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CAMINO DEL 1-O

Pleno del Parlamento en el que se aprobó la ley del referéndum

La lucha final

José A. Sorolla

Nadie sabe con certeza qué va a pasar, solo sabemos una cosa: que todos vamos a perder y que el problema no se va a solucionar a corto plazo

Es ya un lugar común, una 'idée reçue' como las que Flaubert recopiló en su diccionario inacabado, que todo lo que está ocurriendo en Catalunya desde el 2012 se debe a la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre el Estatut. Pero, ¿realmente es así? ¿No procede de mucho antes la decisión de crear un caldo de cultivo para caminar hacia la independencia?

El catalanismo había sido integrador durante decenios, ciertamente, ¿pero lo que hemos dado en llamar el procés no estaba ya en la mente de Jordi Pujol incluso cuando practicaba la política del 'peix al cove' y reclamaba dividendos por su contribución a la gobernabilidad española con el PSOE y con el PP? ¿Su negativa tajante a entrar en cualquier Gobierno español no escondía ya esa necesidad de no comprometerse, no fuera que el proyecto que todo nacionalismo persigue, la independencia, quedara manchado para siempre? 

La sentencia del TC ha tenido su parte de culpa , más bien porque desencadenó otro lugar común -que desde entonces no había nada que hacer-, cuando, como propuso Zapatero, se podían haber desarrollado mediante leyes orgánicas los capítulos recortados, aunque luego llegó el PP y acabó con todo. Aun así, en el relato de que todo se debe a la sentencia hay un vacío.

El jugador pasivo pensaba probablemente que el otro iba de farol, pero ahora se ve que estaba muy equivocado

Partida de póker

El fallo se publicó el 28 de junio del 2010, cinco meses exactos antes de que Artur Mas ganara las elecciones, con 62 diputados, y gobernara en colaboración con el PP durante dos años. Si la sentencia era tan horrible, ¿por qué el pacto con el PP? Ese pacto duró hasta que en septiembre del 2012 se produjo la primera gran manifestación independentista, Mas fue a Madrid con la demanda del pacto fiscal a decirle a Mariano Rajoy "lo toma o lo deja", anticipó las autonómicas y puso en marcha el procés pese a perder 12 diputados.  

Desde entonces, se ha disputado una partida de póker, en la que un jugador ha ido subiendo la apuesta y el otro no veía las cartas y pasaba de la jugada, menos cuando recurría a la justicia (por ejemplo, para inhabilitar a Mas y a tres 'consellers' tras el "engaño" del 9-N). El jugador pasivo pensaba probablemente que el otro iba de farol, pero ahora se ve que estaba muy equivocado. Por eso, pasada la última Diada, han empezado los rayos y truenos.

Opinión exprés

Derrota

Con las esperanzas en el 2-O

Desde una parte, se derogan de facto la Constitución y el Estatut, con la aprobación semiclandestina de dos leyes rupturistas; se desobedece al TC; se incita a presionar a los alcaldes que, en cumplimiento de la ley, no quieren ceder locales para el referéndum; se rechaza el control de las cuentas por el Ministerio de Hacienda, y se abre una campaña electoral en la que solo hay mítines a favor del sí. Desde la otra parte, se utilizan todos los resortes del Estado –la justicia y las fuerzas de seguridad– para impedir el referéndum suspendido por el TC, con evidentes sobreactuaciones, como la citación masiva de 715 alcaldes; se cierran webs, se buscan las papeletas; se interviene  la publicidad, y un juez -de ideas muy particulares- llega a suspender un acto en Madrid sobre el derecho a decidir.

Todo está preparado para el choque (o la lucha) final, que puede producirse días antes o el mismo 1-O. Nadie sabe con certeza qué va a pasar. Solo sabemos una cosa: que todos vamos a perder y que el problema no se va a solucionar a corto plazo por mucho que ahora las esperanzas se fijen en el 2-O. Y a largo plazo, como decía Keynes, todos muertos. 

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