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Tribuna

Por qué voy a la manifestación

Josep Maria Vallès

La política está hecha de emociones y de proyectos. Las emociones pueden ser más o menos intensas. Los proyectos, más o menos elaborados. Pero no hay política viable sin combinar sentimientos y propuestas. Los acampados del 15-M son, por eso mismo, un fenómeno político. Han agrupado emociones: pasión, convicción, indignación, simpatía. Y han avanzado proyectos: muy genéricos o demasiado específicos, universales o locales. A pesar de su mezcla de estilos y de conductas, mi evaluación de conjunto es positiva. Porque entre la diversidad de sentimientos aparece la reclamación de más justicia social. Y porque entre la multitud de los proyectos, hay algunos que creo dignos de ser abordados.

Por eso mismo, discrepo de quienes tratan el fenómeno con indiferencia, con recelo o con decidida hostilidad. Una posición a la defensiva es negarse a encarar problemas de fondo de nuestras sociedades. La acción condenable de unos cuantos violentos no justifica descalificar el fenómeno en su conjunto. Si el movimiento se extinguiera -por cansancio o por manipulación interesada-, los problemas que expresa seguirían presentes y reclamando tratamiento.

¿Cuáles son los problemas? Se acumulan en tres niveles. El primero se sitúa en la capa más visible: la tendencia a convertir la política institucional en espectáculo, a menudo en una auténtica pantomima. En un juego de buenos y malos, resultado de la complicidad entre una parte importante de los profesionales de la política y de los medios de comunicación. Es un juego que ha hecho perder credibilidad a los actores que lo protagonizan: lo dicen las encuestas más solventes.

El segundo nivel es la capacidad disminuida de las instituciones democráticas actuales para procesar y regular los problemas colectivos. Tenemos -aquí y en el resto de Europa- un sistema institucional (parlamento, justicia, administraciones, partidos, sindicados) nacido en el contexto social y cultural del siglo XIX. Un contexto que no es el del siglo XXI: el parlamento o los partidos de la era del telégrafo no pueden responder como es debido a los problemas de la era de internet.

Y, finalmente, el tercer nivel -el más profundo- es la crisis de un modelo socioeconómico agotado. El que combinaba liberalismo económico con una democracia de ambiciones igualitarias. Ha sido el modelo vigente en Europa occidental entre 1950 y 1980, aproximadamente. Pero ya nos han dicho voces autorizadas que la superación de la crisis no significará recuperar la situación de los 30 años gloriosos que no volverán. En España, este periodo ha durado menos de dos décadas. Hoy tenemos suficientes indicios para afirmar que el capitalismo financiero globalizado en sus mercados es incompatible con el grado de democracia política y de bienestar social que habían tolerado hasta ahora. Esto obliga a optar: menos democracia para asegurar la continuidad de este modelo económico o corregir el modelo económico para preservar el máximo de democracia y de justicia social.

El 15-M y las acampadas no resolverán todos los problemas en los tres niveles apuntados. Pero -de manera abigarrada y desordenada- han expresado no solo una profunda inquietud, sino la voluntad de encontrar alguna salida. El reto es ahora garantizar la continuidad de la dinámica puesta en marcha. Con métodos más efectivos, con alianzas más amplias, con una combinación inteligente de objetivos a corto y a largo plazo. También con una autocrítica de los propios comportamientos personales y generacionales. Hace falta, pues, evitar que el fenómeno se extinga dejando un rastro de más frustración. La cita internacional de hoy no será una unánime e improbable apoteosis final. Pero sí puede ser una muestra más de lo que es hacer política en el sentido total del concepto: participar de una emoción legítima -una protesta no resignada- y reforzar una actitud -la voluntad de contribuir a encontrar respuestas viables a los problemas pendientes-.

Por todo esto, participaré en la manifestación de hoy.

Temas: Indignados

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