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EN MARRUECOS

La ventana del infierno de los Oukabir

Beatriz Mesa / Aghbala

Moussa Oukabir. / periodico

Moussa Oukabir
La hermana de Moussa y Driss Oukabir (izquierda) llora desconsolada en un acto contra el terrorismo, en Ripoll.

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La descripción que hacen familia, amigos y vecinos de Moussa Oukabir, de 17 años, uno de los terroristas abatidos en Cambrils, no corresponde al perfil de un extremista religioso, ni siquiera al de un salafista o yihadista. En casa no tenía un discurso religioso fuera de lo común o político.

Al menos eso es lo que dice su padre, Said Oukabir, quien asegura sentir en estos momentos un dolor que se asemeja al de la muerte. “¿Cómo puedo estar después de conocer que un hijo murió y otro está en la cárcel?”, gritó desesperado.

El suicidio del joven parece que empezó en las redes sociales, la ventana del infierno de cuantos muchachos de confesión islámica buscan dar respuestas a un estado de ánimo o de vulneración y caen en manos de falsos guías del Islam, a sueldo de estructuras armadas como el Estado Islámico.   

“A mi hijo le lavaron el cerebro y quisiera que la policía española persiguiera a esos criminales que están acabando con muchas familias” añadió este hombre derrumbado, apoyado sobre el tapiz de su humilde casa levantada en el pueblo de Aghbala, en medio del Medio Atlas marroquí, en donde trabaja como cultivador de patatas.

Visita relámpago

Moussa solo viajó en dos ocasiones a la ciudad de origen de su padre. Sin embargo, su hermano mayor, Driss Oukabir, de 28 años, solía visitarle con mayor asiduidad.  De hecho, realizó recientemente una visita relámpago a su localidad y aprovechó para felicitar a su prima que preparaba la celebración de su boda, finalmente truncada porque coincidió con la masacre.

"A Said le conocemos desde hace más de 35 años y, sinceramente, nunca se detectó ningún tipo de preocupación en los últimos tiempos por la deriva de sus hijos. Además, ¡ a los hijos se les veía muy amables y pacíficos!”, añadió un hostelero de la población, quien no podía contener las exclamaciones de sorpresa por lo ocurrido.  

Los dos hijos de Said crecieron con su madre en Barcelona, de la que se divorció hace unos años y quizás, por eso, en su discurso se percibe un cierto sentimiento de culpabilidad por todo este tiempo de ausencia de la referencia paternal.

Entre él y los familiares más directos se discute a la desesperada sobre la conversión de los muchachos, pero las respuestas son en balde: “Ya no puedo hacer nada por limpiar una mancha que permanecerá de por vida en mi familia”, continuó Said y añadió: "¡A partir de ahora tendré que ocultar mi identidad cuando viaje a España o Francia!”.  “Mi hijo, menor de edad, también es víctima”, fue su última declaración mientras se colocaba su mano en el pecho. 

Región de emigrantes

Su casa se ha vuelto foco mediático y eso le pone muy nervioso puesto que ya no puede desandar un camino forjado por dos de sus hijos, en los que depositó la confianza como salvavidas de toda una familia de tradición migratoria.

Del pueblo beréber de Aghbala y los alrededores salieron en la década de los 60 las primeras oleadas de inmigrantes hacia Europa para trabajar en el sector minero y agrícola, huyendo de la discriminación laboral y la exclusión social, hoy razones para que un joven sufra el 'click' de la conversión hacia la violencia extrema. 

“La imagen de Aghbala está sucia y por ello nos manifestamos”, declaró un tío de Musa detrás de una enorme pancarta que reza: “Todos estamos contra el terrorismo y la familia Oukabir también está contra el terrorismo”. Otro vecino agregó: “Vivimos en paz en estas tierras, somos normales y simples, por ello, que se nos asocie con el terrorismo es muy duro”. 

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