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CORTOMETRAJE DE ANIMACIÓN

Un cómic mordaz sobre la crisis arrasa en internet

POR OLGA MERINO

Está en todas las bocas. En las salas de espera, en las barras de los bares, en cualquier sobremesa: la maldita crisis de la que no levantamos cabeza. Pues bien, puede que ningún sesudo artículo de fondo en la prensa haya explicado el descalabro económico con más claridad que el cortometraje de animación Españistán, de la burbuja inmobiliaria a la crisis, realizado por Aleix Saló (Ripollet, 1983). El dibujante catalán colgó el vídeo en internet el 25 de mayo, y en poco más de 15 días casi tres millones de personas ya han visto el corto, que aún se difunde en las redes sociales con la rapidez de la pólvora.

Unos monigotes de factura sencilla explican con destreza los porqués del pinchazo inmobiliario en los siete minutos escasos del vídeo, que arranca con una España encamada y resacosa, incapaz de recordar la fiesta en la que se coló. El tono sarcástico ya se intuye desde el título: el sufijo istán (tierra, en persa) alude a remotas repúblicas en Asia Central, cuyos regímenes se asocian de inmediato con pobreza a ras de suelo y corrupción en las alturas.

Lenguaje de la calle

La cinta del viñetista Saló emplea metáforas chispeantes y un lenguaje muy de la calle, de al pan, pan y al vino, vino. Todo el mundo entiende, por ejemplo, que durante el boom del ladrillo los curritos fueran «felices en el país de la gominola». La acertada voz en off del clip -la puso el mismísimo dibujante para ahorrar costes de producción- desgrana la cronología del desastre enlazando frases certeras como puñetazos:  «Mientras el referente de los empresarios norteamericanos era Google, aquí todos querían imitar a Paco el Pocero».

De forma parecida se resume el frenesí crediticio de los últimos años, cuando la mayoría de españoles cobraba un SDM (o sea, un Sueldo De Mierda) con el que paradójicamente se podía vivir DPM (De Puta Madre, con perdón).

Aleix Saló (abajo, en la foto, sosteniendo un dibujo que representa a la España resacosa y tumefacta) se ha gastado los ahorros de dos años -todo lo que puede meter en la hucha un mileurista- en la confección de la cinta, una especie de Inside Job, el documental sobre la crisis financiera de Estados Unidos, salvando las distancias y en dibujitos. Aun así, el éxito lo tiene tan desbordado que ha restado varios kilos a su delgadez en las últimas semanas, quizá porque es consciente de que se ha jugado el todo por el todo. En realidad, consideraba el vídeo su última baza y ha apostado fuerte por él con la única finalidad de promocionar un cómic que la editorial Glénat sacó al mercado hace un mes, Españistán, este país se va a la mierda.El libro disecciona la coyuntura a través de las peripecias de Fredo, un veinteañero en paro e hipotecado hasta las cejas que recorre la geografía desconcertada en compañía de su amigo Samu y del mago Gandolfo, un jubilado que sobrevive con una pensión ridícula. Viene a ser un remedo de El Señor de los Anillos, la fantasía épica de Tolkien, en clave humorístico-peninsular.

«El cortometraje de animación -explica Saló- ha sido un puñetazo sobre la mesa. La cruda realidad te dice que puedes hacer el mejor cómic del mundo, pero sin difusión no eres nadie». El joven dibujante confiesa en su blog que se pasó una tarde entera llorando de rabia al constatar que, tras un año de esfuerzo titánico y de devorar los suplementos económicos de los diarios para documentarse, el cómic no estaba en las tiendas, y cuando llegaba lo hacía en cantidades irrisorias y que encima tardaban una eternidad en reponerse. El vídeo e internet pusieron la magia.

Aunque aparenta mucha seguridad en sí mismo pese a su juventud, Saló dice pertenecer a esa clase de tímidos que se tiran a la piscina sin pensarlo. «No me considero un genio con un talento innato que lo predestina a triunfar», dice. «Yo soy quizá más mediocre, pero si de algo presumo es de insistencia; el no es la gasolina que me hace funcionar». Abandonó los estudios de arquitectura porque entendió pronto que en esa disciplina le costaría destacar; no tanto en el campo del dibujo, sobre todo desde su concepto de explicar lo complejo con sencillez. Mariscal, Perich, Keith Haring y Milton Glaser, creador del logo I love NY, son sus referentes.

Pasarlas canutas

Lleva 10 años trabajando como caricaturista en prensa y publicidad, y dice haberlas pasado canutas culminando proyectos mal pagados y ganándose un sobresueldo como camarero; sirvió copas en el foyer del Liceu. Saló, que vive en un piso de alquiler compartido con otras tres personas de su edad, tuvo que pedir dinero prestado a sus padres. «Los clientes me debían casi 5.000 euros en facturas impagadas».La galaxia impredecible de internet le ha sonreído a este creador cargado de proyectos y ambición. Le han llegado ofertas de trabajo, propuestas creativas y halagos, que él considera inmerecidos, como el de ser «el dibujante de la revolución», en referencia a las acampadas de los indignados. También algún palo, cómo no: en un comentario pescado al azar en la red, un espontáneo se desmelena y califica el corto de «No-Do bolchevique».

Los entendidos que han visto el cortometraje de animación le alaban la capacidad de síntesis de una materia tan farragosa y llena de matices. El economista Santiago Niño Becerra, catedrático de la Universitat Ramon Llull de Barcelona y autor del ensayo El crash del 2010 (Los Libros del Lince), aplaude la simpleza de una idea muy buena. «En ningún otro sitio he visto dicho que o España crecía así -es decir, mediante el boom de la construcción- o bien no crecía». Por poner un pero, agrega, quizá le faltaría explicar que en los últimos 75 años todos los picos de crecimiento en este país han estado vinculados al tocho.

El abogado y experto inmobiliario José Luis Ruiz Bartolomé, autor de Adiós, ladrillo, adiós (editorial Libros Libres), subraya el valor de las ideas fuerza que contiene el vídeo, como el hecho de que nadie se preocupase de invertir aprovechando el impulso de la época de bonanza económica. En todo caso, Ruiz Bartolomé reprocha a Saló que hace excesivo hincapié en el papel que desempeñó la ley del suelo en la crisis, así como cierta benevolencia con el Gobierno de Zapatero, que reaccionó al principio con «negación e inacción» y posteriormente con más deuda, que destinó «a proyectos tan improductivos como arreglar aceras».

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