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El referéndum catalán

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'With a little help from my friends'

Rosa Ribas

Pese a los miedos que suscita el 1-O, por suerte nos quedan los amigos. Confíen en los suyos


No quería escribir sobre el tema catalán porque lo que veo y oigo me resulta demasiado doloroso, pero sobre todo porque sobre él pende una constante amenaza. Es lo que tiene cuando se pasa de lo racional a lo emocional. En realidad es como en el fútbol: no vas a conseguir que un fanático de un equipo se pase a otro por más que aportes argumentos deportivos e incluso estéticos. Porque de lo que se trata no es de lo bien que jueguen, sino de 'sentir los colores'. Y ahí entramos en el terreno de lo inefable y, desgraciadamente, de lo irrefutable. Como, además, se trata de ganar, sea como sea, se celebra que el contrario se meta un gol en propia puerta o se acepta un penalti falso. «Pero… es que no era falta». «Qué más da. Es a mi favor. Ese va por todos los que le habrán regalado al contrario». Y a celebrar el gol con mucho sentimiento.

No quiero sentirme extranjera en Madrid, porque no lo soy, ni en Barcelona, porque no lo soy  

Por más que crea que todo esto empezó por una cuestión económica, que se convirtió en una fabulosa cortina de humo con la que dos gobiernos de más que dudosa integridad se dedicaron a desviar la atención de temas esenciales, como los recortes sociales o la precariedad laboral, al final todo ha derivado en una emoción, en un sentir, en un sentimiento. Otra vez inefable e irrefutable.

De modo que he decidido hablar de qué siento yo.

Miedo.

Bueno, en realidad varios miedos.

El miedo de saber que si hablas, digas lo que digas, te insultarán desaforadamente, como sucede siempre que se impone el pensamiento único, o estás conmigo o estás contra mí. Pero no es tanto el miedo al insulto, que actualmente es tan omnipresente que, poniéndonos cínicos, cabría pensar que no existes si no hay unas cuantas personas llamándote de todo, hay algo que todavía me asusta más.

Es el miedo ante tanto rencor que ha aflorado con este asunto. A todo ese odio viejo, guardado, macerándose, como a la espera de que dejase de ser tabú mostrarlo abiertamente, que se manifiesta en los gritos de «A por ellos, a por ellos». Y el miedo al odio nuevo, que se va a una biblioteca, precisamente a una biblioteca, armado con un rotulador negro, bien grueso, de censor inquisitorial, a marcar los libros de Juan Marsé y llenarlos de insultos.

Y hay un tercer miedo que sobre todo me entristece. Es el miedo al enorme poder destructor de amistades que ha demostrado este tema.

Hemos perdido todos

Ha sido el miedo a que esto me suceda lo que me ha impedido hablar abiertamente del tema, el temor a una especie de exclusión social. Es lo que hace que no les digas lo que piensas a los que creen que porque tienes apellidos catalanes eres (¿cómo podría ser de otro modo?) partidaria de la independencia, lo dan tan por supuesto, es para ellos un sentimiento tan intenso, que no pueden imaginar que tú no lo sientas, y no sabes cómo decirles que es así, que no lo compartes. Se van a enfadar, dejarán de hablarme si les confieso que ni esa ni ninguna otra bandera me emocionan.

A estas alturas ya da lo mismo quién empezó. Si no podemos hablar libremente, hemos perdido todos, nos han quebrado, nos han robado algo mucho más valioso que los millones que unos buscan en Madrid y otros en Andorra, nos han robado la voz a los que disentimos, nos han robado la posibilidad de hablar, de dialogar, de discutir, nos han robado la convivencia, uno de los bienes más valiosos.

Por suerte, nos quedan los amigos.

Mis amigos no lo son porque piense como ellos. No son un partido o una secta.

Con mis amigos, si lo son de verdad, debería poder hablar de estos temas abiertamente. Mis amigos en realidad ya saben que abomino de cualquier nacionalismo, que detesto el tufo de supremacismo, de prepotencia, de exclusión que los acompaña, que rechazo todo lo que suponga segregar a otros porque son, o creemos o queremos que sean, diferentes.

Mis amigos saben que siempre creí en una Europa de la variedad, en el mestizaje, en la diversidad. Saben cuánto me duelen el racismo y el populismo que nos invaden. Saben que también creía en la posibilidad de un Estado laico y en la igualdad de género. Mis amigos me quieren aunque, como se puede ver, en mis predicciones políticas no haya demostrado ser un crack.

Mis amigos tal vez no estén de acuerdo con lo que pienso, pero no me llamarán «fascista», porque no lo soy; mis amigos no me insultarán porque aceptan que yo no quiera sentirme extranjera en Madrid, porque no lo soy, y que no quiera sentirme extranjera en Barcelona, porque no lo soy. Y hablaremos de todo esto y de mucho más.

Yo confío en mis amigos.

Confíen en los suyos, vuelvan a hablar.

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