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AL CONTRATAQUE

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en una reciente intervención en el Congreso

Un artículo triste

Antonio Franco

El independentismo precipitado, mentiroso y poco realista que decía tenerlo todo previsto se ha equivocado en casi todo

Un experiodista profesional redactó ese texto sobre el que hay absoluta disparidad de interpretaciones. Más de mil colegas internacionales suyos, centenares de políticos y juristas, y de forma especial los ciudadanos a los que iba dirigido el mensaje, no logran ponerse de acuerdo sobre lo que dice. La frase decisiva retrata esta fase posmoderna de inmensa incomunicación en que las palabras no transmiten ideas.

Solo demuestra el maltrato intelectual y político a que somete Carles Puigdemont a sus conciudadanos. Pero si pensaba que, como en otras secuencias del 'procés', iba a poder avanzar con una simple argucia formal oscura, se equivocó. No era ni el día ni la hora. Estamos al final de un camino y alguien que se le parece mucho en lo de hablar sin decir, Mariano Rajoy, le ha cazado emplazándole a que explique qué dijo

Javier Aroca

Analista político

Rey absolutista

Pero la vocación de engañar, ganar o perder indefinidamente tiempo todavía puede traer días presuntamente históricos. No descarten un debate sobre si lo que dijo en la primera mitad de la frase opaca no vale nada porque excedía a sus atribuciones (la proclamación de la independencia corresponde en cualquier caso al Parlament). De él, en su sola condición de hijo de Mas y nieto de Pujol, dirán que era también solo el rey portavoz del Gobierno, por mucho que agite la bandera de una República.

Pero aquella tarde Puigdemont fue rey absolutista. Todo apunta a que fue él, personalmente, quien sintió el temblor de piernas ante la inexistencia de mediadores que no le pidiesen el regreso a la disciplina constitucional. Quien notó frío en la espalda ante esa huida masiva de bancos y empresas que le habían garantizado que no se produciría. Quien debió ser apretado contra la pared por un Artur Mas que añora ahora las delicias pequeñoburguesas de antes de la revolución. Y quien captó que ni siquiera se produciría el minuto de gloria tumultuosa de una ocupación popular del Parlament, algo que se daba por descontado para que Rajoy tuviese que volver a ensuciarse las manos y prendiese la ira europea contra la salvajería de la España constitucional.

"¿Qué has dicho?"

Pero Rajoy actúa ahora como un sabio oriental. Con la pregunta "¿qué has dicho?" en vez del grito "¡a por ellos!" está consiguiendo el mayor éxito de su penosa carrera política, por triste que sea reconocerlo. Modificará la Constitución, aunque no crea en ello, pero lo hará lidiando con una oposición dividida y con Susana Díaz aupada por una quinta columna.  

Pan comido. Porque él ya sabe mucho de convivir perdiendo el tiempo con una Catalunya autónoma mayoritariamente enfadada y a la contra, divorciada mentalmente de España pero obligatoriamente concentrada en defender su lengua. Y blandiendo la bandera de la paz, claro. Ese independentismo precipitado, mentiroso y poco realista que decía tenerlo todo previsto se ha equivocado en casi todo y ha regado las raíces para más o menos esto.  

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