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Con la cumbre de Sochi, el presidente ruso se consolida como el principal actor internacional en el país árabe y se garantiza que cualquier salida al conflicto respete sus intereses

La intervención militar rusa en septiembre del 2015 marcó un punto de inflexión en el conflicto sirio. Desde entonces, el régimen de Bashar el Asad ha recuperado buena parte de las posiciones perdidas con la inestimable ayuda de la aviación rusa y la infantería chií movilizada por Irán. La enésima demostración de fuerza de esta coalición ha sido la captura de Deir Ezzor, el último feudo urbano en manos del autodenominado Estado Islámico tras la caída de Raqqa.

Con esta jugada maestra, Putin ha conseguido volver a Oriente Próximo, un sueño largamente acariciado por Moscú tras el desmoronamiento de la Unión Soviética. En los últimos meses, Rusia, Irán y Turquía han patrocinado las negociaciones de Astaná, en el marco de las que se han alcanzado varios acuerdos de distensión en los frentes de batalla. Tras constatar la creciente pérdida de terreno de los rebeldes, el presidente Erdogan, otrora principal detractor de Bashar el Asad, no ha dudado en subirse al tren ruso para tratar de salvar los muebles y que los intereses turcos sean respetados en cualquier acuerdo futuro. La máxima prioridad de Turquía es evitar que se establezca un Estado federal en el que la minoría kurda de Siria disfrute de una generosa autonomía.

El encuentro de Sochi ha servido para mostrar, una vez más, la sintonía entre Putin y Asad, que consideran que están librando una guerra contra el terrorismo y que no cabe distinguir entre los grupos yihadistas y los rebeldes moderados. Resulta cuanto menos llamativo que la cumbre entre los presidentes ruso, iraní y turco y los llamamientos a una solución negociada coincidan en el tiempo con una nueva ofensiva contra la zona de la Guta, situada en la periferia de Damasco, que lleva varios meses padeciendo un brutal asedio y sistemáticos bombardeos.

Parece claro que el mensaje que se quiere lanzar en Sochi es que cualquier solución al conflicto sirio tendrá que respetar los parámetros de la pax rusa, que interpreta que Bashar el Asad debe conservar la presidencia con el objeto de preservar los intereses vitales rusos, entre los que se incluyen la base naval de Tartus y la explotación de los pozos petrolíferos por Soyuzneftegaz. En el caso de salirse con la suya, Putin lograría instaurar un cuasi protectorado ruso sobre el país árabe.

Lo más sorprendente es que la administración Trump no parece oponerse a este proyecto. A pesar de que EEUU sigue manteniendo su apoyo formal a la resolución 2.254 del Consejo de Seguridad que llama a una transición política en el curso de la cual se convoquen elecciones presidenciales y legislativas, lo cierto es que da la impresión de haber arrojado la toalla y abandonado a su suerte a los grupos rebeldes que todavía combaten a Bashar el Asad. Otro tanto puede decirse de Arabia Saudí, que está presionando activamente a las fuerzas opositoras para que entierren el hacha de guerra y acudan a la nueva ronda de negociaciones que se celebrará la próxima semana en Ginebra.

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