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NEGARÉ QUE LO HE ESCRITO

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Te odio civilizadamente

Risto Mejide

Nuestra sociedad está enferma de todo aquello que prohíbe. Por eso debe ser que existen los delitos de odio. Y a mí, que soy un férreo defensor de la libertad individual y que la prohibición se me suele hacer bola, me da por preguntarme qué hay de malo en odiar si uno lo hace de forma civilizada. Si es verdad eso de que todo odio es malo, o es que en realidad les interesa que lo veamos así.

Pero antes, un 'disclaimer' para fóbicos y pusilánimes, todos aquellos que están pensando yo no odio a nadie, con lo bonito que es el amor, etc, etc. Primero, cada vez estoy más convencido de que si no conoces y experimentas lo que es el odio, difícilmente descubrirás lo que es el amor. Segundo, no sabes lo que te pierdes. Porque hay un odio que te moviliza, que te hace estar alerta, que te empuja a hacer cosas que jamás creerías, exactamente igual que el amor. Y tercero, odiar muy fuerte no es incompatible con amar igualmente fuerte, así que por qué renunciar. En fin, que cada uno haga lo que le salga del bolo. Yo, que soy de los que les gusta probar de todo, he descubierto que lo que odio, lo odio pero siempre de forma civilizada. Y lo mismo con las personas. Qué le voy a hacer, yo soy humano, tú no sé.

Por eso, te odio civilizadamente. No es que quiera que desaparezcas del mundo, pero de mi vida sí. Y creo que mi derecho tengo a mantener esa distancia. Ojo, no es que te desee ningún mal, pero tampoco ningún bien, para qué nos vamos a engañar. Lo reconozco, me he alegrado cuando las cosas te iban mal y me ha dado rabia cuando empezabas a mejorar. Sí, igual que creo que hay cosas que no deberían haberse inventado, como el sabor a anís o las camisas de manga corta, tampoco entiendo por qué tiene que prosperar alguien como tú. También soy consciente de que debes de pensar lo mismo de mí, y seguramente ahí está la magia de todo esto. En el equilibrio imperfecto que supone que dos seres que no se desean precisamente lo mejor tengan que soportar ver cómo el otro, día a día, sobrevive. 

Todos necesitamos un antagonista de vida, de quien aprender lo que NO queremos ser

También es posible que yo te sea indiferente, que no te hayas dado ni cuenta y es posible que hasta ni te importe. En ese caso, lo siento mucho por ti, porque juego con la ventaja que me da el factor sorpresa. En cuanto menos te lo esperes, mi odio te pillará desprevenido. De forma civilizada, sí, pero inesperada al fin y al cabo. Y ese día, pues puede pasar de todo. Puede que me odies de vuelta, que es lo que suele pasar. Existe alguna regla universal no escrita que a quien tú le caes mal, te tiene que caer mal a ti. Es como un proyecto de ley del Talión Universal. También puede que te conozca un poco más y me hagas cambiar de opinión con respecto a ti, lo digo porque también me ha pasado. Y por último, puede que no pase nada. Que tú sigas ignorándome y que yo siga odiándote por igual. A ti no te afectará en tu vida y para mí seguirá siendo combustible, que seguramente quema y consume pero también es capaz de generarme una fuerza descomunal.

Y es que negaré que lo he escrito, pero te odio civilizadamente. La ley está para cumplirse, eso es indiscutible, así que esto no es una amenaza, sino una constatación. Por favor, no te lo tomes mal. Al fin y al cabo, todos necesitamos un antagonista de vida, alguien de quien aprender lo que NO queremos llegar a ser. De algún modo, te necesito, y si no existieras, te juro que habría que inventarte. Qué haría yo con mis amigos si no pudiéramos criticarte, dejarte verde, poner vocecitas cuando te imitamos, o incluso interpretar todo lo que nos llega para amplificarlo, deformarlo, desmontarlo y volverlo a montar.

Es entonces cuando, desde mi odio civilizado, abandono la conversación porque suelo tener que parar. Es el momento en el que me doy cuenta de que muchas de las cosas que odio de ti son las que no me gustan de mí mismo. Es el momento en el que tú has dejado de ser persona odiada, para pasar a ser un catálogo deconstruido de lo que no he sido capaz de cambiar.
Y vuelvo a entender por qué no puede odiarse civilizadamente. Por qué razón, y a la fuerza, el odio tiene que ser siempre irracional. 

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