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El poder de las redes

ilustracion de leonard beard

Maneras de perder el tiempo

Care Santos

Uno de esos provocadores que siembran polémicas virtuales ha difundido por Twitter mi fallecimiento


Ha sido una  semana rara. El lunes, al salir de impartir mi clase de escritura creativa, me enteré de mi muerte. Lo supe por Twitter, claro. Alguien me deseaba un muy circunspecto «descanse en paz» y loaba mis facetas de escritora y compositora. Me apresuré a desmentir el malentendido: nunca he compuesto ni un simple acorde, aunque me habría gustado mucho. De paso, hice notar que estoy viva. Y que puedo demostrarlo. Hubo bromas. Una colega escritora con quien coincidimos el fin de semana en un acto público dijo: «Pues el sábado tenías buena cara». «Mira que ir a enterarte por Twitter», dijo alguien. Yo contesté: «Muerta y con cobertura. Como debe ser»

El señor que había dado la noticia insistió en mi deceso. Dijo que alguien había usurpado mi personalidad y negaba mi muerte, lo cual consideraba una conducta despreciable, además de delictiva. Seguí contestando: «Le puedo asegurar que tengo pruebas irrefutables de que estoy viva». A pesar de todo le advertí de que lo de negar la propia muerte depende siempre del tiempo, por si eso le alegraba en su error. Como él insistió en declararme difunta, me rendí. «No se preocupe, no discutamos por naderías».

Vuelco al corazón

Y ahí quedó la cosa, si no fuera porque hubo quien se lo creyó y me escribió 'whatsapps' y me llamó por teléfono para asegurarse y también hubo quien escribió tuits diciendo que la noticia le había provocado «un vuelco al corazón» antes de entender que era falsa. «Qué susto, por Dios», dijo otra persona. Fue entrañable leer esos mensajes, un regalo inesperado.  El día que pase de verdad, habrá gente que lamentará mi muerte. Gente a quien no conozco en persona, que tal vez lo dirán en Twitter. No creo que ese día tenga la oportunidad de saberlo.

No le tengo ningún respeto a mi propia muerte. Suelo bromear, debatir e incluso discutir sobre ello. No es que sea un plan inminente, pero, desde luego, es un plan, y no tengo reparos en tenerlo en cuenta. Hace unas semanas hablamos de ello en un debate en el monasterio de Pedralbes con Isabel-Clara Simó, quien dijo ser incapaz de imaginarse muerta. Yo, en cambio, soy muy capaz de tal cosa, y no me importa lo más mínimo. Hasta tengo escrito el texto que se leerá en mi entierro. Sí, ya sé que puede parecer un poco presuntuoso, pero, qué quieren, toda la vida escribiendo todo tipo de cosas, no iba a delegar la última oportunidad de que me atiendan. En fin, que esto de pensar en el final no me asusta y más bien me entretiene. Por eso he pasado una semana de lo más simpática viendo las reacciones de unos y otros y llevándole la contraria al pesado que insistía.

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Luego me enteré –también por Twitter– de que el pesado era uno de esos provocadores profesionales que se dedican a sembrar polémicas virtuales. Debería haberlo supuesto con solo ver su perfil, incluida su foto y sus anteriores tuits dislocados, pero el tiempo y la experiencia me han enseñado que hay diversos tipos de locos y algunos lo parecen más que otros. Al cabo, no me parece la peor manera de perder el tiempo. Y hemos pasado un buen rato.
 

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