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El impacto de la ficción

Las películas sobre delincuencia juvenil no solo reflejaron la realidad marginal, sino que la mitificaron

Muchas estaban protagonizadas por chicos problemáticos

R. V.
BARCELONA

Aunque murió tiroteado a los 16 años, en 1979, José Joaquín Sánchez Frutos, el Jaro, tuvo tiempo de convertirse en una celebridad. Su compinche Guillermo Segura Martín, el Guille, explicó en una entrevista que empezaron a pegar tirones, los porros de la delincuencia juvenil, después de ver Perros callejeros (1977), película inspirada en las correrías de Juan José Moreno Cuenca, el Vaquilla. El Jaro también tendría su biografía cinematográfica trucada, Navajeros (1981), si bien a título póstumo.

Dice el psicólogo Jaume Funes: "En Cornellà estaba el cine San Ildefonso. Era enorme. 1.500 butacas o así. Ver allí Perros callejeros fue inolvidable. El verdadero espectáculo eran las reacciones del público. Su identificación con los chicos de la película era absoluta".

El actor y modelo Bernard Seray interpretó al Vaquilla en Perros callejeros 2 (1979) y Los últimos golpes del Torete (1980). "Más de una vez tuve problemas en aeropuertos porque la Guardia Civil pensaba que era el Vaquilla --cuenta--. Para evitarme ese circo, en una ocasión cogí un bus nocturno de Madrid a Barcelona. Pusieron Los últimos golpes del Torete y se armó tal revuelo que tuve que apearme en Medinaceli".

Nace un subgénero

Por si todavía no ha quedado claro: tanto nutrió la calle al cine como al revés. La exposición Quinquis de los 80, comisariada por Amanda y Mery Cuesta, ningún parentesco entre ambas, también analiza la retroalimentación entre realidad y ficción.

Si bien tenía antecedentes como Los golfos (1961), de Carlos Saura, y Juventud a la intemperie (1961), de Ignacio F. Iquino, el título fundacional del subgénero quinqui fue la primera entrega de la saga Perros callejeros, del director José Antonio de la Loma. A pesar del disfraz de cine social, la película es puro exploitation, esto es aprovechamiento sensacionalista de un fenómeno de actualidad. Dos, en este caso, porque además de la dellincuencia juvenil el filme también exprime el sexo. Eran los tiempos del destape. Doble ración de morbo. La serie de De la Loma tocó fondo con Perras callejeras (1985).

De la gran (y sospechosa) categoría de las películas basadas en hechos reales, Perros callejeros presentó en sociedad a Ángel Fernández Franco, un muchacho de la Mina apodado el Trompeta a quien el pillo De la Loma puso el alias artístico el Torete para vincularlo con el Vaquilla. El Torete fue para el resto de sus días.

Seray recuerda que durante el rodaje de Los últimos golpes del Torete su nómina y la del protagonista se intercambiaron por error. "Cogió un berrinche al ver que cobraba mucho menos que yo", dice.

Una persona cercana a Fernández Franco asegura que el personaje fue "la ruina" de la persona. "El Torete hizo de Ángel un héroe, pero también le ganó muchas envidias en el barrio y el acoso de la policía. Iban a por él porque les dejaba en ridículo. Se lo cargaban todo. Jugaba a fútbol con el Mediterráneo. Durante un partido fueron a buscarle y se lo llevaron esposado".

El comisario Juan Martínez niega que hubiera inquina policial hacia los quinquis en general y las quinqui stars en particular. "Nosotros éramos policías y ellos, atracadores. Nada más", espeta. No obstante reconoce: "Con los coches nos chuleaban de mala manera. No podíamos con ellos. Su favorito era el Seat 1430, al que llamaban la Loca".

Autenticidad

El Jaro fue en Madrid lo que el Vaquilla en Barcelona. Eloy de la Iglesia, a quien hay que agradecer que en sus películas se dejara de cuentos bienintencionados para ir con truculencia al grano, también recurrió a un chico marginal para interpretar al Jaro en Navajeros. José Luis Manzano, así se llamaba, se convirtió en el actor fetiche del director vasco. Tampoco Carlos Saura pudo resistirse a dar un toque de autenticidad a Deprisa, deprisa (1981) empleando a chavales problemáticos de intérpretes.

La realidad, su amplificación mediática y su versión cinematográfica generaron alarma social. "En poco tiempo se pasó de gritar en la calle ¡menos policías y más educadores! a reclamar ¡más policías y menos tonterías!", recuerda Funes.

Desde el frente rumbero, grupos como los Chichos, los Chunguitos y los Calis (con su espeluznante éxito Heroína) completaron la transformación de un fenómeno social en un fenómeno pop.

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