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LA IMPORTANCIA DE LA MOVILIZACIÓN

Aquí se juegan las elecciones del 21-D

En las ciudades más pobladas hay un margen para aumentar la participación que será clave en los comicios

Rafa Julve

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Nunca unas elecciones al Parlament de Catalunya habían concitado tanta participación como las del 27 de septiembre del 2015, que congregaron al 74,95% de los electores (una vez contabilizado el voto exterior, pues la noche electoral el porcentaje provisional fue del 77%). Esa cifra solo la han superado cinco comicios al Congreso que en su día fueron calificados de históricos: los constituyentes de 1977 tras la dictadura franquista (79,54%), los de 1982 en los que arrolló el PSOE con guarismos de récord (80,83%), los de 1993 con la última victoria de Felipe González, los de 1996 con la primera victoria de José María Aznar y los del 2004 tras los atentados del 11-M en que los socialistas desbancaron al PP (75,96%).

Vistos los precedentes, no será fácil batir el 21 de diciembre los números de las últimas autonómicas, aunque la movilización se presume más clave que nunca teniendo en cuenta que el 27-S la diferencia en votos entre el bloque independentista y el contrario a la ruptura fue de 98.590 a favor de los segundos.

Es en los núcleos urbanos donde los contendientes tendrán más margen de maniobra. Hace dos años la participación en algunas zonas rurales rebasó con creces la media de Catalunya con ostensible ventaja a favor de los secesionistas, cuya tarea en esos puntos será mantener activados a todos sus electores, lo que no parece difícil tras el 1-O y con más de medio exGovern en la cárcel y el resto en Bruselas. En cambio, aunque también dejaron el listón muy alto en el 2015 y sin entrar aquí en potenciales cambios de voto, la principal bolsa de abstencionistas a los que seducir se encuentra en los municipios más poblados, especialmente en algunos puntos del área metropolitana de Barcelona y también en otros de las provincias de Lleida y Tarragona. En estas dos últimas circunscripciones la participación fue inferior al global catalán, del 73,63% en la primera y del 74,19% en la segunda.

El ‘top 50’

Casi dos tercios (820.118) de los 1.380.657 ciudadanos que no fueron a votar en las anteriores autonómicas residían en alguna de los 50 ciudades más habitadas de Catalunya. Y en 16 de esas localidades la participación se situó por debajo del 74,95% autonómico. L'Hospitalet de Llobregat (72,42%), Lleida (73,71%) y Santa Coloma de Gramenet (73,07%) por ser los municipios más populosos y Sant Adrià de Besòs (68,95%), Figueres (69,98%) y Salou (70,05%) por registrar la abstención más elevada entre esa quincena de localidades son los más relevantes de la lista: en ellas sigue habiendo un granero de votos sin exprimir --o que no se ha exprimido como en otros lares-- y en las seis la pugna estuvo el 27-S más apretada que en otros sitios: Ciutadans ganó en tres, JxSí en dos y el PSC en una.

A favor de que en estos y en el conjunto de municipios catalanes haya más papeletas en las urnas podría jugar el incremento del censo electoral. En esta ocasión serán 5.553.983 los ciudadanos llamados a votar, entre los que hay que incluir a las 136.300 personas que ya pueden participar al haber cumplido los 18 años. Estas incorporaciones sobrepasan la cifra de decesos y emigraciones y junto con otros factores dejan el cómputo en 43.130 potenciales electores más que en el 2015. Lo que tampoco es garantía de nada.

Porque, tomando de nuevo como ejemplo el de las ciudades más pobladas y aumentando la prospección en su comportamiento electoral a lo largo de los años, solo una inusitada movilización podría generar grandes alteraciones. En Sant Adrià de Besòs, por ejemplo, como en la inmensa mayoría, la participación más elevada se registró en los comicios al Congreso de 1977, situándose en el 81,82%. En las últimas décadas, sin embargo, y salvo el 27-S, nunca se pasó del 65%, siendo incluso habituales porcentajes situados en la decena del 50%. En Tortosa, otro ejemplo, votaron el 2015 el 73,13% de electores convocados, cifra solo superada por el 78,68% de 1977. O dicho de otra forma, tanto esas dos muestras como otras posibles evidencian que la abstención está muy asentada en varias localidades y que los partidos lo tendrán complicado para modificar esa tendencia. La trascendencia de esta convocatoria podría no obstante sobrepasar los comportamientos tradicionales y en la estrategia de los partidos también debería entrar en juego no solo movilizar a los suyos, sino tratar de desmovilizar a los simpatizantes del adversario. Algunas candidaturas ya lo están haciendo.

La importancia de la ciudad de Barcelona

La copiosa bolsa de electores de la ciudad de Barcelona (1.126.128 el 21-D) le confiere un papel clave para los comicios. Aunque en las anteriores elecciones la participación superó la media catalana y pulverizó la del 2012 pasando del 70,89% al 77,08%, la cifra de abstencionistas sigue representando una considerable porción del pastel: 261.476 personas no votaron hace dos años. Entonces, la afluencia a las urnas superó la media de Catalunya en todos los distritos salvo en Ciutat Vella (61,32%) y en Nou Barris (72,12%). Sarrià-Sant Gervasi (83,37%) y Les Corts (82,82%) se salieron de la gráfica.

En Badalona, la tercera ciudad más habitada, la participación fue del 75,46% y hubo 38.256 abstencionistas. Esa localidad y Pontons fueron las únicas localidades en las que el PP se situó como segundo partido más votado. En la primera, donde fue alcalde Xavier García Albiol, los populares obtuvieron 26.642 papeletas (2.140 menos que JxSí). En la segunda población, la única donde gobernaban entonces y en la que el censo era de 380 personas, sacaron 62, la mitad que JxSí.


 

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