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La encrucijada catalana

Una mujer busca su papeleta electoral en los comicios del 27-S.

Ganar para no perder

Xavier Bru de Sala

El 21-D no es un plebiscito sino el recuento de final de etapa, el retrato del paisaje después de la batalla

Tan solo hay acuerdo general en una cosa: las elecciones son atípicas, excepcionales, extraordinarias. No exageramos. Lo importante que debía pasar ya pasó. Todos sabemos quién acabó ganando después de empezar perdiendo y quién derrochó el éxito del 1-O hasta convertirlo en desastre. El independentismo ya ha bebido aceite, si gana, aceite de Les Garrigues y si pierde aceite de ricino. Ganar no proporciona mucho ventaja, pero perder conlleva graves inconvenientes.

El 21-D no es un plebiscito sino el recuento de final de etapa, el retrato del paisaje después de la batalla. La próxima legislatura es de tregua, de recomposición, de intendencia. Gane quien gane proseguirá la ofensiva constitucionalista en el frente judicial, en los medios públicos y en la enseñanza. Con más intensidad cuanto más bien les vayan las urnas. Por parte soberanista, escaramuzas y preparación para el próximo asalto, que tendrá lugar dentro de unos años, como mínimo dos o tres.

En consecuencia, harán bien el lector y el elector escaldado de desconfiar de los programas electorales. Como no pueden reconocer por escrito sus verdaderas intenciones, unos para esquivar denuncias de la fiscalía y los otros porque preparan o piensan permitir el castigo de la rebelde Catalunya, los programas son meros sucedáneos. Puestos a no poner la verdad, los redactores tratan de pasar la maroma sin que se note mucho. Los dos candidatos que más hablan, Puigdemont Iceta, insisten en mantras con apariencia de significado, uno en la negociación y el  otro en la reconciliación. Negociar es fantástico, pero si Puigdemont vuelve le detendrán sin contemplaciones. En un contexto más propicio a la estabilidad que a formas heroicas de defensa, lo máximo que se puede pedir no es que nos abracemos como buenos hermanos sino que la tensión se mantenga en niveles maniobrables.

Arrimadas se diferencia de los socialistas porque explicita sin rodeos su intención, que es la de todo su bloque, de enterrar el 'procés' bajo el peso de las urnas. Quizás así le hace un favor a Iceta, pero Albiol le resuelve la posible sangría haciendo campaña en pro de Ciudadanos incluso sin proponérselo. Quizá es porque le tiene ojeriza a Iceta.

Los líderes

Los liderazgos dentro de cada bloque no son una cuestión menor, aunque no comportarán cambios significativos. Puigdemont recupera posiciones gracias a su lista, que le refuerza como símbolo del rechazo al 155. Junqueras, encarcelado y con lista de partido, se limita a existir. Su condición de preso es bastante lacerante y no necesita gesticular para hacerse dolorosamente presente a los suyos. Pablo Iglesias, especialista en meter la pata de manera clamorosa cuando habla de Catalunya, entona sin darse cuenta una versión 'ad hoc' de la peligrosa idea de que las minifaldas son culpables de despertar los bajos instintos de los violadores. Favor a la CUP.

Estas elecciones son las más atípicas que habremos vivido hasta ahora, en efecto. Pero no está en juego la batalla, que ya se acabó con la DUI y el 155, sino la capacidad de los ganadores para imponerse en las urnas frente a la de los perdedores para fortificarse.

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