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Pequeño observatorio

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La continua evolución en el tiempo

Josep Maria Espinàs

Al tiempo no le gusta petrificarse, siempre lo vemos adelantado o retrasado


Revolviendo los papeles que tengo en casa me he encontrado con una sorpresa. Digo revolviendo porque ya hace tiempo que mi biblioteca se ha convertido en un caos. Hay novelas en estantes que deberían estar ocupados por los libros de viajes. Libros sobre Barcelona que se han escondido entre los libros de cocina.

No encuentro nunca el momento de ordenar este apelmazamiento de volúmenes. Ni los libros que yo he publicado están en el orden adecuado.

Removiendo estantes, pues, he encontrar un manojo de páginas que publicó el antiguo diario Avui el ya lejano 1999. Era una recopilación de hechos y inventos que influyeron en nuestra vida. Citaré algunos.

Este aire acondicionado que se ha hecho indispensable en tantos espacios, privados y públicos, lo inventó Carrier ¡en 1902! En beneficio de los hospitales, de los locales públicos y después de todos. ¿Y el aspirador familiar? Qué bofetada dio a la tradicional escoba en 1901.

También en ese fértil 1901 apareció aquel útil y pequeño invento dedicado a los hombres: la hoja de afeitar. Yo sufrí bastante con ese utensilio, porque me hacía salir una pequeña gota de sangre.

Algunas mujeres famosas han impulsado, a través de la publicidad o del cine, notables novedades en el vestuario. A los vestidos sin tirantes los llamaban balcones. Esos sujetadores, rápidamente publicitados, produjeron un estallido universal.

Al tiempo no le gusta petrificarse, siempre lo vemos adelantado o retrasado. Y a veces nos tranquiliza diciendo «aún tenemos tiempo».

La frase de Bordeaux es muy bonita. «Si afinamos el oído podemos oír la caída de nuestros instantes en la nada, como un recipiente que se vacía gota a gota».

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