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Dos miradas

Fèlix Millet, la semana pasada, a su llegada a la Ciutat de la Justícia.

Felicidades, Millet

Emma Riverola

¿Qué pasaría hoy en Catalunya si unos cuantos no se hubieran dedicado a robar a manos llenas para perpetuar su poder?


Siguiendo la tradición de los últimos años, aprovecho este espacio para felicitarle, señor Millet. Un nuevo 8 de diciembre. Un nuevo cumpleaños que celebrar. 82 velas centellearán en la comodidad de su hogar. Hay que ver, lo que son las cosas, tan lento que pasa el tiempo de la justicia para usted y tan rápido que se atropella para otros. ¿Qué debe pensar de esta Catalunya tan revuelta? Con lo que usted llegó a pescar en el celebrado oasis nacional. Sacó peces de los lugares más insospechados. Nada le estaba vetado. Y todos aplaudían. O callaban. ¡Cuánto silencio! Unos restos afanados para usted y el canasto bien colmado para las cuentas del partido… Del Partido. Qué tiempos aquellos.

Hace unos meses le vimos derrumbado en su silla de ruedas. En realidad, todo un momento de Catalunya se ha derrumbado. Entre las ruinas quedan los vestigios de lo que fue. Pero quizá nunca lleguemos a conocer todas las piezas del engranaje. Siempre tendremos dudas. También, la gran incógnita. ¿Qué habría ocurrido si no se hubiera descubierto el tinglado? O, aún mejor, ¿qué pasaría hoy en Catalunya si unos cuantos no se hubieran dedicado a robar a manos llenas para perpetuar su poder? Alrededor de su latrocinio se levantó una tramoya que quiso ser coartada no solo policial y judicial, también política. Y, en última instancia, social.

En fin, qué importa todo eso ahora, ¿verdad, Millet? Que nada enturbie la celebración. En el calor de su hogar. 

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