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Análisis

Parados en la sala de espera de una oficina de empleo de la Generalitat.

Una salida desigual

Gonzalo López Molina

La falta de intensidad en el trabajo para las capas más vulnerables de la población será una de las señas de identidad de la era poscrisis

Leemos estos últimos días que España «sale de la crisis». Recupera el PIB perdido desde el 2008 y crece, por el momento, a buen ritmo. Nos alejamos de los seis millones de parados del 2013, batimos récords de turismo –no sin polémica– y observamos patrones antes desconocidos: crecimiento con aportación positiva del sector exterior. Noticias a celebrar que contrastan con los casi diez largos años que hemos necesitado para volver donde empezamos. La década perdida deja de ser un mal augurio para convertirse en realidad.

Según los datos trimestrales publicados en la encuesta de población activa (EPA) que elabora el Instituto Nacional de Estadística, en el segundo trimestre del 2017 se registraron 1,8 millones de ocupados menos que en el mismo trimestre del 2008. Eso sí, la mayoría de esa pérdida (1,4 millones) proviene de la construcción, que ha pasado de representar un 12% del empleo total en el 2008 a un 6% en la actualidad. Observamos, también, más empleo en los servicios que hace una década (0,3 millones más) y considerablemente menos en la industria (0,7 millones menos). Improbable volver a un reparto similar al anterior dado, sobre todo, el sobrecalentamiento que supuso el ladrillo.

VUELTA A LA TEMPORALIDAD

Sobre los mismos trimestres: la tasa de paro aumentó casi siete puntos porcentuales (17,2% frente a 10,4%), y la temporalidad, una de las lacras de nuestro mercado laboral, vuelve de nuevo a cotas previas: ya vamos por el 27% de los asalariados con contrato temporal sobre el total. La destrucción de empleo concentrada injustamente en ese tipo de contratos –mayoritarios entre los jóvenes– hizo que disminuyera con intensidad su peso en los primeros años de la crisis y que explotara el paro juvenil. La reducción de la temporalidad fue un espejismo. Vuelta al crecimiento, vuelta a la temporalidad.

Todo indica, además, que la falta de intensidad en el trabajo para las capas más vulnerables de la población será una de las señas de identidad de la era poscrisis. El porcentaje de ocupados a tiempo parcial ha pasado del entorno del 12% en el 2008 (8% en el 2002) a cerca del 16% en los últimos dos años. Continúa la recuperación, pero se estabiliza la parcialidad. Trabajadores, en gran medida, que querrían trabajar más horas pero que no encuentran el modo de hacerlo. Es decir, lo hacen de forma involuntaria. El impacto de este hecho sobre los salarios percibidos es evidente. De hecho, en términos reales los salarios brutos se han estancado en esta década para la mitad superior de la distribución, y han caído en la mitad inferior.

LOS POBRES LO SON MÁS

La consecuencia es un aumento de la desigualdad. Un aumento impulsado por una mayor distancia entre lo que gana un trabajador medio y lo que gana uno pobre, y no tanto por aquella entre los más afortunados y el resto. Por resumir: los ingresos de los más pobres se han desplomado mientras el resto se ha mantenido, estancado, pero con cierta estabilidad.

Es necesario conocer el diagnóstico para no errar en la solución. Tenemos un Estado del bienestar ineficiente: según la OCDE, nuestra tasa de pobreza después de redistribuir es la más alta de todo el grupo, y el porcentaje de transferencias que recibe la decila más pobre no llega al 5% (en Finlandia, más del 20%), terceros por la cola. En estos flancos debemos actuar.

Salimos, pero más desiguales. 

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