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GEMMA BOTIFOLL - MADRE DE UNA NIÑA (SABADELL)

«Aborté por amor a mi hijo y nunca me he arrepentido»

ÀNGELS GALLARDO
BARCELONA

La terrible historia de Gemma Botifoll, de 32 años, ocurrió en el 2008, pero accede a rememorarla ahora con la intención expresa de disuadir al ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, de su intención de dejar a otras mujeres en las circunstancias por las que ella pasó, sin amparo legal ni sanitario, y sola ante la decisión de traer, o no, al mundo a un ser sin la parte central del cerebro, ciego, incomunicado, inmóvil y deforme, hasta morir así al cabo de uno o dos años. Ese era su pronóstico de vida. «¿Sabe a dónde nos lleva señor Gallardón? ¿Sabe a qué locura nos quiere conducir?», pregunta la mujer, en su domicilio de Sabadell .

Gemma quedó embarazada por primera vez a los 28 años. Queriendo controlar perfectamente el proceso, recurrió a dos ginecólogos simultáneos: uno de la sanidad pública -en el Hospital Parc Taulí, de Sabadell- y otro privado, al que accedía por un seguro médico.

Así, le hicieron las tres ecografías trimestrales previstas en el protocolo oficial del embarazo, más otras tantas que solicitó a la mutua. Cada mes veía la evolución de su futuro niño. Encantada. «Siempre me encontraba bien y me decían que iba a tener un hijo guapo y muy sano». Y así fue hasta la semana 34 de la gestación, octavo mes del embarazo, cuando se le hizo la última ecografía en la consulta privada. «Vístete, que tenemos que hablar», le dijo el ginecólogo. «¿Estará muerto el niño?», pensó ella, asustada. No. No estaba muerto. «Tu hijo viene muy enfermo, y yo no puedo hacer nada», le dijo el médico. «Vete al Parc Taulí», le sugirió. «Cuando todo iba bien, el médico era delicadísimo. Cuando todo se torció, se me quitó de encima rápidamente".

En el hospital de Sabadell le confirmaron que algo se había cruzado en su embarazo, tan avanzado ya. Posiblemente, un virus, le dijeron. El diagnóstico que adjudicaron al feto fue terrible: «Sufre agenesia de cuerpo calloso y una ventriculomegalia de 23 milímetros», recuerda ella, como si fuera ayer. El cerebro del feto, que tenía las meninges inflamadas, había desarrollado una hidrocefalea que le agrandaba la cabeza. Posiblemente, ya estaba ciego, le dijeron. Le faltaban las fibras cerebrales que enlazan el hemisferio derecho con el izquierdo. «Mi hijo no tenía el puente entre hemisferios». Todas las funciones cognitivas estaban suprimidas. No podría caminar. Nunca se movería. «Era un vegetal. Y aún no sabían hasta qué punto estaba enfermo». Eso solo supieron con la autopsia.

La ley española que en el 2008 despenalizaba la interrupción del embarazo -cambiada en el 2010- no permitía abortar después de las 22 semanas de gestación. La actual sí lo autoriza si existe una malformación fetal grave. «Aquí no podemos hacer nada -le dijeron los médicos del Parc Taulí-. Espera al parto y tendrás dos opciones: o lo das en adopción o te lo quedas. No vivirá más de un año». Ella pensó que tenía otras opciones: «Abortar o tirarme a la vía del tren».

Viaje en coche

Recordó a una pareja, que había visto por la tele, que estaba en una circunstancia similar a la suya. El reportaje contaba que habían ido a Francia a interrumpir el embarazo. Se informó y comprobó que, en efecto, tanto la ley francesa como la británica permiten interrumpir la gestación de un feto con malformaciones graves en cualquier momento del embarazo. Gestionó una tarjeta sanitaria europea y buscó un hospital en Francia. «Un amigo que vive allí me dijo que en el Maternal de Rennes estaría bien». Y allí fue.

En el hospital de Rennes le confirmaron el diagnóstico y constituyeron un comité «de 14 médicos» que examinó el caso. «No había nada que hacer; mi hijo no tendría futuro ni la más mínima calidad de vida. Sufriría y moriría», le dijeron. «Iban a respetar mi decisión, fuera cual fuera. Dijeron que estaban allí para ayudar sin juzgar», recuerda, agradecida. «Uno de aquellos médicos se sentó a mi lado y me dijo: 'Si el niño nace, le das la muerte. Si abortas, le das la vida'. Nunca lo olvidaré». Intentó ser realista. «El sufrimiento que le esperaba a mi hijo si nacía no se lo deseo ni a las ratas. No podía tolerar que pasara su vida entre convulsiones. Lo decidí por él. Hice lo que debía. Aborté por amor a mi hijo, y nunca me he arrepentido», dice, convencida.

Un lunes de abril del 2008, entró en un quirófano francés. Una inyección a través de la placenta detuvo la vida del feto. Le indujeron un parto normal, con los dolores y la dilatación habituales. «El niño nació, pero desgraciadamente ya no tenía vida», describe su madre, con delicadeza. «Lo abracé, lo sentí, lo besé y le puse un nombre: Joel. Fue durísimo».

Cedió el cuerpo al hospital, para que investigaran aquel cerebro. Después, el centro se ocupó de la incineración del cuerpecito. «Allí, me respetaron como no lo habían hecho aquí. Siempre tengo presente a mi Joel», concluye. Todo sucedió aquel mes de abril. Ahora tiene una hija, de 14 meses, que se llama Abril.

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