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ANÁLISIS

Ernesto Valverde observa el rondo de sus jugadores durante un entrenamiento.

En el Barça, ¿reforzarse es debilitarse?

Antonio Bigatá

El barcelonismo no conoce la paz interior. Tampoco la tranquilidad. Estar mal sentado en la silla forma parte de su ADN. Ni siquiera ir primero en la Liga después de machacar al Real Madrid a domicilio y llevarle 14 puntos de ventaja antes de acabar la primera vuelta es suficiente. Los enemigos interiores y exteriores nunca le dejan reposar.

No duerme pensando que Florentino presuntamente no duerme por prepararle zancadillas, y le sube la temperatura –incluso la rectal– cavilando sobre lo que el entorno desafecto del propio club debe estar tramando para provocar nuevas desestabilizaciones después de que fracasase la que creó pidiendo la heroicidad absurda de vincularse estrechamente a una independencia unilateral en la que a la hora de la verdad no creyó ni siquiera Puigdemont. Nadie debería olvidar que si el 1 de octubre Bartomeu se hubiese doblado ante las presiones para no jugar el partido de la tensión,  ahora Catalunya se hallaría en el mismo sitio y el Barça, en cambio, no estaría donde está.

El barcelonismo no conoce la paz interior. Ahora que todo funciona, el aficionado sufre por el regreso al equipo de Dembélé

En este momento en que el equipo está estabilizado para bien y juega cada vez mejor, al barcelonismo la intranquilidad se la crea paradójicamente la posibilidad de reforzarse en el mercado de invierno. Bueno, en realidad la duda es todavía más profunda y resulta previa a esa cuestión de los posibles fichajes. Se centra en una cuestión muy delicada: ¿romperá el equilibrio actual del Barça la reincorporación de Dembélé tras su larga lesión? 

Valverde ha convertido en virtud la ausencia de Neymar. Dispone en el once titular de una plaza más para el fútbol-trabajo en vez de dedicarla al fútbol-gran espectáculo o al fútbol-ataque desequilibrante. Hizo del defecto virtud, especialmente después de que Dembélé, el gran fichaje carísimo de este año, tuviese que ser sustituido antes de que llegase a cristalizar el juego del equipo con su incorporación, en cierto sentido continuadora de la función que había tenido 'Ney'. Dedicando preferentemente esa 11ª plaza a la eficacia de Paulinho, o convirtiéndola en un puesto de tarea variable en función del rival de turno, Valverde encontró la manera de utilizar cada vez a uno de los del resto de los jugadores válidos (Denis, Alcácer, André Gomes) atendiendo a su idoneidad puntual. Esto ha funcionado a las mil maravillas. ¿Qué pasará ahora? ¿Se ha de tocar lo que ya funciona?

Confianza en Valverde

La duda corroe a los seguidores del Barça. Y no solamente por Dembélé, sino asimismo ante la posibilidad de que se materialice la contratación del ya consagrado Coutinho, a quien muchos consideran un fichaje pendiente desde el verano. O más todavía si se adelantase la de Griezmann, con quien al parecer cuenta ya el club para el próximo verano, entre otras cosas por la presión de Messi  para que el equipo se refuerce, la gran condición que puso, al parecer, para firmar la renovación. 

El dilema es profundo. Aunque el equipo funcione y crezca, no solamente Messi piensa que con el once actual se ganará muy probablemente la Liga pero está muy difícil la Champions (teniendo en cuenta el estado de forma del Manchester City y París SG, especialmente). En cualquier caso, el barcelonismo tiene ahora, en justa compensación a lo que ha sucedido tras la desmoralización que siguió a la huida de Neymar,  una gran obligación moral: darle un voto de confianza a Valverde.

Pero es excesivo pedirle que no sufra, porque entonces esto no sería el Barça.

Temas: Fútbol Fichajes

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