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No sonrías a cámara

Miqui Otero

Dos películas recién estrenadas, 'Algo muy gordo', con Berto Romero, y 'Jim & Andy', con Jim Carrey, exploran el humor triste más libre

Las buenas fotografías, los retratos que revelan el gesto, se toman cuando su protagonista no posa. Si lo hace, intentará parecer demasiado amable o duro o gracioso o intenso. O intensito.

Hay dos películas recién estrenadas que entienden esto. La primera es, como su título indica, 'Algo muy gordo': se vendió como la comedia más ambiciosa de la historia, cruce con mil efectos especiales de 'Persona', 'Ferdydurke' y 'Avatar', sobre un adulto, Berto Romero, que se ve obligado a regresar a EGB. Carlo Padial, su director, frustró esa idea promocional, porque solo provocó y filmó con una cámara auxiliar lo que sucedía cuando no se rodaba el guion. Y eso ha estrenado en cines comerciales, un prodigio que desafía las leyes de la gravedad, 'trollea' la vena presuntuosa de la industria, juega con el espectador y pulsa los nervios del cómico. Oscar Wilde decía: "Dale una máscara a un hombre y te dirá la verdad". Padial parece matizar el aforismo: ponle a un hombre mil puntos plateados en la cara para capturar digitalmente sus movimientos y se mostrará como es.

Estos dos ovnis fílmicos saben que la gracia surge cuando el payaso entra en el tanatorio y no en el cumpleaños

La segunda, 'Jim & Andy', explora cómo Jim Carrey se convirtió en Andy Kaufman, el humorista salvaje de las mil caras, durante el rodaje del biopic 'Man on the moon'. El actor de 'La máscara' no imita al personaje real, sino que es él: se emborracha en el 'set', la lía en la mansión Playboy, consuela a la familia real de Kaufman (que llora con ese hijo resucitado). Carrey afirma que todo lo bueno de la peli es lo quedó en su día fuera de ella, una especie de 'making of' delicuencialmente libre que ahora se estrena como documental en Netflix.

Estos dos ovnis fílmicos están más concernidos por la comedia del arte que por el arte de la comedia: son conscientes de que la gracia (la gracia de la tristeza) surge cuando el payaso entra en el tanatorio y no en el cumpleaños. Entienden que ser escritor o actor es un intento aparatoso de precipitarse hacia otros destinos, de probar la multiplicación del alma, con el peligro de tocar muchos personajes sin llegar a ser ninguno, ni uno mismo. Ambos saben que los humanos improvisamos, así que insisten en captar al cómico no cuando alguien grita "acción" sino cuando se apagan las luces.

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