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Al contrataque

El problema no es que en algunas tiendas te llamen «señora», sino cuando no queda nadie que te llame «pequeña»


Nunca me ha importado que me llamen «señora». En realidad, hace mucho tiempo que en ciertos establecimientos me llaman así, como antes se lo llamaron a mi madre (que lo detestaba) y a mi abuela (que no concebía que se la pudiese llamar de otro modo). Me resulta mucho más chocante que en algunas tiendas me hablen de tú a palo seco, con una despreocupación enrollada y casi sin mirarme a la cara.

Como instrumento de civilización creo más en la distancia (en las formas, los modales, el recato y la delicadeza) que en la confianza. Y la senda que conduce de la cortesía a la cordialidad y finalmente al afecto (a veces ocurre en cinco minutos, otras en dos años, o nunca) no es ninguna tontería, puesto que es el trayecto que convierte a dos desconocidos en amigos.
Me gusta que en la ferretería del barrio me llamen «señora» mientras me explican los distintos tipos de sartenes que existen, que en la frutería del mercado me llamen «cariño», que en la panadería de la esquina me digan «guapa» y que el quiosquero me conozca simplemente por mi nombre (y yo por el suyo).

Recuerdo que Ana María Moix, cuando iba a comprar a la carnicería, se hacía pasar por la asistenta: «Póngame un filete bien jugoso para la señora, que si no después me riñe», le decía al perplejo carnicero.

Y me gusta que Sartre Simone de Beauvoir, a pesar de una convivencia de más de 50 años, se hablasen siempre de usted y nunca se casaran (y que él no aceptase el premio Nobel a pesar de necesitar el dinero, y que utilizasen su libertad –tan parecida a la nuestra– hasta las últimas consecuencias).

Quitar sustantivos

Nunca me ha preocupado que me añadan sustantivos, sino que me los quiten. Me negué a dejar de ser mujer cuando fui madre, a pesar de las enormes presiones sociales. Viví como una muerte propia que todavía arrastro dejar de ser la hija de alguien vivo. No me he casado nunca con los hombres a los que he querido (con los que he tenido hijos, con los que he convivido) por temor a dejar de ser tarde o temprano la amante y tener que conformarme con el papel de esposa.

Me han llamado: niña, pequeña, señorita, señora, mamá, mami, litri (así me llamaba mi tata), fifi, chanquete (me llamaba mi padre porque era una cría escuchimizada que no comía nada), pendeja (me decía mi madre), bruja, guapa, fea, cariño, preciosidad, tesoro, trasto, Mile, Milenita, fuego de mis entrañas y unas cuantas cosas más que, como mantras o invocaciones, se susurran en la oscuridad. A lo largo de nuestra vida habremos sido y seremos simultáneamente muchas personas.

El problema no es que en algunas tiendas te llamen «señora» (a mí me importa un pito ser una señora, lo que me gusta es ser mujer), el problema es cuando no queda nadie que te llame «pequeña». 
 

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