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OPINIÓN

Mascherano controla el balón en el partido contra el Málaga en el Camp Nou.

Cuando Mascherano y Arda quieran

Sònia Gelmà

El Barça es un club de fútbol con sensibilidad polideportiva y quizás sea por eso que se inspira en el rugbi cuando toca decidir en los despachos. La masa salarial de la plantilla hace tiempo que está desbordada y la única decisión al respecto, seguramente la única posible, es una patada a seguir. Ahogados como están en ese apartado, y más aún tras la renovación de Messi, agradecen cualquier baja que pueda suponer un alivio para sus cuentas.

Solo así se puede entender que desde el club interpreten como una buena noticia que Javier Mascherano, una garantía en una posición en la que cuesta acertar los fichajes, quiera dejar el Barça el próximo verano. Resulta comprensible que desde el punto de vista contable, no les importe aligerar una ficha a precio de titular de un jugador que, al menos hasta la lesión de Umtiti, era suplente.

Otra cosa sería su salida en este mercado de invierno, cuando el club ni siquiera puede descartar que acabe fichando un quinto central ante la lesión del francés. Parece evidente que prescindir de Mascherano a media temporada es un lujo que el Barça no puede permitirse, pero resulta chocante que la posición del club, al menos internamente, sea la de persuadirle para que se quede, cuando sería suficiente remitirse a la fecha final de su contrato: 2019. El jugador admite públicamente que en el pasado se dejó convencer, pero asegura sin rubor que esta vez va a decidir él. El negocio está montado así.

Debilidad de los clubs

No estamos en época de esclavitud, y es bueno que los trabajadores puedan escoger su futuro, pero que el contrato solo obligue a la entidad, deja en situación de clara debilidad a los clubs. En cualquier caso, parece coherente que Mascherano, que fue quien prácticamente decidió que ficharía por el Barça, con la ayuda de Messi -según explicó hace unos días en una entrevista en El Gráfico-, sea también quién decida cuándo se va. También optó en su día por irse del Liverpool y dejó pocas opciones al club inglés.  

Unos deciden cuándo se van y otros, como Arda Turan, cuando no se van. Se vive bien en Barcelona y al turco le supo a poco haberlo hecho solo durante un par de años. Mientras no se canse, el Barça le seguirá pagando religiosamente y Arda tiene la deferencia de entrenarse junto a sus compañeros aunque el tobillo le juegue malas pasadas cuando toca viajar a Murcia. 

Así que cuando Mascherano Arda quieran y decidan irse, el club podrá mirar sus arcas y respirar, momentáneamente, hasta que se ajuste la ficha de Umtiti a su papel de titular y se contabilice el gasto del Coutinho de turno. Y mientras tanto, recemos para que sigan apareciendo patrocinadores de debajo de las piedras que permitan que el hámster siga moviendo la rueda.

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