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La clave

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La dignidad del Parlament

Juancho Dumall

Dignidad. «Cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni lo degraden».

En el proceso político que vive Catalunya se ha esgrimido con frecuencia el término dignidad, como una  irrenunciable exigencia de respeto. El editorial conjunto publicado por doce periódicos el 26 de noviembre del 2009 se titulaba 'La dignidad de Catalunya'. Y a la dignidad de las instituciones autonómicas se ha apelado desde entonces en incontables ocasiones. Pero una cosa son las grandes palabras y otra los hechos. Este martes hemos visto cómo la dignidad del Parlament quedaba maltrecha después de que el 'president' de la Generalitat hiciera su declaración de 'independencia aplazada' ante el pleno de la Cámara, y en un acto posterior, fuera del hemiciclo, se firmara el documento de constitución de la república catalana, con la exclusiva participación de los diputados de Junts pel Sí y de la CUP.

Puede entenderse que Puigdemont quisiera contentar a todos en un complejísimo juego de presiones y que ese documento fuera la concesión a Esquerra y a la CUP e incluso un mensaje a la calle para quitar hierro a la 'paradinha' que el 'president' acababa de hacer en la tribuna. Pro fue una anomalía en un Parlament democrático como el nuestro. 

Malabarismos

Los diputados de la oposición, quejosos ya del trato dado por la mayoría independentista en los plenos del mes pasado, no fueron los únicos sorprendidos esta vez. También muchos medios de comunicación, especialmente los extranjeros, poco acostumbrados a estos malabarismos, se quedaron descolocados ante este procedimiento que convierte al pleno del Parlament en una especie de decorado para grandes declaraciones y no en el espacio democrático para debatir con turnos adecuados. 

Aprisionado entre una legalidad autonómica que una mayoría de la Cámara considera superada y una nueva que la minoría no acepta, el Parlament vive hoy en un limbo político, relegado a un triste papel escasamente digno.
 

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