herirle con el fin de mermar sus facultades». La cuestión es que el torneo consiste en todo lo contrario. Los hombres, todos aficionados, van clavando sus lanzas donde pueden hasta darle muerte. Solo en 1993 y 1995 el toro fue indultado (suponemos que moribundo) por haber superado la zona delimitada.

Está reconocido desde 1980 como «fiesta de interés turístico de España» y traslada al exterior una imagen medieval de brutalidad y maltrato animal. Unos breves minutos en los telediarios del extranjero son suficientes para rematar el poco prestigio de la marca España. Cabe decir que esta fiesta fue prohibida entre 1966-1970 pero fue de nuevo permitida tras la presión a favor de Gregorio Marañón y otros prebostes franquistas.

Sus defensores apelan al valor de la tradición y de la tauromaquia popular bien retratada por Goya como si fuera una fiesta cultural inmemorial digna de continuar.

Si algo nos enseña la antropología es que multitud de ritos y tradiciones se han ido perdiendo por abandono o aculturación. En un contexto histórico de sociedades agrarias y feudales encontramos festejos con animales que hoy son salvajadas pero no entonces. Lanzar una cabra o un burro desde el campanario o acribillar con dardos a un toro podían servir de divertimento en el pasado pero también ponía de relieve la brutalidad y la violencia inscrita en las relaciones sociales. Ambas quedaban sublimadas en el maltrato animal como una válvula de escape moralmente consentida.

El movimiento de defensa de los animales nos dice que cada año se sacrifican en España unos 60.000 toros, dando una idea de la cantidad de festejos populares que existen. Gracias a la presión del movimiento animalista algunas tradiciones como el Toro de Coria continúan pero modificadas al prohibir lanzarle dardos. Un rito salvaje que se ha civilizado.

Los defensores acérrimos de la tradición pretenden que la historia quede congelada en su burbuja de nostalgia manteniendo la estricta jerarquía social y de poder como algo natural e inmutable. En el Toro de la Vega esta se refleja en la diferencia entre los caballistas y el peonaje que va a pie. Solo les falta reclamar también el derecho de pernada para tener un orden feudal más completo y auténtico.

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