Ir a contenido

El pulso independentista

ilustracion de leonard beard

Poder, relato, mayoría

Xavier Bru de Sala

España incrementa la verticalidad política y social mientras que Catalunya se vuelve más y más horizontal

Pugna desigual. El Estado cuenta con el poder propio y el apoyo de los demás estados. El independentismo se ha apoderado del relato, en casa y en el mundo. El árbitro último entre estos dos instrumentos de batalla es la sociedad catalana, concretamente el 10% de los electores que pueden decantar la balanza, tan equilibrada, a favor o en contra de la independencia, y que votarán según juzguen el comportamiento de cada parte.

España ha perdido el relato porque aún lo considera inseparable del poder. Pues no. La violencia policial salvó el 1-O en dos aspectos clave. Primero, le proporcionó legitimidad; y segundo, hizo subir la participación, sobre todo en el cinturón de Barcelona. Las manifestaciones del 3-O –atención especial a los jóvenes, que se volcaron en ella, o a la de Rubí– fueron un clamor contra la respuesta del Estado al reto catalán. Así, no. Enmienda a la totalidad. Cinco días más tarde, la impresionante marea que se manifestaba a favor la unidad de España avalaba, incluso sin proponérselo, la estrategia del Estado: el independentismo es un mal que hay que vencer con las herramientas del poder. No con esta amiga del relato que se llama persuasión. 

No lograr el objetivo del Estado propio a través de la mediación significaría un grave retroceso para Catalunya

Diálogo y negociación

El martes se evitó un movimiento independentista de extremo riesgo. Si se hubiese proclamado la independencia, lo que no se puede hacer sin una votación en el Parlament, habría perdido buena parte del relato y menospreciado el poder, que habría encontrado en la secesión un justificante para desencadenar las fulminantes acciones inmediatas que tenía planificadas. Si el día 10-O no medió ninguna altísima instancia mundial cerca de Puigdemont Rajoy, es como si lo hubiera hecho. Resultado: ni independencia ni uso descomunal del poder. Policía y manifestantes se retiran de las calles. Sin que ningún bando suspenda los preparativos del próximo 'round', se abre un periodo de diálogo y negociación. Con más o menos entusiasmo, cuatro grupos que suman 100 diputados se adhieren a la pausa. Gran discurso del presidente. Gran discurso de Iceta. La CUP protesta pero acata. C’s y PP, el poder duro, en flagrante fuera de juego. El relato, ahora más transversal, en manos catalanas pero bajo control independentista.

La próxima carta es el nombre del o de los mediadores. Si son de perfil bajo, la pausa habrá servido para certificar que Madrid se niega a negociar y poco más. Pero si interviene una personalidad indiscutible y recibe un portazo de Rajoy, rearmará al independentismo, incrementará la contundencia del relato y dejará el poder del Estado en evidencia. Antes de predecir si el periodo de pausa será corto o largo, es prudente esperar el nombre del mediador. El 155 se podría ralentizar e incluso entrar en pausa. Se podrían convocar de común acuerdo unas nuevas elecciones plebiscitarias, que el independentismo perdería si la oferta de Madrid fuera mínimamente atractiva y que ganaría si presentara un proyecto de asociación especial con España desde la propia soberanía. 

Opinión exprés

Un cuento de Casamance

Jordi Mercader

Periodista.

Por el contrario, un hipotético fracaso de la mediación podría conducir a la proclamación de la independencia y la incierta batalla contra la Policía y la Guardia Civil, quien sabe si el Ejército. El desenlace de la confrontación entre resistencia y violencia, muy incierto. El poder dispone de mucho margen, pero la opinión pública occidental marca límites, sobre todo si los independentistas, cargados de nuevas razones, son convertidos en víctimas de la intolerancia y la represión. El riesgo de llegar tan lejos es evidente. En estas semanas, España incrementa la verticalidad política y social mientras que Catalunya se vuelve más y más horizontal.

La piedra en el zapato de Europa

A lo largo de todo el proceso, la España menos deseable, la que se pretende consolidar contra las pretensiones catalanas, no ha tenido en cuenta que han pasado 25 siglos desde el intercambio de argumentos entre los poderosos atenienses y la pequeña Melos. Según reporta Tucídides, los representantes de Melos, contrarios a doblegarse, se amparaban en la razón y la justicia, o sea el relato, pero la respuesta ateniense, fundamentada solo en la ley del más fuerte, resultó inapelable, y los habitantes de Melos exterminados o vendidos como esclavos.

Salvadas las distancias, no conseguir el objetivo del Estado propio a través de la mediación, o la independencia una vez fracasada cualquier alternativa, significaría un grave retroceso para Catalunya. Por eso se ha convertido en una pequeña pero significativa piedra en el zapato de Europa. Pero esta misma Europa de los estados que dan apoyo a Rajoy, teme que sin solución acordada España pueda convertirse en un problema mucho mayor.

0 Comentarios
cargando