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Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión, y Douglas Tusk, presidente del Consejo Europeo, ayer.

Políticas de unión para el euro

Gonzalo García

Los centroeuropeos tienen que superar la desconfianza, el relato desinformado de su supuesta generosidad y la filosofía de suma cero

Las nuevas propuestas sobre la Unión Económica y Monetaria (UEM) llegan en el momento de la verdad para la unión política. La tradicional frialdad con la que Francia ha recibido las ideas federalistas ha dejado paso con Emmanuel Macron a una apertura a mayor integración. El nuevo gobierno alemán tendrá una oportunidad única y quizá irrepetible para desarrollar la dimensión política del euro.

La Comisión Europea ha presentado un paquete con el horizonte 2025 que pretende someter al método comunitario los instrumentos intergubernamentales creados durante la crisis. Y aprovechando el 'brexit', opta por utilizar las capacidades financieras y procedimientos de rendición de cuentas de la UE para reforzar la UEM. Propone convertir el Mecanismo Europeo de Estabilidad en un Fondo Monetario Europeo (FME) y crear una línea para el área en el presupuesto de la UE que estaría a cargo de un Ministro de Finanzas del euro.

Ahora necesitamos un debate franco y en profundidad que acabe con la época de las políticas de desunión. La unión política no es un estado sino un proceso. En los últimos años se ha dado un paso significativo con la cesión de la soberanía nacional sobre la supervisión de los bancos. Pero el principal obstáculo para seguir avanzando es la ausencia de una visión compartida sobre cómo completar la UEM de una manera que beneficie a todos, norte y sur, acreedores y deudores. 

Es imprescindible cambiar los términos del debate. Los centroeuropeos tienen que superar la desconfianza, el relato desinformado de su supuesta generosidad y la filosofía de suma cero. Tienen que dejar de mirar a todos con el prisma de la debacle griega. Por el otro lado, convendría no blandir aquí las palabras solidaridad  y transferencias. Los rescates no se hicieron por solidaridad, sino por estabilidad. 

Las propuestas de la Comisión podrían ser una buena base para recuperar el fundamento de las políticas de unión. La mayor utilidad del FME sería servir de apoyo financiero de última instancia a la unión bancaria. Y su conversión en institución europea permitiría adoptar la regla de la mayoría cualificada para decidir sobre el uso de sus recursos. No podemos arriesgarnos a que, en medio de una crisis financiera en el futuro, los bomberos tengan que estar pendientes de 19 parlamentos antes de abrir la llave del agua. 

La construcción de un presupuesto federal para el euro será un proceso largo y gradual. Los programas de estabilización que financie deberían ir creciendo a medida que las divergencias macroeconómicas vayan menguando. Y la mejor forma de avivar el ritmo de avance será reducir la deuda pública sobre el PIB y cumplir con rigor las reglas fiscales. 

La temida mutualización de la deuda solo tendría que volver al debate si Alemania planteara el control de los presupuestos nacionales desde Bruselas. La financiación del presupuesto podría conducir a largo plazo a un mercado de deuda común, aunque tardará en alcanzar un tamaño óptimo. En cualquier caso, tras el Pacto Fiscal de 2012 (que también se propone integrar en la legislación comunitaria) solo tendría sentido ceder lo que queda de soberanía fiscal nacional si se aceptara a cambio la emisión conjunta de deuda. 

En definitiva, el soberano del euro no surgirá de una cumbre franco-alemana ni de un golpe de varita en una madrugada de un Consejo Europeo. Se tendrá que forjar paso a paso y de acuerdo al método comunitario. Lo más urgente ahora es completar la unión bancaria, arreglar los cimientos y poner las primeras piedras.

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