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EL CLÁSICO DEL BERNABÉU

Leo Messi celebra, en el Bernabéu, su gol de penalti.

Penalti y gol... es gol

Jordi Puntí

Corría la segunda parte, hacia el minuto 63, y en el Bernabéu se vio una de las jugadas más embrolladas de esta Liga. Como un tiroteo filmado por Tarantino, hay que verla de nuevo en vídeo, a cámara lenta, para entenderla del todo. Desde el centro del campo -ojo al dato-, Messi lanza una asistencia en profundidad a Suárez, que chuta y ve como Keylor Navas repele el balón. El propio Suárez pilla el rebote, que manda atrás para que Messi, que como una centella ya ha llegado al área, le asista de nuevo. Mía tuya mía. El 9 del Barça chuta otra vez y el balón va al poste. Otro rebote, pues, un nuevo toque de Messi y Paulinho, que pasaba por ahí, remata de cabeza. Ahora sí, el gol está cantado, pero aparece de la nada la mano del defensa Carvajal, que consigue tocar el balón y frenar su velocidad. El árbitro pita, y aunque la pelota, de acuerdo con las leyes de la física, sigue su trayectoria y entra en la portería, es penalti.

Sentado en mi sofá, vi la repetición y grité: "¡No, no! ¡Penal y gol... es gol!", pero resulta que esta norma solo se observa en el fútbol de calle, en los partidos que jugábamos en mi barrio, donde no había árbitro, ni fueras de juego, ni llevábamos todos la camiseta del mismo color. Al final fue penal, lo marcó Messi y sentenció un nuevo clásico a favor del Barça. De todas formas, ese debate del "penal y gol es gol" resume el tono que tuvo el partido de ayer, quizá el Madrid-Barça más callejero de los últimos años, y no lo digo por el juego sucio que a ratos practicó Sergio Ramos, sino por otros detalles más esenciales.

La sorpresa Vermaelen

Uno se imagina, antes de empezar el encuentro, a los dos capitanes echando a suertes quién escoge primero a sus chicos, y parece claro que Vermaelen sería el último, la rémora que suscitaba más dudas de todos los 22. Sin embargo el jugador belga -guiño independentista- cuajó un partido sobresaliente, siempre acompañado por Piqué. Fue ese chico tímido que, casi sin quererlo, se reivindica en el barrio.

Algo bien distinto ocurrió con Cristiano Ronaldo, el jefe, el listo de la pandilla rival: la primera ocasión que tuvo, muy clara, fue un gatillazo -lo que en catalán se llama 'fer misto'- que quizá le descentró durante los 90 minutos. Más señales: la obcecación con la que Kovacic perseguía a Messi por el campo hacía pensar en el pequeño que quiere ganar puntos frente a sus amigos mayores, y tiene algo de justicia poética que luego su compatriota Rakitic le tomara el número con ese arranque vertical del primer gol.

Zidane, freudiano

Los dos entrenadores también definieron el devenir del partido de forma particular. En el caso de Valverde, un amigo mío comentaba que había hecho un homenaje a la tradición reciente: en la primera parte el Barça jugó como lo hacía Luis Enrique, presionando, y en la segunda había abrazado el fútbol de toque y control de Guardiola. En cuanto a las decisiones de Zidane, me temo que ocultan un trasfondo freudiano: apostó por el marcaje acosador de Kovacic (precisamente él, que los había sufrido tanto como jugador) y dejó en el banquillo al talento que más se le parece hoy en día en el Real Madrid: Isco y Asensio.

Con su gol de penal, en fin, Messi coronó un mediodía soleado. Será a buen seguro el máximo goleador del 2017 en todas las competiciones, pero también nos recordará que las 'fake news' y la posverdad han llegado al mundo del fútbol. Además de los goles, Messi domina las cifras del 2017 en asistencias, en pases y en regates, y ha sido elegido el mejor del partido más veces que nadie. Pero el Balón de Oro es para Cristiano. 

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