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El epílogo

La villa de La Sagrera

Albert Sáez

Como escribió ayer Ramon Comorera, el pasado se cruza una vez más con el futuro en el subsuelo de Barcelona. El descubrimiento de una villa romana de al menos 4.000 metros cuadrados junto a la nueva estación del AVE provoca sorpresa entre los profanos y pasión entre los especialistas. Nuestra memoria popular sitúa la Barcelona romana en el perímetro de la antigua muralla de la capital. Sabemos que entre la Ciutadella, la Rambla, la plaza de Catalunya y el mar, esa isla donde ahora transitan afortunadamente millones de turistas, se amontona la historia de la ciudad. Guardamos nuestra historia en el subsuelo, en gran parte olvidada y menospreciada, pero con algunos islotes que ponen en valor los tesoros que esconde.

Reinterpretar la historia

Pero esta villa reinterpreta otra historia de Barcelona, porque sobre ella no se construyó la ciudad medieval, sino que fue ocupada por campos de cultivo que luego derivaron en arrabales entre La Sagrera y la antigua villa de Sant Andreu para convertirse a finales del siglo XIX en uno de los polos industriales más importantes de la ciudad que quiso ser la Manchester del sur. Ahora, el proyecto es otro. Barcelona sigue siendo un importante enclave del Mediterráneo como cuando algún magnate de la época romana se construyó una residencia de veraneo en La Sagrera, pero el empeño es hacer surcar por ese territorio un tren de alta velocidad que consolide y mejore la conexión de la nueva industria del conocimiento con las redes europeas y, sobre todo, que refuerce el atractivo turístico de la ciudad, que, como se ha demostrado, es hoy por hoy el sector económico más vigoroso que tenemos.

Modificada la memoria popular, ahora el protagonismo corresponde a los arqueólogos. Principalmente para fijar el valor del hallazgo tanto en términos de la conservación de los restos como de su singularidad y de su importancia en la reconstrucción de la historia de la ciudad. Un trabajo que requiere tiempo y que no debe estar marcado por la urgencia de unas obras y de un tren que acumulan décadas de retraso, porque en este asunto la medida del tiempo son los siglos.

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